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Por Thomas Gibbons-Neff

PADAS, Filipinas — Aunque no se trata de una bomba explosiva ni de un vehículo blindado, una bomba de agua alargada al borde de un remoto camino de terracería tiene la intención de ser una clara señal de los esfuerzos de Estados Unidos por detener la propagación del Estado Islámico.

Ha tomado dos meses, un equipo de asuntos civiles de Operaciones Especiales de EU, tres organizaciones sin fines de lucro y un pelotón completo del Ejército filipino llevar la bomba a Padas, una aldea de unos 3 mil habitantes en la cadena de islas de Mindanao.

El agua de la bomba ayudará a los agricultores a desarrollar confianza en el Gobierno y, a su vez, debilitar la influencia de los milicianos.

“Lo que sea que nos dé la comunidad internacional, lo aceptaremos”, dijo Macaraya Ampuan, un líder influyente en la aldea. “Pero lo primero que se debe abordar es la seguridad. Eliminar a ISIS para que nuestro sustento pueda ser estable”.

Hace años, el Departamento de Defensa de Estados Unidos identificó a Filipinas como un lugar donde podría crecer el Estado Islámico.

El enfoque en Padas fue avivado por inquietudes respecto a una reacción negativa entre los residentes locales, y una posible reorganización de insurgentes tras una batalla por una ciudad cercana, Marawi, en el 2017.

Lo que quedó de la filial del Estado Islámico huyó al sur y a otras islas, y empezó a reconstruir y reclutar cerca de aldeas como Padas.

El Ejército estadounidense ha desplegado unas 250 tropas al sur de Filipinas. Son parte de una campaña contraterrorista que ha existido desde el 2002.

Al frente del esfuerzo está la bomba de agua de 58 mil dólares en Padas. El proyecto para traerla a la aldea fue iniciado por la Capitana Angela Smith, líder del equipo de asuntos civiles, luego de que los residentes le contaron del recorrido de 3 kilómetros que hacían para ir por agua. La máquina y los paneles solares con los que opera fueron donados por dos organizaciones sin fines de lucro.

El equipo de Smith, cuyos soldados usan ropa de civil, es el más reciente en adoptar la estrategia contrainsurgente de granjearse a las poblaciones locales.

En la región de los lagos entre Marawi y Padas, “la gente desplazada internamente y sus comunidades son vulnerables al reclutamiento e influencia violentos de extremistas”, dijo Smith vía correo electrónico. “Nuestra meta es trabajar con nuestros socios filipinos para facilitar la asistencia en las zonas más necesitadas”.

Los funcionarios afirman que es una empresa arriesgada garantizar que el grupo extremista no recobre la fuerza que reunió antes del sitio de Marawi. Pero en Padas, EU está luchando tanto con la situación económica como con una ideología insidiosa.

Salarios tan bajos como 6 dólares diarios son la compensación del mercado para trabajadores de la construcción no capacitados en la región, señaló Alikman Niaga, quien opera una compañía contratista.

Los residentes pueden percibir el triple de esa cantidad al incorporarse a grupos que han jurado lealtad al Estado Islámico.

En el 2017, el liderazgo de ISIS en Medio Oriente canalizó decenas de miles de dólares a sus homólogos filipinos para reclutar combatientes y apoderarse de territorio.

Ampuan teme que haya combatientes del Estado Islámico que han sido reclutados, pero que aún no se han rendido o no han sido abatidos.

Aunque los musulmanes en el sur de Filipinas han obtenido mayor autonomía, Ampuan dijo que los funcionarios aún no le han dado a la gente de Padas la autoridad necesaria para evitar que el Estado Islámico infiltre la aldea.

En medio están los soldados y los empleados estadounidenses de Impl. Project, un grupo sin fines de lucro que trabaja en pro de la estabilización en zonas de conflicto. Están trabajando para instalar la bomba de agua de 15 litros por minuto y formar un consejo para administrarla.

Para que funcione la bomba de agua, el Ejército filipino debe brindar seguridad suficiente para proteger a la gente que necesita aprender a mantenerla operando.

 The New York Times