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Por David Zucchino y Fatima Faizi

KABUL, Afganistán — Las sandalias de un hermano. Una bandera de Afganistán. El juguete favorito de una hija.
Estos son algunos de los remanentes de vidas perdidas por la violencia.

Las pertenencias, reunidas en arcones de madera hechos a mano, se exhiben en el sótano de una casa en Kabul. Son las pertenencias de los muertos, preservadas por familiares de afganos asesinados en los últimos 40 años de conflicto.

Una exposición de estos objetos cotidianos busca conmemorar a una fracción de los cientos de miles de civiles que han muerto de forma violenta desde 1979 en Afganistán. Cada caja incluye una narración compuesta por seres queridos acerca de la vida perdida.

“Queremos que la historia sea escrita por las propias víctimas”, dijo Hadi Marifat, director del Centro para la Memoria y el Diálogo de Afganistán, sede de la exposición.

Con frecuencia todo mundo olvida a los muertos civiles afganos, menos sus familiares, incluso al tiempo que los combatientes son idolatrados en carteles y pósteres.

Una de las 36 cajas pertenece a Kabal Shah, cuyo hermano fue asesinado por un terrorista suicida en el 2016. El chofer de la ambulancia que entregó el cuerpo a Shah le pidió los tenis nuevos que el hombre muerto llevaba ese día.

Shah accedió. Lamentó esa decisión cuando se le pidió que construyera una caja conmemorativa. Pero había guardado las sandalias favoritas de su hermano.

“Quería asegurarme de que se preserve el recuerdo de mi hermano”, dijo Shah. “Quiero que la gente vea lo que le pasó a mi País —a quién hemos perdido y lo doloroso que es”.

Otra caja contenía una carta contrabandeada desde la cárcel en 1979 dentro de un tubo de pasta dental vacío, escrita en letra diminuta: “Todavía estoy vivo”. El prisionero que la escribió, Dawood Sharif, fue ejecutado un mes después.

Un peinador rosa de juguete de una niña de 8 años, Saima, estaba en otra caja. Ella murió a causa de un terrorista suicida en Kabul en el 2015.

Arriba de los objetos hay fotografías de los muertos. Una cronología en las paredes relata cuatro eras de violencia, desde la invasión soviética en 1979, pasando por las guerras civiles que le siguieron, hasta la guerra de la coalición contra los talibanes, que lleva 18 años.

En la cronología aparecen los nombres de 8 mil 450 personas, una fracción del total de víctimas de la violencia durante 40 años. Tan sólo en la última década han muerto 32 mil civiles, de acuerdo con las Naciones Unidas.

Las víctimas anónimas también son recordadas. Un mapa de Afganistán hecho de barro y arcilla está salpicado de alfileres que representan 19 fosas comunes confirmadas.

También hay una torre de túnicas, bufandas, zapatos y mochilas quemados, residuos de ataques con bombas dirigidos indiscriminadamente a civiles.
“Todavía se puede oler la sangre seca”, dijo Fatima Alavy, quien trabaja en el centro.

The New York Times