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Por Ernesto Londoño y Santi Carneri

ASUNCIÓN, Paraguay — María Esther Roa estaba furiosa.

Una vez más, un poderoso legislador se había librado de castigo por sus acciones indebidas. Pero parada afuera del Congreso en Asunción a principios de agosto, Roa tramó un plan poco convencional para hacer rendir cuentas de alguna manera a los poderosos.

Su plan involucraba ollas, sartenes, docenas de huevos y mucho papel higiénico, e inspiraría a una cruzada ciudadana contra la corrupción en esta pequeña nación sudamericana.

Mientras otros países latinoamericanos abordaron la corrupción de empresas y políticos poderosos en los últimos años, a menudo como respuesta a la indignación popular, las débiles instituciones de Paraguay y su fallido sistema de justicia habían dejado rezagado al País.

Pero Roa, una abogada penal, y un grupo de organizadores, en su mayoría mujeres, decidieron tratar de cambiar eso al convertir la humillación pública en una herramienta que consideran mucho más efectiva que las acusaciones penales.

Su primer objetivo: el Senador José María Ibáñez, que el 1 de agosto sobrevivió un juicio político para removerlo de su cargo pese a admitir haber usado fondos públicos para pagar los salarios de tres empleados en su residencia en el campo.

La noche posterior a la votación, Roa y algunos conocidos se reunieron afuera del hogar de Ibáñez para exigir su renuncia.

“¡Fuera Ibáñez!”, gritaban, golpeando sus ollas y sartenes. Pronto, el hogar del congresista estaba cubierto de papel higiénico y goteaba de los huevos crudos lanzados por los manifestantes.

“Límpiense”, dijo Roa, describiendo el simbolismo del papel higiénico. En cuanto a los huevos: “El olor es nauseabundo, así que el recuerdo de la protesta permanece durante días”.
Lo que ocurrió después dejó impactada a Roa: Ibáñez renunció.

Fue el primero de tres prominentes Senadores que abandonaron su cargo tras ser perseguidos por acusaciones de corrupción. Los fiscales en Paraguay presentaron cargos penales contra otros cinco funcionarios blancos de los manifestantes anticorrupción y han iniciado investigaciones sobre varios más.

Los políticos que han sido convertidos en blanco califican a las protestas ruidosas y emocionalmente cargadas afuera de las casas —conocidas como escraches— como una tendencia peligrosa que ha arruinado carreras y reputaciones sin seguir el debido proceso.

“Esta forma de violencia social que pisotea los derechos individuales y colectivos es muy similar a los linchamientos públicos de siglos pasados”, dijo Ibáñez.
No obstante, las protestas se han extendido por todo el País.

Durante los últimos meses, los manifestantes han puesto los reflectores en veintenas de funcionarios, convirtiendo en blancos a gobernadores, legisladores federales y funcionarios de provincias sospechosos de haber cometido ilícitos.

“No podemos evitar que una persona sea corrupta”, explicó Roa meses después de la primera protesta. “Lo que no podemos aceptar es este grado de impunidad”.

A medida que los videos de las protestas se divulgaban en línea, se comenzó a negar el acceso a los restaurantes caros a los políticos blancos del movimiento. Sus esposas ya no fueron bienvenidas en sus salones de belleza habituales.

Los detractores de las protestas han señalado que pueden volverse violentas. En algunos casos, los manifestantes han dañado propiedades comerciales y se han involucrado en altercados físicos. En otros, los organizadores han sido atacados, que ha dado mucho qué pensar a Roa y otros.

Roa reconoció que un movimiento que tenía el objetivo de ser inspirador y educacional ha desarrollado aristas rebeldes, y dijo que espera que eso no se convierta en una herramienta permanente en la lucha contra la corrupción.

“Algunos escraches se han vuelto muy violentos”, dijo. “Eso me preocupa”.

Pero Roa dijo que tiene la intención de continuar con las protestas.

 The New York Times