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Por Jospeh Goldstein

Agentes de seguridad persiguieron y golpearon al manifestante prodemocrático.

“¿Quién eres?”, recordó Ahmed Sanhouri, el manifestante, que los agentes exigían saber. No llevaba identificación ni teléfono celular, e insistió en que era un jornalero.

Es doctor, pero eso es algo que ha sido peligroso admitir en Sudán en meses recientes. Los médicos han sido instrumentales para organizar las masivas protestas que depusieron hace poco a Omar Hassan al-Bashir, su líder autócrata durante mucho tiempo, y fomentaron un poderoso, aunque incierto, movimiento en pro de la democracia.

“Los doctores tuvieron un gran papel, y todavía tienen un gran papel, en esta revolución”, dijo Mohamed Nagy al-Asam, de 28 años, líder de la Asociación de Profesionales Sudaneses, una alianza semisecreta de médicos, abogados, periodistas, ingenieros y maestros.

En Sudán, donde el Gobierno y sus milicias aliadas habían cometido atrocidades por todo el sur y el oeste del País durante décadas, doctores y la Asociación de Profesionales Sudaneses ayudaron a transformar lo que comenzó como protestas por los precios del pan en un movimiento coherente. Al-Bashir ha sido depuesto, pero los manifestantes todavía tienen que lidiar con la junta de Generales que rápidamente se declaró a cargo.

El régimen de Al-Bashir veía a los doctores con sospecha desde 1989, cuando un golpe de Estado lo llevó al poder. Parte de la primera resistencia organizada fue liderada por médicos.

En medio del amiguismo y la represión del Gobierno de Al-Bashir, muchos médicos sudaneses abandonaron el País. Algunos que se quedaron se alinearon con el régimen, pero el deterioro en las condiciones fomentó el descontento y llevó a muchos a expresarse. Otros grupos profesionales hacían lo mismo, y se unieron en la Asociación de Profesionales Sudaneses.

Durante las protestas actuales, los doctores establecieron clínicas y trataron heridas por arma de fuego, efectos del gas lacrimógeno y otras lesiones. Cuando los manifestantes resultaban muertos, los doctores trataban de asegurar que las heridas fatales fueran documentadas antes de que el Gobierno pudiera encubrir la causa de muerte. Tomaban fotografías de manifestantes heridos, copiaban historiales médicos y enviaban el material a organizadores de protestas para dejar la brutalidad al descubierto.

Pero esto convirtió a los doctores y centros médicos en blancos de las fuerzas de seguridad del Gobierno.

Cuando aceptó convertirse en el rostro del movimiento a principios de enero, dijo Al-Asam, sabía que sería arrestado. Fuerzas paramilitares lo localizaron y lo llevaron a Kober, la prisión principal del País.

Las manifestaciones fluctuaron antes lograr un avance el 6 de abril, cuando la Asociación de Profesionales Sudaneses hizo un llamado para una marcha en los cuarteles del Ejército.

Ese día, en lugar de dispersar a los manifestantes, los soldados permitieron que realizaran un enorme plantón frente a la puerta. Al-Asam podía escuchar lo que coreaban desde Kober.
Cinco días después, Al-Bashir fue destituido en un golpe perpetrado por oficiales del Ejército que parecían actuar en respuesta a las manifestaciones. Se le dijo a Al-Asam que podía irse. Se cambió de ropa y se cortó el cabello.

Entonces, regresó a la multitud de manifestantes reunidos afuera de los cuarteles del Ejército.

The New York Times