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Por Carol Giacomo

Los indígenas de la selva del Amazonas son las tropas de asalto en la lucha contra el cambio climático. “Somos los primeros en ser afectados”, comenta Sônia Guajajara, una de las líderes indígenas mejor conocidas de Brasil.

“Estamos viendo inundaciones que duran más tiempo, sequías más prolongadas y una reducción en los peces con la aridez”, indicó recientemente. “Así que afecta nuestra seguridad alimentaria. Y también nuestra cultura”.

La selva tropical del Amazonas, un tesoro ecológico de más de 5 millones de kilómetros cuadrados que atraviesa Brasil y otros ocho países, a veces es llamada “los pulmones del planeta” porque los árboles liberan tanto oxígeno y absorben tanto dióxido de carbono, mitigando los efectos del cambio climático.

También es hogar de una diversidad incomparable de especies de flora y fauna, así como alrededor de un millón de indígenas tan sólo en Brasil.

Aunque ha estado en peligro desde hace mucho tiempo, la selva ahora ve una mayor amenaza bajo la Presidencia de Jair Bolsonaro, un líder populista polarizante al estilo del Presidente Donald J. Trump.

Bolsonaro tomó medidas rápidas para socavar las protecciones al medio ambiente, a los derechos de las tierras indígenas y a las organizaciones no gubernamentales.

“Tan sólo en los primeros 50 días del Gobierno de Bolsonaro, ha habido una regresión de 30 años en los avances”, declaró Guajajara. “Todo lo que hemos estado tratando de construir desde entonces, estamos tratando de mantener de pie”.

Su labor con la Asociación de Pueblos Indígenas de Brasil se enfoca en garantizar los derechos de los indígenas, incluyendo el reclamo de tierras selváticas ancestrales. Brasil perdió casi 10 por ciento de su cobertura forestal entre el 2000 y el 2017, reporta el Instituto de Recursos Mundiales.

Ahora Bolsonaro está elevando aún más la amenaza con un llamado a la inversión económica para explotar los recursos naturales del País.

Desde su toma de posesión, Bolsonaro ha debilitado o retirado el financiamiento a dependencias gubernamentales que supervisan las protecciones para el Amazonas y los indígenas y ha conferido esas responsabilidades al Ministerio de Agricultura que apoya el cultivo, la minería y la tala.

Las zonas que son formalmente reconocidas como “tierras colectivas” son propiedad del Gobierno, pero están garantizadas bajo la Constitución para el uso exclusivo de grupos indígenas. Bolsonaro dice que quiere que esas tierras se vuelvan “más productivas”.

Guajajara afirmó que eso significaría el principio del fin para las culturas indígenas. “Y para mí, eso es una especie de etnocidio”, afirmó. “El etnocidio es cuando destruyes la cultura. Genocidio es cuando matas a la gente”.

Líderes más sabios que Bolsonaro buscarían maneras de extender el desarrollo económico, respetando las tribus indígenas y reconociendo las contribuciones irreemplazables del Amazonas para frenar el cambio climático. La investigación arroja que las comunidades indígenas son mejores custodios de la tierra.

De acuerdo con Guajajara, Bolsonaro sostiene que “no hay tal cosa como un pueblo indígena” e insiste que quiere “unificarnos para formar una sola cultura”. Eso es ofensivo y poco realista, dado que Brasil incluye más de 300 grupos étnicos, entre los que figuran quizá 100 que no tienen contacto en lo absoluto con la sociedad, y unos 274 idiomas.

Por lo menos la elección de Bolsonaro parece estar dejando en claro lo que podría perderse gracias a sus políticas, así como persuadiendo a los grupos marginados —los pobres, mujeres, niños y pueblos indígenas— a unirse.

Si es que hay esperanza para la selva tropical, y para países donde líderes autoritarios amenazan la democracia y las agendas progresistas, ésta yace en la determinación y el poder de activistas de la sociedad civil como Sônia Guajajara.

 The New York Times