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David Segal

AKÇAKALE, Turquía — Al igual que miles de refugiados sirios, Shakar Rudani trabajó el verano pasado en la región del Mar Negro de Turquía, hogar de la concentración más grande de granjas de avellanas del mundo. Rudani llegó en agosto, con la esperanza de que junto con sus seis hijos, de edades entre los 18 y los 24 años, pudieran ganar unos cuantos miles de dólares. Rudani se fue a finales de septiembre con poco más que un firme propósito: no regresar jamás.

Como el terreno está lleno de pendientes empinadas, sus hijos pasaron una buena parte del tiempo sujetos con cuerdas a las rocas como precaución contra una posible caída mortal. Aun peor, el salario era de 10 dólares diarios, la mitad de la cantidad prometida.

“Ganamos apenas lo suficiente para poder ir y volver”, comentó Rudani, de 57 años. “Además nuestros gastos básicos. Regresamos sin nada”.

Alrededor del 70 por ciento de todas las avellanas del mundo proviene de Turquía, un botín producido por unas 600 mil granjas diminutas en la costa norte del País.

Gran parte de la cosecha termina en golosinas como la crema Nutella producida por Ferrero, barras de chocolate de Nestlé y los chocolates Godiva que produce una empresa turca, Yildiz. Pocos consumidores saben que detrás de cada una de esas delicias se encuentra un cultivo que desde hace tiempo ha sido famoso por sus riesgos y penurias.

Ahora, una cantidad cada vez mayor de los trabajadores estacionales de avellanas son refugiados sirios. Pocos tienen permisos de trabajo, lo que significa que carecen de protecciones legales.

El Código Laboral de Turquía no tiene vigor en los negocios agrícolas con menos de 50 empleados, así que una buena parte de la labor de vigilancia en materia de este cultivo recae en las empresas de golosinas. Ferrero afirma que supervisa un esfuerzo para prohibir la mano de obra infantil y establecer estándares de salarios y seguridad. La empresa privada italiana —encabezada por Giovanni Ferrero, que tiene una fortuna reportada en 22.3 mil millones de dólares— es un imperio construido sobre avellanas. La empresa compra una tercera parte de la cosecha de Turquía.

Pero realizar un monitoreo integral de las granjas de avellanas de Turquía es una meta esquiva porque hay demasiadas de ellas y son independientes. Además, el salario mínimo, ofrecido por casi todos los productores, no sirve para mantener a una familia por encima de la línea de la pobreza del País. Y esto es antes del pago que se ve reducido por los intermediarios, que conectan a trabajadores con granjas y a menudo se embolsan más del 10 por ciento de los salarios, la cifra estándar.

Todo esto representa un dilema para las empresas de chocolates. Mientras otros países han intentado apuntalar su producción de avellana, Turquía sigue siendo la fuente principal y es imposible satisfacer la demanda internacional sin comprar mucho aquí.

“En seis años de monitoreo, nunca hemos encontrado una sola granja de avellanas en Turquía en la que se cumplan todas las normas laborales decentes”, señaló Richa Mittal, directora de innovación e investigación de la Asociación para el Trabajo Justo, que ha realizado trabajo de campo en la cosecha de avellana de Turquía. “En ninguna parte. Ninguna”.

‘Nunca te encontrarían’

Turquía se convirtió en la capital mundial de la avellana gracias a la suerte y a la intervención gubernamental. La región del Mar Negro tiene una mezcla ideal de terreno margoso, luz del sol y lluvia. Desde finales de la década de los 30, el Partido Republicano del Pueblo alentó a los agricultores para que plantaran árboles de avellanas, tanto para mejorar la economía local como para reducir los deslaves.

Hoy, las avellanas son uno de los cultivos que permiten que la agricultura aporte un 6 por ciento a la economía turca (naranja, té, algodón y tabaco, son algunos otros). Alrededor de una quinta parte de la fuerza laboral del País se encuentra en el sector agrícola, incluidos los trabajadores estacionales que acuden a diferentes regiones cuando inician las cosechas. Unos 200 mil son refugiados sirios.

Rudani fue agricultor en su país natal, donde cosechaba trigo y algodón en un terreno de 15 hectáreas. En enero del 2014, huyó de su hogar con su familia de 12 integrantes cuando empezaron a acecharlos los combatientes del Estado Islámico. La bandera negra del Estado Islámico ondearía en su pueblo durante los siguientes tres años. Un grupo de milicianos kurdos ahora lo tiene bajo control.

Akçakale, donde se instalaron, colinda con la frontera siria. “¿Ves la casa verde en lo alto de esa colina?”, preguntó Rudani, mientras apuntaba hacia un punto en la distancia. “Esa era mi casa”.

Como los otros 3.4 millones de refugiados sirios que han llegado a raudales a Turquía desde el 2011, Rudani y su familia cuentan con un estatus que suena endeble: “personas bajo protección temporal”. Este grupo recibe pocos permisos de trabajo, y el sector agrícola es uno de los pocos en los que éstos no se requieren.

Su primer encuentro con el cultivo de avellanas, en verano del 2017, fue un fiasco. Junto con sus hijos manejó al norte en un auto rentado al Mar Negro, un viaje de mil 300 kilómetros. Cuando Rudani se percató de lo peligroso de la labor, decidió que el dinero no valía la pena. Al día siguiente, él y sus hijos volvieron a casa en auto.

“No podía creer cómo eran las montañas”, recordó. “Daba la impresión de que, si te caías, nunca te encontrarían”.

El año siguiente, Rudani estaba más desesperado por ganar dinero, y un intermediario le dijo que la paga sería más alta.

“Le dijo a mi padre que ese año los productores iban a pagar entre 80 y 100 liras turcas al día”, dijo Muhammad Rudani, el hijo mayor de Rudani. “Pero cuando llegó mi padre, se dio cuenta de que todos los supervisores timaban a la gente. Uno de ellos le dijo a mi padre: ‘Te daremos 50 liras al día, eso es todo’”.
Rudani y sus hijos se quedaron.

La cosecha de las avellanas se divide en dos tareas: recolectar y transportar. Los recolectores toman el fruto seco y lo embolsan, mientras que los transportadores suben y bajan las bolsas, cada una de 50 kilos, por las montañas para luego colocarlas en camiones. Las jornadas son extenuantes, con frecuencia de 12 horas, 7 días a la semana.

Intermediarios no regulados

Los intermediarios multiplican las dificultades del trabajo agrícola. Conocidos como dayibasi, legalmente están obligados a tener educación primaria y un permiso. En la práctica, no están regulados ni tienen capacitación.

Entre cosechas, los dayibasi a menudo otorgan préstamos a los trabajadores, una situación que puede dar como resultado una forma de esclavitud. Lo más común, dicen los sirios, son las mentiras sobre los salarios, que se suelen entregar en un solo pago al final de la cosecha. Hasta entonces, los jornaleros sólo reciben lo suficiente para pagar comida y renta, y les dan “tarjetas de negocio” —en esencia, un pagaré— por cada día en el campo.

El sistema presuntamente está diseñado para garantizar lealtad, explicó Saniye Dedeoglu, profesora de Economía Laboral en la Universidad Mugla, en Turquía.

“Para crear un grupo de trabajo, se necesitan entre 15 y 20 personas y, si alguien está endeudado contigo, es poco probable que se vaya en busca de otro trabajo”, dijo. “Pero hemos visto muchas personas en el campo que han reunido una buena cantidad de tarjetas de negocio y los intermediarios simplemente se esfuman”.

Misterioso mapa de fuentes

Aunque en un buen año las avellanas de Turquía generan alrededor de 1.8 mil millones de dólares, las granjas tienen problemas de rentabilidad. El terreno accidentado prácticamente imposibilita la mecanización de la cosecha. Y cuando muere un productor, su tierra suele subdividirse entre sus hijos. Hoy el tamaño de una granja promedio es de apenas 1.6 hectáreas.

Sema Otkunc, de 70 años y dueña de una granja en Akcakoca, heredó de su padre un terreno de 1.6 hectáreas que sigue cultivando por un sentido de obligación familiar. “Los compradores dicen: ‘Te daré este precio’, y nadie puede hacer nada al respecto”.

Otkunc es una parte minúscula de un sistema elaborado que desconoce casi por completo. Otkunc es incapaz de identificar a ninguno de los involucrados, mas que a su comprador local. Las grandes empresas de dulces que se encuentran en la parte más alta de la cadena de suministro tienden a mantener su mapa de fuentes en secreto.

Ningún comprador es más hermético que Ferrero. No identificará ninguna de las granjas de donde compran sus proveedores.

Mittal, de la Asociación para el Trabajo Justo, dijo que Ferrero respondía las llamadas telefónicas de la organización y participaba en paneles de discusión sobre problemas laborales. Sólo no divulga dónde compra sus avellanas. El grupo tiene una mejor opinión de la cadena de suministro de Nestlé porque colaboró con un programa patrocinado por el Departamento del Trabajo de Estados Unidos.

Para los refugiados, la agricultura turca es tanto una fuente de sustento como una prueba continua.

 The New York Times