•  |
  •  |

Por Heather Murphy

Le dijeron que el parto sería doloroso. Pero, con el paso de las horas, nada le molestaba —aun sin una epidural.

“Sentía que mi cuerpo cambiaba, pero no me dolía”, recordó la mujer, Jo Cameron, ahora de 71 años. Lo asemejó a “un cosquilleo”.

Fue hasta hace poco —más de 40 años después— que supo que sus amigas no exageraban.

Más bien, había algo diferente en la manera en que su cuerpo experimentaba el dolor: por lo general no lo hacía.

Algunos científicos creen por fin entender por qué. En un artículo publicado el mes pasado en la revista The British Journal of Anaesthesia, los investigadores atribuyeron la falta de dolor físico en la vida de Cameron a una mutación de un gen previamente no identificado. La esperanza, dicen, es que el descubrimiento pueda con el tiempo contribuir al desarrollo de un nuevo tratamiento para el dolor. Creen que esta mutación también podría estar relacionada con la razón por la que Cameron ha sentido poca ansiedad o miedo a lo largo de su vida y por qué su cuerpo sana con rapidez.

“Las mutaciones nos enseñan algo y señalan a un gen en particular como un posible objetivo para medicamentos nuevos y más eficaces contra el dolor”, dijo Stephen G. Waxman, neurólogo en Yale”.

Hace unos cinco años, Cameron vivía una vida feliz y ordinaria a orillas del Lago Ness, en Escocia, con su marido, explicó. Después de una intervención quirúrgica en la mano, un doctor parecía estar perplejo de que no sintiera dolor ni quisiera analgésicos.

“Le aseguro que no voy a necesitar nada”, recordó Cameron haber dicho a Devjit Srivastava, uno de los autores del artículo.

A los 65 años había requerido un reemplazo de cadera. Como nunca sintió dolor, no se percató de que algo estaba mal hasta que los huesos ya estaban muy desgastados. Las cortadas, quemaduras y fracturas tampoco le dolían.

Srivastava la refirió a un grupo en el University College de Londres, dedicado a enfoques genéticos para entender la biología del dolor y el tacto. Cuando James Cox, miembro de ese grupo y otro de los autores del nuevo artículo, inspeccionó su perfil genético, no se parecía al de las otras personas que tampoco sienten dolor.

Finalmente, encontró lo que buscaba en un gen que los científicos llaman FAAH-OUT. En Cameron, “la paciente presenta una supresión de la parte frontal del gen”, dijo.

Hasta su conversación con Srivastava, el dolor no era algo en lo que Cameron pensara. Quizá ayudaba el que sus quemaduras y cortaduras rara vez le dejaban una cicatriz —algo más que los científicos creen que está relacionado con la mutación.

A los científicos también les intriga el nivel extraordinariamente bajo de ansiedad que tiene Cameron. En un cuestionario sobre trastornos de ansiedad, obtuvo una puntuación de 0 de un total de 21. No recuerda haberse sentido nunca deprimida o asustada.

“Soy muy feliz”, declaró.

Los investigadores dijeron que ahora se concentrarán en intentar entender mejor cómo funciona FAAH-OUT para poder diseñar una terapia genética o algún otro procedimiento para aliviar el dolor con base en él.

“Tengo confianza razonable en que las lecciones que estamos aprendiendo de los genes que tienen que ver con el dolor nos llevarán a la creación de un tipo completamente nuevo de analgésicos”, dijo Waxman.

 The New York Times