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Este artículo fue escrito por Motoko Rich, Hisako Ueno y Makiko Inoue.

TOKIO — Durante la breve ceremonia en la que el nuevo Emperador de Japón, Naruhito, de 59 años, ascendió al trono el 1 de mayo, estuvo flanqueado por sólo dos personas: su hermano menor, el Príncipe Akishino, de 53 años, y su tío, el Príncipe Hitachi, de 83 años.

Así como la población nipona está disminuyendo y envejeciendo, igual sucede con la línea masculina de sucesión de la familia real. Además del hermano y el tío del Emperador, sólo existe otro heredero elegible: el Príncipe Hisahito, el sobrino del Emperador, de 12 años.

Tras la ceremonia de ascensión, el nuevo Emperador dio un breve discurso ante un grupo de políticos, jueces, líderes de Prefecturas y sus cónyuges.
Esta vez, Naruhito estuvo flanqueado por 13 miembros de la familia, 11 de ellos mujeres.

Bajo la ley actual, las mujeres no tienen permitido ascender al trono, y las mujeres nacidas en el seno de la familia real deben renunciar a sus títulos imperiales y dejar oficialmente la familia una vez que contraen matrimonio. Sus hijos —incluso los varones— no pueden suceder al trono.

El Emperador Naruhito y su esposa, Masako, tienen una hija, la Princesa Aiko, de 17 años. Tras su nacimiento, el Gobierno consideró cambiar la ley para permitir que las mujeres fueran integradas a la línea de sucesión.

Sin embargo, una vez que nació el Príncipe Hisahito, ese debate fue pospuesto.

Las reglas que prohíben que las mujeres encabecen líneas de sucesión apenas se remontan al siglo 19.

Y en el curso de las 126 generaciones de emperadores registrados en Japón, ocho mujeres gobernaron cuando no hubo varones adultos elegibles en ese entonces.
Cualquier cambio a la ley imperial debe ser aprobado por el Parlamento. Los conservadores se oponen a las propuestas de admitir mujeres a la línea de sucesión, citando tradición y legitimidad de sangre pura.

Si se admitieran mujeres como emperatrices, “la familia imperial sería igual a cualquier otra familia ordinaria”, afirmó Hidetsugu Yagi, catedrático de Derecho y Filosofía en la Universidad Reitaku, en la Prefectura de Chiba. “Con el tiempo, llegaría a su fin el sistema imperial”, dijo.

No obstante, los que se resisten al cambio podrían ceder ante la realidad, afirmó Kenneth J. Ruoff, historiador y especialista en el Japón Imperial, en la Universidad Estatal de Portland, en Oregon.

Aunque cualquier revisión de las reglas imperiales podría tomar tiempo, algunos analistas se preguntaban si la nueva Emperatriz podría ser un modelo a seguir para las mujeres en la sociedad.

Poco después de su matrimonio, Masako, una ex diplomática, impresionó a los observadores cuando se sentó entre el entonces Presidente de EU Bill Clinton y el líder ruso, Boris N.

Yeltsin, en una cena de Estado y conversó de manera relajada con ambos en sus propios idiomas.

Fuera del Palacio Imperial tras el ritual de ascensión, simpatizantes se reunieron con la esperanza de poder ver al nuevo Emperador. Algunos expresaron su deseo de que la familia imperial cambiara la manera en que trata a las mujeres.

“Me pregunto, ¿qué tiene de malo una Emperatriz?”, dijo Yukiko Minegishi, de 41 años, quien había ido al palacio con su madre.
“Esas prácticas necesitan cambiar en la era moderna”, aseguró. “Hombres y mujeres deberían ser tratados igual”.

 The New York Times