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Por Jochen Bittner

HAMBURGO, Alemania — Hace poco me hallaba en las afueras de Derry, un pueblo en Irlanda del Norte, a sólo unos metros de la frontera donde termina Gran Bretaña y comienza la República de Irlanda. Detrás de un muro de jardín, un hombre enérgico de mayor edad estaba listo para desahogarse.

“¡Esto es Irlanda! Los ingleses no tienen nada qué hacer aquí”, exclamó. Apuntó a la carretera hacia un pequeño puente de piedra. El retén allí había desaparecido hace dos décadas, señaló. En caso de que los británicos intenten levantar una nueva caseta de vigilancia, agregó, “la vamos a incendiar”. 

Vamos, le dije incrédulo. ¿Qué sucedería realmente si, luego de que Gran Bretaña deje la Unión Europea, oficiales de aduanas o la Policía pudieran estar destacamentados en lo que entonces será una nueva frontera?

“Los vamos a apedrear”, contestó el hombre, más calmado.

No hay fin a los problemas en torno al Brexit, pero sobre todo para el resto de nosotros los europeos, el dilema en la frontera terrestre entre Irlanda y Gran Bretaña es la más desconcertante, y quizás la más preocupante, al menos en un sentido simbólico.

En el siglo 20, Europa fue marcada por violencia espantosa —a menudo guerras, pero igual de común periodos extensos de violencia política, como el Conflicto en Irlanda del Norte.

El gran proyecto posguerra de cooperación y unificación europea fue un esfuerzo para, entre otras cosas, hacer de la violencia una cosa del pasado. El Acuerdo de Viernes Santo, que puso fin al Conflicto, pareció validar todo para lo que habíamos trabajado, así fuéramos “nosotros” irlandeses, británicos o alemanes.

Ahora, al aproximarse el Brexit, los rumores de violencia renovada en Irlanda ponen ese optimismo y progreso en duda.

El que esté a punto de volver el Conflicto sigue siendo mera especulación. Pero en Irlanda, mucha gente lo cree.

“Si es que van a haber fronteras firmes en Irlanda definitivamente habrá un brote de violencia, tanto a corto como a largo plazo”, expresó Richard O’Rawe, con quien hice un recorrido al lugar ese día.

O’Rawe sabe de qué habla. En los 70, en el apogeo del Conflicto, perteneció al Ejército Republicano Irlandés. Fue encarcelado por los británicos; en prisión, fungió como vocero para un grupo de internos asociados con el activista político Bobby Sands, quien murió tras una huelga de hambre en 1981. Luego de ser liberado, O’Rawe escribió varios libros sobre el conflicto y rompió con el ERI.

Han transcurrido 20 años desde el Acuerdo de Viernes Santo. Para un alemán que visita Irlanda del Norte, se vienen a la mente similitudes con mi propio País, reunificado hace 30 años.

Se han suavizado las divisiones sociales, pero no han desaparecido. Un muro fuertemente protegido que alguna vez fue símbolo de separación antinatural ha dado pie a una coalescencia natural.

Sin embargo, a diferencia de Alemania, el otrora opresor aún es un actor político en Irlanda del Norte. Alemania tiene sus diferencias regionales, pero no hay duda de que todos somos alemanes.

No así en la isla, donde abunda el resentimiento contra lo que es visto como la injusticia inglesa —y donde pocos creen que las cosas serán mejores post Brexit.

En el referendo del Brexit del 2016, la mayoría de la gente en Irlanda del Norte, el 55.8 por ciento, votó a favor de permanecer en la Unión Europea. Esto significa que sería sacada a rastras de la Unión Europea contra su voluntad, y en particular contra la voluntad de sus nacionalistas irlandeses. Está creciendo el apoyo a la independencia, y a una reunificación con la República irlandesa.

En Londres, la Primera Ministra Theresa May ha prometido respetar el acuerdo de paz y evitar una frontera firme en Irlanda. Pero ni ella ni nadie más ha explicado todavía cómo no controlar una frontera que separa a un país de la Unión Europea de un país no unitario.

En enero, a sólo unos kilómetros de donde conocí al hombre local furioso, estalló un coche bomba en el centro de Derry. Por suerte, nadie resultó herido, pero puso nerviosa a toda la isla. La Policía culpa a una facción llamada Nuevo ERI.

Aunque el ERI es una pequeña sombra de lo que fue, algunos sospechan que está ansioso por ver una frontera firme, y el conflicto que conllevaría.

Martin McAllister, un ex miembro del ERI que conocí en South Armagh, señaló que también renunció a la organización en los 70, cuando decidió que había degenerado en un grupo criminal terrorista.

Conduciendo por su región natal, McAllister apuntó a un número considerable de tanques de petróleo y pipas de combustible —señal de una red de contrabando de gasolina, indicó, una actividad continua que quedó del Conflicto.

“Para el ERI, ésta era una forma de hacer dinero para ir en pos de la guerra”, explicó. “Si colocan una frontera firme, todos estos contrabandistas la pasarán de maravilla”.
Toda una generación de europeos ha sido criada viendo a Gran Bretaña como una nación que superó sus amargas diferencias regionales.

Ahora, Gran Bretaña no sólo le está dando la espalda a Europa, sino que también le está dando la espalda a uno de los logros notables de la idea europea. Las repercusiones de esa decisión llegarán mucho más allá de Derry y South Armagh.

 The New York Times