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Este artículo fue escrito por Jeffrey Gettleman, Kai Schultz, Suhasini Raj y Hari Kumar.

NUEVA DELHI — En el mercado de máquinas-herramientas en la Vieja Delhi, los musulmanes dominan los puestos. Pero de noche, crece su temor de caminar solos.
“Yo podría ser linchado ahora mismo y nadie haría nada al respecto”, señaló Abdul Adnan, un musulmán que vende piezas para taladros. “Mi Gobierno ni siquiera me considera indio. ¿Cómo puede ser, cuando mis ancestros tienen cientos de años de vivir aquí?”.

Cuando Narendra Modi, el Primer Ministro de India, fue electo en el 2014, fue con un amplio apoyo a sus promesas de modernizar la economía, combatir la corrupción y establecer el papel de India en el mundo. Esa agenda laica siempre estuvo entrelazada con las raíces de Modi dentro de un movimiento político hindú conservador que busca convertir a India en un

Estado hindú. Muchos partidarios moderados tenían la esperanza de que dejara el sectarismo a un lado.

Pero durante los últimos cinco años, aunque ampliamente se considera que Modi ha hecho progreso con sus promesas, su bloque, el Partido Bharatiya Janata, o BJP, ha estado difundiendo una filosofía de “nosotros contra ellos”. Ahora, con elecciones nacionales en curso, y con la mayoría de los datos de las casillas electorales indicando que Modi volverá al poder, aumenta la creencia en el País de que sólo se acelerará una agenda divisiva de “hindúes primero”.

En cuestión de unos meses tras la elección del 2014, turbas de linchamiento hindúes empezaron a matar a musulmanes y personas de castas más bajas sospechosos de matar a vacas, un animal sagrado en el hinduismo. Comenzó a proliferar el discurso de odio. Organismos gubernamentales empezaron a reescribir los libros de historia, eliminando secciones sobre gobernantes musulmanes.

El consenso entre los activistas indios es que su sociedad bajo Modi se ha vuelto más dividida entre hindúes y musulmanes, castas altas y bajas, hombres y mujeres.
Aunque la población de India es 80 por ciento hindú, los padres fundadores del país moderno se resistieron a establecer un Estado religioso. Pero la popularidad de Modi plantea preguntas de cuánto durará esto. Muchos indios de diferentes creencias políticas se han hartado a tal grado de la corrupción del partido de oposición líder, el Congreso Nacional Indio, que han optado por apoyar a Modi.

Sus partidarios afirman que el Primer Ministro y sus aliados simplemente están restaurando el hinduismo a su lugar legítimo al centro de la sociedad india. Muchos hindúes de las castas medias y altas guardan resentimiento contra las políticas de acción afirmativa de mucho tiempo para ayudar a las castas más bajas y las leyes especiales que permiten que los musulmanes de India sigan las tradiciones islámicas cuando se trata de asuntos legales familiares.

La minoría musulmana de India —alrededor del 15 por ciento de la población— sufrió un revés en las elecciones del 2014. Su presencia parlamentaria cayó a sólo 22 escaños, o apenas un 4 por ciento del total disponible, su representación más baja en cinco décadas.

Empezaron a aparecer grupos errantes de autoproclamados protectores de vacas. Sus blancos eran musulmanes o carniceros y comerciantes de ganado de castas más bajas, y docenas murieron golpeados. Miembros de alto rango del partido han acudido en la defensa de personas acusadas de ataques. En la gran mayoría de los casos, los sospechosos se libraron de castigo.

Los izquierdistas y defensores de los derechos humanos se están movilizando, en el poco tiempo que queda, para oponerse a Modi. Un grupo de actores y cineastas prominentes enviaron recientemente una carta abierta exhortando a la gente a votar contra el BJP, acusándolo de tratar de dividir el País.

Los analistas aseguran que los medios noticiosos indios han sido presionados por funcionarios para evitar ciertos temas. En julio del 2017, The Hindustan Times, uno de los periódicos en inglés más grandes de India, lanzó su campaña Hate Tracker (Rastreador de Odio), una base de datos de actos de violencia basados en la religión, las castas u otras categorías. En cuestión de tres meses, la campaña terminó sin explicación. Alrededor del mismo tiempo, el editor de mayor rango del periódico fue obligado a dimitir.

“Entre más tiempo están en el poder, mayor es la destrucción de nuestras instituciones”, afirmó Aditya Mukherjee, un historiador jubilado. “El daño hecho no es de corto plazo; es de muy largo plazo”.

The New York Times