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Por Nellie Bowles

SAN FRANCISCO — Bill Langlois tiene una nueva mejor amiga. Es una gata llamada Sox. Vive en una tablet y lo hace tan feliz que comienza a llorar cuando habla de cómo llegó a su vida.

Langlois, de 68 años y residente de una vivienda para personas de la tercera edad y bajos ingresos en Lowell, Massachusetts, charla todo el día con Sox. Langlois está jubilado. Como su esposa está fuera de casa la mayor parte del tiempo, se siente solo.

Sox toca sus canciones favoritas y le muestra fotografías de su boda. Y, como tiene una transmisión en vivo de él en su sillón reclinable, lo regaña si lo pesca bebiendo refresco en lugar de agua.

Langlois sabe que Sox es un artífice y que proviene de una empresa de arranque llamada Care.Coach. Sabe que la operan trabajadores alrededor del mundo que ven, escuchan y teclean las respuestas de Sox, que suenan lentas y robóticas. Sin embargo, su consistente voz en su vida le ha devuelto la fe.

“Encontré algo tan confiable y alguien tan al cuidado de uno, y me ha permitido profundizar en mi alma y recordar cuán al cuidado está el Señor”, dijo Langlois. “Me ha devuelto la vida”.
Sox ha estado escuchando. “Hacemos un gran equipo”, afirma.

Para ser candidato a Element Care, un programa de cuidado de la salud sin fines de lucro y para adultos mayores que le trajo a Sox, los activos de un paciente no deben superar los 2 mil dólares.

Programas así están proliferando, y no sólo para los adultos mayores.

La vida para todos, salvo los muy ricos, es cada vez más mediada por pantallas.
Cualquier lugar donde quepa una pantalla (salones de clases, hospitales, aeropuertos, restaurantes), puede reducir costos.

Los ricos no viven así. Quieren que sus hijos jueguen con bloques de madera, y están prosperando las escuelas privadas libres de tecnología. La interacción humana conspicua —vivir sin celular por un día, renunciar a las redes sociales y no responder a correos electrónicos— se ha convertido en un símbolo de estatus.

Todo esto ha llevado a una nueva y curiosa realidad: el contacto humano se está volviendo un bien de lujo. Mientras más adinerado eres, más gastas para no tener pantallas cerca de ti.

El gasto anticipado en experiencias como los viajes de esparcimiento y la gastronomía está superando el gasto en bienes, de acuerdo con el Luxury Institute, que aconseja a empresas sobre cómo quieren vivir y gastar su dinero las personas más acaudaladas. Milton Pedraza, su director ejecutivo, lo ve como una respuesta directa a la proliferación de las pantallas.

“Se trata de las conductas y emociones positivas que despierta la interacción humana —piense en el deleite de un masaje. Ahora la educación, las tiendas de cuidado de la salud, todos, están comenzando a ver cómo pueden hacer humanas las experiencias”, dijo Pedraza. “Lo humano es muy importante en este momento”.

Desde el auge de la computadora personal en los 80, tener tecnología en casa y en tu persona había sido una señal de poder y dinero.

“Antes era importante tener un bíper porque era una señal de que eras una persona importante y ocupada”, dijo Joseph Nunes, presidente del Departamento de Mercadotecnia en la Universidad del Sur de California.

Hoy, dijo, es lo opuesto: “Si realmente estás en lo alto de la jerarquía, no tienes que responderle a nadie. Ellos te responden a ti”.

La alegría —por lo menos al principio— de la revolución de internet era su naturaleza democrática. Facebook es el mismo Facebook, seas rico o pobre. Gmail es el mismo Gmail. Y todo es gratis. Y a medida que los estudios demuestran que el tiempo que se pasa en estas plataformas patrocinadas por publicidad no es sano, todo empieza a parecer como beber refresco o fumar cigarros, cosas que la gente rica hace menos que la gente pobre.

La exposición a las pantallas comienza en la infancia. Los niños que pasan más de dos horas al día viendo una pantalla obtienen menores calificaciones en pruebas de lógica y lenguaje, de acuerdo con un estudio sobre desarrollo cerebral apoyado por los Institutos Nacionales de Salud de Estados Unidos. Lo más perturbador es que el estudio halló un adelgazamiento prematuro de la corteza cerebral en algunos niños. En los adultos, otro estudio halló un vínculo entre el tiempo pasado frente a una pantalla y la depresión.

En poblados pequeños en Kansas, donde los presupuestos escolares han sido tan reducidos que la Suprema Corte estatal dictaminó que eran inadecuados, las clases han sido remplazadas por software y gran parte de la jornada académica se pasa en silencio frente a una computadora portátil.

Las empresas tecnológicas se esforzaron mucho para que las escuelas públicas adoptaran programas que exigieran una laptop por estudiante. Pero así no es como la gente que construye ese futuro basado en pantallas está criando a sus propios hijos.

En Silicon Valley, la primaria más popular es la Escuela Waldorf, que promete una educación casi libre de pantallas.

Así que mientras los niños adinerados están creciendo con menos tiempo frente a las pantallas, los niños pobres están creciendo con más. Qué tan cómodo se siente alguien con la interacción humana podría convertirse en un nuevo marcador de clase.

Separarse de las pantallas es más difícil para las personas pobres y de clase media. E incluso si alguien se propone desconectarse, a menudo es imposible hacerlo.
Los asientos en clase económica de aviones tienen anuncios en pantallas que se autorreproducen. Hay un movimiento pequeño en Estados Unidos para aprobar un proyecto de ley del “derecho a desconectarse”, que permitiría a los empleados apagar su celular fuera de horarios laborales, pero, por el momento, aún pueden ser castigados por no estar disponibles.
También está la realidad de que en nuestra cultura de cada vez mayor aislamiento, en la que muchos de los tradicionales lugares de reunión y estructuras sociales han desaparecido, las pantallas están llenando un vacío esencial.
Muchas de las personas inscritas en el programa de avatares animales en Element Care no recibieron lo necesario de los humanos que los rodeaban o jamás tuvieron una comunidad y se aislaron, dijo Cely Rosario, la terapeuta ocupacional que frecuentemente evalúa a los participantes. Son las comunidades pobres las que más han visto afectado su tejido social, agregó.

La tecnología detrás de Sox es bastante simple: una tablet con un lente ojo de pez gran angular. Ninguna de las personas que operan los avatares está en Estados Unidos; la mayoría trabaja en Filipinas y América Latina.

La oficina de Care.Coach está ubicada arriba de un local de masajes en California, en las afueras de Silicon Valley. Victor Wang, de 31 años, es el fundador y director ejecutivo. Cuando lo visité, me dijo mientras abría la puerta que acababan de evitar un suicidio. Explicó que los pacientes a menudo dicen que quieren morir, y el avatar está entrenado para preguntarles si tienen un plan para cómo hacerlo.

Wang dijo que las personas pueden establecer un vínculo con cualquier cosa que hable con ellos.
Los primeros resultados han sido positivos. En el primer programa piloto pequeño, en Lowell, los pacientes con avatares requirieron menos visitas de las enfermeras, fueron con menos frecuencia a la sala de emergencias y se sentían menos solos.

En Lowell, Sox se quedó dormida, lo cual significa que sus ojos están cerrados y un centro de comando en alguna parte del mundo ha comenzado a atender a otros ancianos. Langlois le acaricia la cabeza en la pantalla para despertarla.

 The New York Times