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Por James Gorman

El Tyrannosaurus rex es el depredador terrestre más grande y devastador de todos los tiempos. Después de que el T. rex fue descrito por primera vez en 1905, el megafósil más carismático del mundo podría haber resultado ser una mera curiosidad.

No había garantía de que se descubrieran más, y nadie podía anticipar lo interesante que resultaría ser su historia. Pero durante más de 100 años, el T. rex ha sido un regalo extraordinario para el estudio de los dinosaurios y, quizás, para la ciencia en general.

En fechas recientes, el ritmo de descubrimiento se ha acelerado, y muchos de los hallazgos sobre el T. rex, los otros tiranosaurios que eran sus parientes y las vidas que llevaban son celebrados con “T. Rex: El Máximo Depredador”, una nueva exposición en el Museo Estadounidense de Historia Natural en Nueva York. En junio, el Museo Nacional de Historia Natural del Instituto Smithsoniano en Washington reabrirá su sala de fósiles, coronada por su propio T. rex en una nueva posición.

Los curadores de la exposición en Nueva York son dos investigadores veteranos de dinosaurios: Mark Norell, curador de anfibios, reptiles y aves fósiles en el museo; y Gregory Erickson, un paleobiólogo en la Universidad Estatal de Florida. En una entrevista conjunta, insistieron que el T. rex es más que sólo un rostro bonito y aterrorizante. Es un logro evolutivo asombroso y una estrella científica.

Desde el momento en que fue descubierto, el T. rex ha sido una sensación. Cada esqueleto nuevo o parcial ha sido aclamado. Algunos, como el esqueleto de T. rex bautizado como Sue, que se yergue en el Museo Field, en Chicago, atrajeron atención internacional. Sue fue encontrado en 1990, y es el esqueleto de un T. rex más grande y completo en la historia.

El museo pagó 8.3 millones de dólares por él. La reconstrucción de otro gigante encontrado en Canadá poco después de Sue, conocido como Scotty, será presentado en el Real Museo de Saskatchewan, en Regina, en mayo.

No hay consenso sobre cuál es el sexo de los T. rexes. Pocos hallazgos están 90 por ciento intactos, como fue el caso con Sue. (Recibió su nombre en honor a su descubridora, Sue Hendrickson).

Se encontró que un T. rex tenía un tipo de hueso que presuntamente lo identificaba claramente como hembra. Pero incluso ese resultado es polémico.

Estudios utilizando tomografías computarizadas, análisis químicos y nuevas técnicas microscópicas han arrojado luz sobre el comportamiento, la evolución y las habilidades sensoriales del T. rex mismo. Investigaciones sobre la forma en que el músculo estaba sujeto al cráneo mostraron que tenía una fuerza de mordida de 3 mil 540 kilos, suficiente para partir los huesos de otros dinosaurios masivos.

Erickson estudió los anillos de crecimiento en huesos, lo que llevó a determinar la edad que tenían dinosaurios individuales y con qué rapidez crecían. El T. rex aparentemente ganaba más de 2 kilos al día en sus años de adolescencia y vivía, a lo mucho, 30 años.

A juzgar por sus parientes, y por huellas fosilizadas de un grupo de dinosaurios juntos, el T. rex era un animal social. Probablemente cazaba en grupos.

Incluso el cerebro del dinosaurio era grande para su tamaño, lo que sugiere mayor inteligencia que otros dinosaurios. Su vista era excelente. Sus orejas se habían adaptado para escuchar sonidos de baja frecuencia. Su bóveda craneana sugiere que las habilidades olfativas del T. rex eran extraordinarias.

Y tenía plumas, más cuando era joven, pero probablemente por lo menos una cola emplumada en la madurez. No se ha encontrado ningún fósil de T. rex que muestre la presencia de plumas, pero en vista de lo que sabemos sobre otros tiranosaurios, dinosaurios relacionados y el curso de la evolución, “tenemos tanta evidencia de que el T. rex tenía plumas como de que los neandertales tenían cabello”, dijo Norell.

La superfamilia que contiene a los tiranosaurios incluye a más de dos docenas de otros dinosaurios que se remontan 100 millones de años antes de que el T. rex existiera. “Le tomó mucho tiempo a la evolución crear al T. rex”, dijo Stephen Brusatte, paleontólogo en la Universidad de Edimburgo, en Escocia.

La mayoría de los primeros tiranosaurios eran pequeños, algunos del tamaño de un pollo. Muchos tenían dimensiones que oscilaban entre las de un perro y las de un venado. Estos no fueron los máximos depredadores durante la mayor parte de esos 100 millones de años. “Durante la mayoría del tiempo, eran depredadores de segundo —o incluso tercer— nivel”, dijo Brusatte.

Y entonces, el T. rex surgió cerca del fin de la era de los dinosaurios, para convertirse en el depredador dominante en Norteamérica. Brusatte dijo que hay cierto resentimiento de que atraiga tanta atención.

“La gente que estudia a los no dinosaurios dice que los dinosaurios reciben toda la atención”, afirmó. “La gente que estudia a los dinosaurios dice que los terópodos reciben toda la atención. La gente que estudia a los terópodos dice, ah, los tiranosaurios reciben toda la atención”.

 The New York Times