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Por Ernesto Londoño y Letícia Casado

BRASILIA — “No nací para ser Presidente”, dijo Jair Bolsonaro, Presidente de Brasil, durante un discurso reciente en su residencia oficial. “Nací para ser soldado”.
El tono usado por Bolsonaro, Capitán retirado del Ejército, fue ligero. Pero el mensaje enfatizó la zozobra que ha caracterizado sus primeros meses como mandatario. En poco más de 100 días en el cargo, ha avanzado poco en problemáticas esenciales.

El Presidente, un populista de derecha, resultó electo con la gran encomienda de lograr un cambio exigido por los electores hartos de la corrupción política, la violencia y los persistentes efectos de una recesión profunda.

En lugar de ello, su mandato ha sido agitado por batallas culturales, disputas entre las facciones que lo apoyan (las fuerzas militares, los evangélicos y los antiglobalistas) y el desorden, con la salida de dos Ministros. Su partido también es investigado en relación con un posible esquema ilegal de financiamiento de campaña electoral, y uno de sus hijos, el Senador Flávio Bolsonaro, también está siendo investigado por corrupción.

Los proyectos de ley que podrían ayudar a arreglar los sistemas de pensiones y del sistema de justicia criminal languidecen en el Congreso, donde el Presidente ha sido incapaz de forjar alianzas, y la economía de Brasil sigue debilitándose.

Todo esto ha dejado a Bolsonaro con el índice de popularidad más bajo de cualquier mandatario en su primer periodo desde que se restauró la democracia a mediados de la década de 1980, de acuerdo con una encuesta de Datafolha. El 30 por ciento de los encuestados calificó a su Presidencia de mala o terrible.

“Las crisis no están siendo generadas por la Oposición”, dijo Marcelo Freixo, legislador federal de izquierda, respecto a la Administración de Bolsonaro. “Ellos están creando sus propias crisis”.

Pero otro hijo, Eduardo Bolsonaro, legislador federal, dijo que su padre había cumplido muchas de sus promesas, señalando una mayor cercanía con Estados Unidos, las subastas de entidades paraestatales y medidas para reducir la burocracia. También ha hecho que los civiles puedan comprar armas con mayor facilidad y que las industrias tengan acceso a zonas protegidas de la selva amazónica.

Quizá nadie ha hecho más por alimentar la zozobra que Olavo de Carvalho, un escritor brasileño conservador que propone análisis políticos y teorías de conspiración subiendo videos y tuits desde su casa en Virginia. Bolsonaro dijo que Carvalho impulsó “la revolución” que lo llevó a la Presidencia.

No obstante, la alta estima que guarda Bolsonaro por Carvalho no es compartida universalmente en el Gobierno, en gran medida debido a las polémicas opiniones de Carvalho, como haber afirmado que la Pepsi es endulzada con las células de fetos abortados; que legalizar el matrimonio entre personas del mismo sexo lleva a legalizar la pedofilia; y que los desastres naturales catastróficos como el huracán Katrina y el terremoto de 2011 en Haití podrían ser castigos divinos por practicar las tradiciones religiosas africanas.

 The New York Times