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Por Jason Farago

MUNICH — Son difíciles de describir. ¿Inmensos y ondulantes tapices, cada uno ondeando y papaloteando como una bandera? ¿O pesados y defensivos teselados de metal, como la armadura de placas de los soldados en la Europa medieval? ¿Como mosaicos monumentales, como paisajes de trozos metálicos? Las esculturas de pared de El Anatsui aquí en la Haus der Kunst piden a gritos comparaciones metafóricas —pero ninguna metáfora jamás parece resumir estas obras, cada una lo suficientemente compleja como para quitar el aliento a cualquiera.

Anatsui, nacido en Ghana y radicado en Nigeria, ya era un artista aclamado en África Occidental cuando, hace 20 años, ideó una técnica que lo impulsaría a crear algunas de las esculturas más extraordinarias de este nuevo siglo. Una tarde se encontró una bolsa de plástico llena de tapas de botellas de aluminio.

Abandonando su trabajo anterior en madera, comenzó a aplanar, doblar y fijar estas tapas en composiciones montadas en la pared. Producir cada obra masiva requiere miles de horas. Sus dobleces y pliegues transmiten el barrido oceánico de la historia, y sus composiciones rebosan de atención al comercio, la esclavitud, el consumismo y el medio ambiente.

Dieciséis de ellas se exhiben en “El Anatsui: Triumphant Scale”. Es, casi seguramente, la mayor presentación en solitario de un artista africano de raza negra en Europa.

La exposición acompaña las obras de tapas de botellas con las cerámicas, esculturas de madera y obras en papel de Anatsui de los años 70 a 90, además de notables encargos nuevos, incluyendo un laberinto de 66 piezas de cortinas colgantes y un friso hecho de planchas de impresión alemanas y nigerianas atornilladas a la fachada del museo.

Los esfuerzos de Anatsui por forjar un lenguaje abstracto singular a partir de influencias europeas y africanas comenzaron a principios de los años 70, con discos de madera pintados cuyos bordes estaban grabados con sus propios glifos idiosincrásicos.

Cuando comenzó a trabajar con tapas de botellas, Anatsui emprendió un cambio sustancial en la escala y en la ambición artística. Primero, las tapas de aluminio, así como las delgadas bandas de seguridad debajo de ellas, se moldean en formas fijas. Luego se atan en láminas mediante diminutos nudos de alambre de cobre, y esas láminas se combinan en extraordinarias composiciones de 90 metros cuadrados o más.

En cada obra, los paneles pueden plegarse como un rodapié de cama, envolverse como una toga o cincharse como una ristra de salchichas —y Anatsui no es quisquilloso respecto a la forma en que los exhiben.

Los meticulosos argumentos de esta muestra sobre la forma, el color, el medio y la escala reprenden la estrechez —y, en algunos casos, el racismo— de muchos museos de arte occidentales. Sigue siendo poco común que el arte contemporáneo africano reciba este tipo de reconocimiento pleno.

La insistencia del museo en que Anatsui amerita una exposición tan completa como las de Georg Baselitz o Louise Bourgeois (dos exposiciones individuales recientes en la Haus der Kunst), con todo el análisis técnico, histórico y simbólico que los museos ofrecen a artistas occidentales de esa talla, constituye su propio acto de justicia.

En medio de una angustiante reacción nativista que se está arraigando en Alemania y en toda Europa, es hora de que los museos reafirmen los valores de la percepción global y el intercambio cultural que él encarnó. Llegan como un toque de trompeta en la exposición de Anatsui —tan amplia como el mundo y resplandecientemente bella.

 The New York Times