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Por Adam Nossiter

PARÍS — El Gobierno francés inició una campaña esta primavera advirtiendo de los peligros de beber en exceso. Cuando se trata de vino y otras bebidas alcohólicas, afirmó, “por su salud, son máximo dos copas al día, y no todos los días”.

¿La respuesta de Francia? Un silencio ensordecedor. Los medios franceses prácticamente no se tomaron la molestia de reaccionar. Los productores en la industria vinatera de miles de millones de dólares se burlaron. Los cafés siguieron abarrotados de clientes.

¿Cómo podría ser de manera distinta en un País donde la relación con el vino es tan íntima? ¿Donde incluso la más humilde tiendita de la esquina seguramente tiene una botella decente de Bordeaux? ¿Donde la cena (e incluso la comida de mediodía) no es realmente una comida sin una botella en la mesa? ¿Donde hasta el Presidente, Emmanuel Macron, dijo, “yo bebo vino por las tardes, y por las noches”, en una importante feria agrícola el año pasado?

Varios productores vinateros reconocidos insistieron en que las reprimendas de la agencia estatal de salud pública, que ahora señala que una cuarta parte de los franceses rebasan el límite recomendado, no entienden el punto. Las bebidas embriagantes son la principal causa de muertes prevenibles en Francia, advirtió la dependencia.

El vino es lo contrario a la muerte, respondieron los productores. Tiene que ver con los tres elementos esenciales de la vida francesa: libertad, fraternidad y la búsqueda del placer.
“Mira, estamos de acuerdo con el aspecto de la moderación, pero por otro lado, siempre sentimos que se están metiendo con el vino”, dijo Maurin Bérenger, un productor de vino de Cahors. “Incluso el limitarlo es una restricción a la libertad”.

En los últimos 50 años, el consumo de vino francés ha disminuido en alrededor de un 50 por ciento, de acuerdo con Vin et Société, un consorcio de actores de la industria vinatera.
La vieja cultura del trabajador acercándose a la barra en el café local a las 10 de la mañana para su pequeña copa de vino rojo, o “petit rouge”, es mucho menos prevalente.

Sin embargo, un eslogan publicitario de pre guerra aún captura el espíritu del lugar que ocupa el vino: “el vino es el alimento sagrado que aviva el fuego del alma francesa”.

Véronique Desfontaine, quien produce un vino de Borgoña, quedó perpleja por la declaración de la agencia de salud. Destacó que la mayoría del consumo de vino en Francia se realiza en torno a la mesa durante la cena.

“Consumir vino en la mesa, éste es el modelo cultural específico de Francia”, aseveró Krystel Lepresle, delegada general de la Vin et Société. “Es un objeto cultural”.

Ella y Desfontaine fueron demasiado corteses para decirlo, pero la cultura anglosajona de beber para embriagarse está mucho menos presente en la vida francesa.

“El Gobierno dice, ‘no beban’. Pero estamos hablando de otra categoría de gente aquí”, manifestó Lepresle, segura de que “quienes aprecian los vinos de calidad no se verán afectados por esta publicidad”.

 The New York Times