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Por Ben Hubbard

CAMPAMENTO AL HOL, Siria — Abandonó Países Bajos para unirse al Estado Islámico en Siria, y se casó con un combatiente. Él resultó muerto, así que se casó con otro, que la embarazó antes de también ser abatido. Luego en marzo, cuando el Estado Islámico se colapsó, se rindió y terminó en el campamento de tiendas de campaña Al Hol, que ha crecido al punto de quiebre con los restos humanos del así llamado califato.

“Simplemente quiero volver a una vida normal”, expresó Jeanetta Yahani, de 34 años, mientras su hijo, Ahmed, de 3 años, se aferraba a su pierna y temblaba con una tos violenta.
El anuncio de que el Estado Islámico había perdido su último pedazo de territorio fue un hito en la batalla contra la red terrorista. Pero planteó preguntas sobre qué hacer con las decenas de miles de personas que habían acudido en tropel para unirse a los jihadistas.

Al Hol, un grupo aislado de tiendas de campaña rodeado por una cerca de malla ciclónica y guardias armados, albergaba a unas 9 mil personas en diciembre. Al caer los últimos territorios del Estado Islámico, su población aumentó a más de 72 mil.

A lo largo de callejones lodosos llenos de basura entre hileras de tiendas de campaña en la sección de extranjeros del campo, que contiene a más de 9 mil personas, mujeres platicaban en inglés, ruso, francés, holandés y chino.

Una alemana dijo que había venido a Siria con su esposo, un médico. No tenía idea de dónde estaba, y ella estaba atorada en el campamento con un bebé y un niño pequeño. Pero no quería regresar a Alemania.

“No quiero criar a mis hijos en una sociedad que es totalmente corrupta, donde todo pecado es promovido”, afirmó, negándose a dar su nombre. “El más allá es para siempre”, añadió.

Al Hol es el más grande de tres campos de detención operados por la Administración dirigida por los kurdos en el noreste de Siria. Junto con decenas de miles de sirios e iraquíes, los campamentos albergan a 12 mil mujeres y niños extranjeros, indica Redur Xelil, funcionario de las Fuerzas Democráticas Sirias.

Francia, Rusia y Chechenia han readmitido a números minúsculos de sus ciudadanos. Pero la mayoría de los países no quiere a los ex residentes del califato de vuelta. Los funcionarios locales temen que la escasez de apoyo internacional ayude al Estado Islámico a reconstituirse.

Algunas mujeres aún apoyan la ideología de los extremistas.

Una chechena de 22 años dijo que su esposo fue muerto en un ataque aéreo contra el último pequeño territorio del Estado Islámico, pero no creía que el proyecto de los jihadistas hubiera terminado. “Nuestros hermanos están por doquier, en Alemania, Rusia, EU —creemos que al-Dawla al-Islamia volverá”, señalo, usando el nombre árabe del grupo.

Otras expresaron arrepentimiento. Galion Su, de Trinidad, estaba parada cerca de la reja de entrada, esperando salir y buscar a su hijo adolescente. Su esposo los llevó a Siria en el 2014 y la pareja se divorció poco después. Se había casado con cuatro hombres, comentó, cada uno con la condición de que la dejara quedarse con su hijo. Cuando los jihadistas trataron de obligarlo a luchar, lo vistió de mujer y huyó, pero las fuerzas kurdas lo arrestaron, dijo.

“Simplemente quiero ser normal y volver a una sociedad normal, dormir en una cama cómoda, comer comida rica, ver la televisión y reírme”, afirmó Su, de 45 años.
Los niños conforman dos terceras partes de los residentes de Al Hol.

Los funcionarios del campamento dicen estar demasiado ocupados intentando proporcionar tiendas de campaña y alimentos como para ofrecer estudios, mucho menos atender problemas psicológicos.

“Los niños son inocentes, pero cuando terminan en el campamento, aprenden lo que sus padres les enseñan”, dijo Mohammed Bashir, un administrador del campamento.

 The New York Times