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Por Patricia Mazzei y Miriam Jordan

PARKLAND, Florida — Kelly Plaur aún tiene pesadillas casi todas las noches. En las mañanas, se las cuenta a su madre, aunque el tema por lo general es el mismo: el horror que atestiguó en la Preparatoria Marjory Stoneman Douglas el año pasado cuando un hombre armado abrió fuego en su salón de clases, matando a dos estudiantes e hiriendo a otros cuatro.

Hace unas semanas, Plaur, de 18 años, tuvo que retirarse de una capacitación de paramédicos tras verse abrumada por la ansiedad mientras transportaban a una víctima de un disparo. Incluso ver ciertas persianas puede ponerla nerviosa, al recordarle los orificios de bala en las persianas del aula. “Cosas pequeñas que no imaginaba actúan como detonantes para mí”, dijo.

Para personas jóvenes como Plaur, más de un año después de la masacre en la escuela en Parkland que cobró la vida de un total de 17 personas, la vida sigue plagada de recuerdos traumáticos, una persistente consecuencia de la epidemia de violencia armada en Estados Unidos. Para muchos, las preocupaciones volvieron a surgir el mes pasado cuando dos adolescentes que asistían a la Stoneman Douglas se quitaron la vida con diferencia de unos días.

Luego, el padre de una niña muerta en el tiroteo del 2012 en la Escuela Primaria Sandy Hook, en Newtown, Connecticut, también murió en lo que las autoridades dictaminaron como un suicidio.

Los expertos dicen que las motivaciones detrás del suicidio son complejas, y las recientes muertes siguen en investigación. Pero las tres muertes sumamente destacadas en los medios en 10 días, en dos lugares marcados por la tragedia, dejaron al descubierto las dolorosas heridas emocionales que pueden persistir mucho después de que los disparos han cesado.

Años más tarde, muchos sobrevivientes de asesinatos masivos dicen que siguen teniendo problemas. Los ruidos fuertes los sobresaltan. Los estallidos regresan en sus sueños.

Hablar de violencia de armas puede llevar a repentinos espasmos en la espalda. Inmediatamente después de los ataques, escuelas y comunidades se unen y ofrecen consuelo, ayuda psicológica y terapia.

Los estudiantes se sienten envueltos por la compasión de maestros y compañeros de clases. Todo mundo pregunta si están bien. Luego el tiempo pasa.

Hollan Holm tenía 14 años el 1 de diciembre de 1997, cuando un compañero estudiante abrió fuego en un círculo de oración en la Preparatoria Heath, en West Paducah, Kentucky. Tres estudiantes murieron y otros cinco, incluido Holm, resultaron heridos. Desarrolló sensibilidad extrema a ciertos sonidos, como petardos y estallido de globos. Pero no aceptó ayuda psicológica, convencido de que simplemente debería seguir adelante con su vida.

Ahora a los 36 años, Holm aún evita sentarse dando la espalda a la entrada de una habitación. Tiende a realizar una evaluación de amenazas de sus alrededores. El año pasado, acudió con un especialista en traumas.

“No puedes permitir que el tiroteo defina toda tu vida”, señaló. “Pero no puedes dejarlo atrás”.

Factores como la edad, la proximidad al hombre armado, o si alguien sufrió o no lesiones o si vio a alguien recibir un disparo influyen en la habilidad para recuperarse.

“La respuesta aguda inmediata podría resolverse con el tiempo; los síntomas podrían disminuir”, dijo Rochelle F. Hanson, psicóloga que se especializa en el tratamiento de traumas en la Universidad Médica de Carolina del Sur. “Lo que nos preocupa es la gente tres o cuatro meses después que aún experimenta síntomas relacionados con el trauma. Eso es señal de alarma”.

Los tiroteos en escuelas pueden afectar a cientos o miles de personas a la vez, incluyendo a estudiantes, maestros, padres y personal de urgencias.
Justo después de una tragedia, las escuelas se ven llenas de consejeros y perros terapéuticos. Pero si las víctimas están en shock, podría ser demasiado pronto para procesar lo que han pasado. Para cuando el shock desaparece, los servicios podrían no estar disponibles.

“Es como con un huracán: todo mundo quiere ayudar tan pronto como sucede”, dijo Sarah Franco, directora ejecutiva de una organización de beneficencia en el Sur de Florida que opera un nuevo centro de salud y bienestar en Parkland. “Ahora, un año después, tenemos que dar un paso atrás y ver cómo lo estamos haciendo. ¿Está la gente aprovechando todos estos servicios? Y la respuesta es no”.

Los aparentes suicidios de Sydney Aiello, egresado de 19 años de Stoneman Douglas, y Calvin Desir, de 16 años y alumno de segundo año, provocó que los líderes locales se apresuraran a inaugurar el nuevo centro, que tenía programado abrir en un mes aproximadamente.

Programas similares fueron establecidos después de otros tiroteos en escuelas, incluyendo Newtown, donde Jeremy Richman, de 49 años, quien perdió a su hija, Avielle, de 6 años, en el 2012, fue encontrado muerto el 25 de marzo. Ese mismo día, el centro de Parkland abrió. Volantes apilados en la puerta frontal instaban a los padres a preguntar a sus hijos si habían pensado en el suicidio y especialmente si habían llegado incluso a planear cómo podrían quitarse la vida, una señal de alto riesgo.

Buscar ayuda puede ser un paso difícil de dar para los sobrevivientes. Lisa Hamp, hoy de 32 años, estaba en una clase de computación en el instituto Virginia Tech cuando un hombre armado irrumpió en el edificio. “Vi todo; los cuerpos muertos”, recordó.

Al haber salido físicamente ilesa de un tiroteo que dejó 32 personas muertas, Hamp creó una jerarquía en su mente de los que merecían ayuda: las personas que habían perdido a seres queridos eran las primeras, seguidas por los heridos. “Los sobrevivientes físicamente ilesos nos ponemos mero abajo”, comentó. “Creemos que simplemente debemos aguantarnos y seguir adelante”.

Pero nunca logró del todo seguir adelante. En privado, Hamp sufría ansiedad severa. “Constantemente estaba preparada para el segundo tiroteo de mi vida”, dijo.

Canalizó su estrés en una obsesión con el ejercicio y el peso, lo que llevó a un trastorno alimenticio. Pasaron varios años antes de que buscara ayuda psicológica, lo que le ayudó.

Randee Gregory estaba en tercer año de primaria el 26 de septiembre de 1988, cuando un hombre joven entró a la Primaria Oakland, en Greenwood, Carolina del Sur, y empezó a disparar.

Gregory, ahora de 39 años, no recuerda los disparos. “Recuerdo que me empujaron por la puerta y corrí por el pasillo”, comentó.

Todo mundo pronto regresó a la escuela. No hubo terapia de ninguna clase. Gregory a veces sueña todavía que alguien la persigue y trata de dispararle. Su hija de 5 años, Rylee, empezará la escuela el próximo otoño. “No tengo la certeza de que las escuelas estén más seguras ahora”, dijo Gregory.

Tampoco la tiene Jordan Gomes, de 15 años, que tenía 9 y cursaba cuarto año en la Escuela Sandy Hook cuando un hombre joven mató a 20 niños y 6 adultos el 14 de diciembre del 2012.

“Nadie puede reparar lo que ese día se rompió dentro de mí y de cada niño de esa escuela”, dijo. “Mi mayor temor al llegar a la escuela todos los días no es la tarea ni los exámenes. Es el miedo de no salir viva al final del día, o que si yo salgo, mis amigos no”.

 The New York Times