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Por Rachel Nuwer

En febrero, la revista Journal of the British Tarantula Society publicó un estudio describiendo una nueva especie de tarántula descubierta en un parque nacional en Malasia. Aunque el macho tenía un color café ordinario, las patas de la hembra tenían un llamativo color azul eléctrico.

A cada rato se descubren arañas nuevas, y el estudio probablemente habría pasado desapercibido —a no ser por un artículo posterior en la revista Science.
El artículo afirmaba que los investigadores de tarántulas habían recibido sus ejemplares indirectamente de coleccionistas en Polonia y Gran Bretaña, quienes las habían capturado furtivamente en Malasia.

Peter Kirk, presidente de la Sociedad Británica de Tarántulas y editor de la publicación del grupo, dijo que los coleccionistas mostraron a los científicos un permiso de importación de Polonia, y que “no tenían motivo para creer que no se hubiera seguido el debido proceso”.

El incidente ha reavivado un debate de décadas entre científicos y coleccionistas sobre la ética de investigación, la recolección de especímenes y la “biopiratería” —el uso de recursos naturales sin permiso de comunidades locales o compartir algún beneficio con ellas.

“La mayoría de las respuestas que he visto son gente que dice, ‘claro, necesitamos detener esto’, pero también ha habido un buen número de personas que básicamente tratan de justificar la captura furtiva y el contrabando de estas tarántulas”, dijo Ernest Cooper, un asesor de conservación en Columbia Británica.

Los científicos pueden ser cómplices en el comercio ilegal al capturar furtivamente ejemplares por sí mismos o trabajar con quienes lo hacen. Este tipo de delito contra la fauna ocurre a menor escala, pero muchos expertos creen que es una problemática importante.

“Es un problema a nivel mundial y sucede con frecuencia”, declaró Sérgio Henriques, presidente del grupo sobre arañas y escorpiones en la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza.

Para Henriques y otros, este tipo de recolección plantea profundas inquietudes éticas. “Somos los científicos, los que presuntamente debemos ser sensatos y poner el ejemplo”, dijo.

Puede ser difícil definir quién cuenta como científico y qué cuenta como infringir la ley. Coleccionistas a nivel experto a menudo publican en revistas científicas, por ejemplo. Pero ya que no están en la nómina de una universidad o un instituto de investigación, no están sujetos a códigos de conducta estrictos y podrían tener una mayor tendencia a brincarse las reglas, expresó Cooper.

La ética en torno a las adquisiciones científicas también puede ser confusa. “Hay lagunas enormes y es una cuestión tanto de ética como de legalidad”, afirmó Peter Paul van Dijk, biólogo en la organización sin fines de lucro Global Wildlife Conservation. “Si todo lo que necesitas es una pequeña muestra de sangre y acudes con un coleccionista amigable cerca de allí y tomas algunas gotas de sangre de un animal cautivo, ¿realmente seguirías el debido proceso de asegurar que el animal fue recolectado adecuadamente?”.

En el futuro, The Journal of the British Tarantula Society requerirá que los autores proporcionen una copia de sus permisos si sus manuscritos abordan especímenes de otro país, señaló Kirk.

Henriques dijo que le gustaría ver la creación de un sitio en internet manejado por una organización global confiable, en el que cada país describa su legislación y su proceso de solicitud para la recolección y exportación de ejemplares.

El mismo sitio podría fungir como una base de datos de permisos emitidos anteriormente, permitiendo la verificación de un cierto permiso o ejemplar, indicó.

“Personalmente, veo como positivo que el caso de la tarántula azul recibió atención, porque despertó el interés en este tema”, dijo Henriques. “Tenemos que tratar de mantener viva la conversación para aprovechar esto como una oportunidad para buscar soluciones”.

The New York Times