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Por Declan Walsh

MASSANE, Mozambique — Cuando el agua les llegó a los pies, la familia se trepó apresuradamente a un árbol de mangos. Augusto Brás subió a dos de sus hijos hasta las ramas más altas, mientras que su esposa, Amélia Augusto, se balanceaba sobre una rama inferior. Se aferraron al árbol durante tres días, mientras el ciclón rugía a su alrededor.

Cuando el nivel del agua subió por el tronco del árbol, deteniéndose a unos 2 metros de altura, oraron. Un helicóptero de rescate sobrevoló en el tercer día y lanzó una caja de panecillos.

Brás saltó al agua para tomarlos. Augusto lloraba: el hijo de la pareja, Francisco, de 8 años, había sido arrastrado por el torrente cuando huían de su hogar.

Había poco tiempo para llorarlo mientras la familia, de vuelta en casa tres semanas después, luchaba para mantener el hambre a raya. Alrededor del montón de ladrillos que alguna vez fue su hogar, se extendían campos de cultivo, su principal fuente de alimento, devastados.

“Tenemos que juntar lo que está echado a perder”, dijo Brás, sosteniendo un puñado de plantas de maíz empapadas que había encontrado en un campo cercano. “Esto es todo lo que tenemos, por ahora”.

El ciclón tropical conocido como Idai, que arrasó con el sur de África en marzo, asoló uno de los rincones más pobres del mundo. En Mozambique, destruyó 110 mil hogares e inundó tierras de cultivo.

La cifra oficial es de 603 muertos, pero los funcionarios sospechan que muchos más fueron arrastrados al mar. El ciclón acabó con la principal fuente de comida en un País donde casi la mitad de la población ya vivía por debajo del umbral de pobreza.

Casi 7 mil 800 kilómetros cuadrados de tierras de labranza quedaron destruidas. La gente necesita ayuda continua durante otro año tan sólo para sobrevivir.

Una extensa campaña internacional de ayuda humanitaria ha entrado en acción. Ese esfuerzo—hospitales móviles transportados por bote, comida lanzada desde aviones y 800 mil personas vacunadas contra el cólera— ayudó a evitar lo peor.

No obstante, el ciclón Idai le costó a Mozambique hasta 773 millones de dólares en pérdidas económicas directas, según estimaciones del Banco Mundial. La campaña de recaudación de fondos coordinada por la ONU para cubrir la emergencia inicial era por sólo 282 millones de dólares. Al 20 de abril, apenas se habían recaudado 74 millones de dólares.

Vientos de hasta 170 kilómetros por hora destruyeron graneros y arrancaron techos de lámina de barriadas en Beira, un puerto importante. Al menos 61 personas murieron.

Había transcurrido más de un siglo desde que la cuenca suroeste del Océano Índico había visto un ciclón tropical tan letal como Idai, que tocó tierra en Mozambique el 14 de marzo antes de azotar partes de Zimbabue y Malawi, donde cobró 400 vidas.

En Buzi, un pueblo junto al río 25 kilómetros tierra adentro de Beira, los residentes se refugiaron en azoteas al subir el nivel del agua.

Un día después de que fue reabierta la carretera principal, a mediados de abril, hombres descargaban costales de ayuda humanitaria en un muelle pequeño. Había retrocedido el agua del pueblo, dejando una estela de destrucción. Un hombre que sostenía un altavoz exhortó a los residentes a que “¡vayan a vacunarse!” contra el cólera.

El siguiente día, Amélia Augusto llegó a Buzi. Había dejado atrás a su familia y el árbol de mango, y caminó dos horas por terracería y campos inundados, pidiendo aventón en una canoa donde el agua era demasiado profunda.

Llevaba a una vecina, Ester Carama, a buscar ayuda. La hija de dos años de Carama, Laucina, había enfermado de diarrea y vomitaba —síntomas que posiblemente indicaban cólera. En cuestión de días, Mozambique pasó de unas cuantas infecciones de cólera a más de 3 mil.

Las mujeres fueron remitidas a una clínica improvisada operada por Médicos Sin Fronteras. Laucina no parecía tener cólera, explicó un doctor —sólo necesitaba una buena comida.
Por ahora, no escasea la ayuda en Buzi. La operación ha atraído a una amplia variedad de rescatistas —médicos cubanos, bomberos brasileños y Marines estadounidenses— así como la ayuda acostumbrada de las agencias internacionales.

Unos pescadores hallaron el cuerpo de Francisco a varios kilómetros de donde había desaparecido. La familia lo sepultó por ahora en el patio trasero de una casa abandonada. El cementerio local estaba demasiado inundado.

The New York Times