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Por Mustafa Akyol

En un momento en que el lugar del Islam en el mundo moderno es motivo de discordia global, Brunei, una pequeña monarquía en el Sureste de Asia, ha ofrecido su propia interpretación. El 3 de abril, la nación predominantemente musulmana comenzó a adherirse a un nuevo código penal con severos castigos corporales. De acuerdo con ello, los hombres gays o adúlteros pueden morir apedreados y las lesbianas pueden ser flageladas. Los ladrones perderán primero la mano derecha y luego el pie izquierdo.

De forma comprensible, esta noticia generó protestas de la ONU, organizaciones de derechos humanos y celebridades como George Clooney. A cambio, el Gobierno de Brunei desestimó todas las críticas, al recordarle al mundo que el País es “soberano” y que “al igual que todos los demás países independientes, hace cumplir su propio Estado de derecho”.
Como musulmán, primero debería decirle a mis correligionarios en Brunei que su argumento no es muy bueno. Por supuesto que todos los países pueden hacer cumplir sus propias leyes, pero el contenido de esas leyes no es inmune a las críticas cuando viola los derechos humanos.

Sin embargo, el verdadero problema no es Brunei. Es su ley islámica, o sharia, el código penal del cual se aplica la ley no sólo en Brunei sino también en aproximadamente una docena de otras naciones, como Arabia Saudita, Irán y Sudán. Incluye castigos corporales brutales que conmocionan al resto del mundo. También criminaliza actos que de ningún modo deberían ser delitos —como el sexo consensual, la pérdida de la fe en el Islam (“apostasía”) y el derecho a criticarlo (“blasfemia”).

Los musulmanes que insisten en seguir resucitando estas medidas siguen una lógica simple: la sharia es la ley de Dios y hacerla cumplir es un deber religioso. Pero su ciega interpretación literal es equivocada por tres razones.

En primer lugar, los castigos corporales en el Corán —la amputación de extremidades y la flagelación— puede que simplemente estén relacionados con el contexto del Corán. En la Arabia del siglo 7, donde vivió el Profeta Mahoma, no había prisiones en las cuales encarcelar y alimentar gente durante mucho tiempo. Por la misma razón, los castigos corporales —mucho más baratos y fáciles que el encarcelamiento— fueron la norma universal hasta hace algunos siglos.

En segundo lugar, gran parte de la sharia en realidad fue hecha por el hombre. Académicos islámicos expandieron la jurisprudencia con base en reportes debatibles sobre palabras y actos del Profeta, así como las normas de su época. Es así como la blasfemia, la apostasía y la embriaguez, ninguna de las cuales se penalizan en el Corán, se convirtieron en crímenes.

En tercer lugar, la jurisprudencia islámica fue desarrollada sólo para los musulmanes, mientras que cristianos y judíos tenían sus propias leyes. Pero todos los Estados-nación modernos, entre ellos Brunei, son centralizados así como diversos. Así que imponer la sharia como ley nacional irá contra los derechos de las minorías, además de musulmanes no ortodoxos.

Dudo que las autoridades conservadoras en Brunei tengan mucho estómago para escuchar todos esos argumentos. Así que permítanme apelar a que verifiquen una autoridad a la que no pueden desestimar tan fácilmente: el Imperio Otomano, la última superpotencia islámica del mundo y última sede del Califato Sunita.

Los otomanos, que seguían la flexible escuela hanafí de jurisprudencia, fueron pragmáticos sobre la ley desde un principio. Decretos emitidos por sultanes introdujeron multas o condenas en prisión en lugar de castigos corporales, lo que hizo que esto último fuera prácticamente obsoleto.

Además, a mediados del siglo 19, los otomanos iniciaron una importante era de reforma (Tanzimat), que incluyó el Código Penal Imperial Otomano de 1858. La ley de inspiración francesa fue diseñada para ser válida para todos los ciudadanos otomanos, sin importar su religión, y permaneció en vigor hasta el fin del Imperio con algunas modificaciones.

Vale la pena dar un vistazo a la sección del código penal sobre delitos sexuales, dado que es mucho más liberal que las leyes que Brunei acaba de empezar a implementar 161 años después.

De acuerdo con el Articulo 200, por ejemplo, “un acto abominable” con “una joven que no ha estado casada todavía con un hombre” era una transgresión —-pero sólo cuando se hacía “por la fuerza”. En otras palabras, el sexo premarital de mutuo acuerdo no era un crimen.

El sexo extramarital, o adulterio, era un delito bajo el Artículo 201 —pero que era castigado con una condena en prisión de “tres meses a dos años”, no con morir apedreado.
¿Y la homosexualidad? El código penal otomano no decía nada al respecto. John Bucknill y Haig Utidjian, quienes tradujeron la ley al inglés en 1913, señalaron, “se observará que a menos de que se cometa a la fuerza” o en contra de un menor de edad, “la sodomía no es un delito bajo el Código Penal Otomano”.

Mientras los otomanos reinaron, pudieron realizar estas reformas debido a que aunque permanecían fieles al Islam, también entendían que liderar un imperio requiere flexibilidad, pragmatismo y tolerancia. Por desgracia, tras su catastrófica caída en la Primera Guerra Mundial, el Medio Oriente musulmán fue dominado por colonizadores europeos y laicistas autoritarios lo que, a su vez, fue recibido con una reacción negativa de islamistas autoritarios cuya venganza incluyó un resurgimiento de la forma más rígida de la religión.

La pasión por restablecer la sharia, en su forma más literal y arcaica, está al meollo de ese resurgimiento islamista, que ahora parece avanzar en Brunei. En su contra, nosotros, los musulmanes más liberales, a menudo nos referimos a los valores universales y teologías más racionales en el Islam. También podemos hacer referencia al último califato real en el planeta, que era mucho más refinado que los fanáticos que surgieron en su ausencia.

 The New York Times