•  |
  •  |

Por Choe Sang-Hun

CONDADO DE GANGJIN, Corea del Sur — Todas las mañanas cuando va a la escuela, Hwang Wol-geum, alumna de primero de primaria, viaja en el autobús con tres miembros de su familia: uno está en kínder, otro en tercero de primaria y el otro en quinto. Hwang tiene 70 años —y sus compañeros de clases son sus nietos.

Recuerda haber llorado al ver que sus amigas iban a la escuela, hace seis décadas. Mientras otros aprendían a leer, ella se quedaba en casa, para cuidar cerdos y a sus hermanos menores.

Más tarde crió seis hijos propios y los mandó a todos a la escuela. No obstante, siempre le dolió que ella no pudiera hacer lo que hacían otras madres. “Escribirles cartas a mis hijos, eso es con lo que más soñaba”, dijo Hwang. Este año, llegó ayuda de forma inesperada.

La tasa de natalidad de Corea del Sur se ha desplomado en décadas recientes, al caer a menos de un hijo por mujer el año pasado. Los condados rurales son los más afectados, donde los bebés se han vuelto poco comunes al tiempo que las parejas emigran en masa a las grandes ciudades en busca de empleos mejor pagados.

La Primaria Daegu, en el distrito de Hwang, había visto mermar su número de alumnos. Cuando Chae Kyong-deok, de 42 años, el hijo menor de Hwang, asistía en los 80, había 90 alumnos en cada año escolar. Ahora, sólo tiene 22 estudiantes en total.

Este año, la calamidad golpeó al distrito. “Recorrimos poblados en busca de un sólo niño para inscribir en primer año”, dijo la directora, Lee Ju-young. “No encontramos ninguno”.

Así que, desesperados por salvar la escuela de 96 años, a Lee y otros residentes locales se les ocurrió una idea: inscribir a habitantes de más edad que quisieran aprender a leer y escribir. Hwang y otras siete mujeres, cuyas edades van de los 56 a los 80 años, dieron un paso al frente.

Para la gente más joven que quiere quedarse en el área, el futuro de su poblado dependía de mantener viva la escuela. “¿Quién establecería una familia aquí si no hubiera escuela?”, preguntó Noh Soon-ah, de 40 años, cuyo esposo —uno de los hijos de Hwang— dejó su trabajo en una gran ciudad e instaló a su familia aquí hace cinco años para hacerse cargo del negocio agrícola de sus padres.

Hwang comenzó a asistir a clases en marzo. Al igual que muchos alumnos de primer año en su primer día de escuela, lloró. Pero eran lágrimas de felicidad.

En el salón de primero, Hwang y otras dos abuelas coreaban las 14 consonantes y 10 vocales del alfabeto coreano al tiempo que su maestra, Jo Yoon-jeong, de 24 años, las escribía una por una en el pizarrón blanco. Lápices en la mano, tomaron dictado de palabras como “tía”, “pescador” y “mapache”, con su caligrafía lenta y chueca.

“Están ávidas por aprender”, dijo Jo. “Son probablemente las únicas estudiantes que piden más tarea”.

 The New York Times