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Por Alissa J. Rubin

BAGHDADI, Iraq — Para encontrar un manjar de temporada, Mohaned Salah Yasseen buscaba lugares donde el suelo estuviera agrietado y ligeramente elevado —señal que indica que una trufa del desierto yace abajo.

Así que no se percató de las dos camionetas pickup, conducidas por hombres en uniformes militares, hasta que casi estaban junto a él.

“Me ordenaron que me subiera a la camioneta”, dijo Yasseen, farmacéutico de 31 años. Se convirtió en la víctima más reciente en una nueva campaña del Estado Islámico.

Expulsado del territorio que controlaba en Irak y Siria, el grupo ha empezado a operar en la clandestinidad, con sus combatientes restantes en Irak llevando a cabo ataques esporádicos.

Desde fines de enero, han secuestrado y, en algunos casos, ejecutado a buscadores de trufas iraquíes, principalmente en los desiertos del oeste de la Provincia de Anbar. Las fuerzas de seguridad iraquíes confirmaron el secuestro de 44 buscadores de trufas este año.

Los raptos son sólo una fracción de los ataques del Estado Islámico que ahora se realizan en Irak. Pero las agresiones a los buscadores de trufas reflejan un énfasis renovado en incitar las tensiones sectarias.

Mientras que los buscadores de trufas musulmanes sunitas típicamente pagan un rescate para obtener su libertad, como hizo Yasseen, los cazadores de trufas musulmanes chiitas nunca tienen esa oportunidad. Son asesinados.

El Estado Islámico considera que los chiitas son infieles, y desde su inicio el grupo los ha matado y destruido sus mezquitas.

Las autoridades militares y de inteligencia iraquíes ven el trato del grupo a los rehenes como un intento de incitar el tipo de conflicto sectario que desgarró a Irak del 2003 al 2008, tras la caída de Saddam Hussein, y que se repitió del 2012 al 2014.

Los secuestros también son una manera para que el Estado Islámico, también conocido como ISIS, recaude dinero y señale a la población civil que sigue siendo una fuerza potente.
Pese al peligro, los buscadores de trufas del desierto no parecen dejarse disuadir. El manjar es preciado y puede venderse en hasta 13 dólares el kilo en los mercados locales.

Después de que Yasseen fue secuestrado por ISIS, sus captores vendaron los ojos de él y cinco primos con los que había estado buscando trufas, y los llevaron en un vehículo a una pequeña habitación subterránea. Los combatientes les llevaron comida y los invitaron a rezar. Más tarde fueron liberados tras pagar el dinero del rescate.

Hamza Kadhim al-Jubori, granjero chiita de 42 años, tuvo una historia diferente. Luego de que él y dos de sus hermanos y su sobrino fueron secuestrados, también fueron llevados a un cuarto subterráneo. Pero se les dio un solo dátil y media taza de agua y no se les invitó a rezar. Jubori logró escapar. Dijo que fue rescatado por beduinos, nómadas del desierto. Tres días después estaba en casa —pero sin sus dos hermanos y su sobrino. Unos días más tarde, fueron hallados muertos a tiros.

 The New York Times