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Por Ellen Barry y Benjamin Mueller

LONDRES — Recientemente, mientras dos miembros del Parlamento interrumpían un debate sobre el Brexit para burlarse entre sí sobre los internados de élite a los que asistieron hace 40 años, Eve Alcock, de 23 años, observaba con enorme disgusto.

El mundo entero del Parlamento de Gran Bretaña —sus decadentes códigos de conducta, su lenguaje antiguo y formal, sus reuniones de amigos de las universidades de Oxford y Cambridge— parecía ajeno de la crisis nacional y real que se está desplegando en torno al Brexit, el proceso de extraer al País de la Unión Europea.

“Estamos en medio de una emergencia nacional, y tienes a niños de escuela peleando en la Cámara de los Comunes por quién fue a la mejor escuela”, dijo. “Es casi como si operaran en una realidad alterna”.

Al tiempo que las facciones dentro del Gobierno británico se han peleado el control de la salida del País del bloque, el ánimo entre los electores se ha vuelto sombrío.

A esos británicos que deseaban permanecer se les recuerda, diariamente, que un cambio nacional riesgoso y crucial está siendo iniciado contra su voluntad y decisión. Más notable es el profundo cinismo entre aquellos que votaron por salir, el grupo al que la Primera Ministra Theresa May trata de satisfacer. Ahora están resentidos y desilusionados a partes iguales, mientras la parálisis del Gobierno ha puesto en tela de duda si Gran Bretaña saldrá algún día de la Unión Europea.

El rechazo del Parlamento del plan de retiro de May el 29 de marzo —por tercera vez— significa que la turbulencia continuará. Otro voto el 1 de abril tampoco fue fructífero.
En entrevistas, nadie siente que el Gobierno haya representado sus intereses. Nadie está satisfecho, ni está optimista.

“No creo que las instituciones centrales del Gobierno hayan sido desacreditadas así en el periodo de posguerra”, dijo William Davies, catedrático en Goldsmiths, University of London.
“Hay un sentido de fin de siglo de que a la política británica moderna se le ha acabado el camino”, dijo Davies.

Fue hace apenas siete veranos que Gran Bretaña se presentó a sí misma ante el mundo como un país confiado, abierto al exterior y postimperial. La ceremonia de inauguración de los Juegos Olímpicos del 2012 hizo pensar en un país sin la carga de anhelar su pasado más ordenado.

La cuestión del referéndum ha dividido a Gran Bretaña en tribus en guerra, incapaces de decidirse por alguna visión compartida del futuro. Una democracia antigua y robusta cruje bajo el peso de demandas en conflicto: en el poder ejecutivo, para realizar la voluntad del pueblo; y en los miembros del Parlamento, para actuar en lo que creen que es el mejor interés del pueblo.

En una situación así, el País podría haberse unido en su resentimiento hacia la Unión Europea, que había prometido hacer dolorosa la salida de Gran Bretaña. Pero los británicos están culpando a sus propios líderes.

“Creo que la gente ha perdido totalmente la confianza en la democracia, en la democracia británica y en la manera en que es manejada”, expresó Tommy Turner, un bombero de 32 años. Se encontraba en el Hare & Hounds, un pub de clase trabajadora en Surrey, donde casi todos votaron por salir de la Unión Europea. Entre sus amigos, dijo, percibía un profundo sentido de traición porque Gran Bretaña no efectuó su salida el 29 de marzo, como se prometió.

La evaluación de los británicos de sus líderes es mordaz, con el 81 por ciento diciendo que Gran Bretaña ha manejado mal el Brexit, y el 7 por ciento diciendo que lo ha manejado bien, de acuerdo con datos independientes.

Neil Bligh, de 45 años, que estaba sentado junto a Turner, vagamente podía recordar el triunfo que sintió en el 2016, cuando su lado había ganado. Pero esa sensación ha sido reemplazada por una de pesar y desconfianza al tiempo que se aleja la recompensa prometida de una Gran Bretaña de libre comercio. “Ahora, es como un dolor”, dijo.

Las opiniones sobre el Brexit eran casi diametralmente opuestas en The Highbury Barn, un pub en el norte de Londres. En este vecindario, Islington North, en el distrito electoral del líder laborista opositor, Jeremy Corbyn, una cuarta parte de la población ha firmado una petición que, al 1 de abril, tenía 6 millones de firmas pidiendo al Gobierno que revoque la parte del tratado que expone los términos de la salida de Gran Bretaña.

Geoff Peddie, de 46 años y maestro de inglés en preparatoria, dijo estar enojado porque una mayoría tan escasa hubiera provocado una crisis.

“No siento que hayamos sido escuchados, o que casi la mitad de la población haya sido escuchada”, indicó. “La mayoría básicamente ha estado dando gusto a los peores elementos de nuestra sociedad”.

 The New York Times