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Por Holland Cotter

Durante generaciones, la gente ha solido ver a los museos de arte como alternativas a la vulgar vida diaria. Al igual que las bibliotecas, son para aprender; al igual que las iglesias, son para la reflexión. Uno iba a ellos para una dosis de belleza y una lección en “valores eternos”, personificados en reliquias del pasado donadas por ángeles con conciencia cívica.

Lo más probable es que no supiera —y la mayoría de los museos no iba a revelarlo a nadie— que muchas de esas reliquias eran bienes robados. O que más de unos cuantos ángeles-donadores eran plutócratas que intentaban limpiar su efectivo con arte. O que los valores personificados en cosas hermosas a menudo eran aborrecibles.

Hoy la gente está más alerta a estas fallas éticas, como lo muestran varias protestas recientes contra museos, aunque hay una tendencia a confiar en que las instituciones culturales, museos y universidades entre ellas, básicamente tengan buen juicio.

En momentos de crisis política y confusión moral, la gente vuelve la mirada a ellas para justificar su confianza.

En décadas pasadas, los estadounidenses albergaron esperanzas de que las universidades adoptaran una postura recta hacia los males —guerra, racismo— que consumían al País.

Pero cuando quedó claro que las escuelas insignes estaban, de hecho, preprogramadas en la maquinaria que avivó el conflicto en Vietnam y perpetuó el apartheid global, la fe se hizo añicos y nunca se ha restablecido realmente.

En el presente, hay una guerra interna en EU contra el medio ambiente, los pobres, la diferencia y la verdad. Y al museo de arte le toca ser objeto de escrutinio.

Desde principios de marzo, un colectivo de activistas llamado Decolonize This Place ha llevado protestas semanales al Museo Whitney de Arte Estadounidense en la Ciudad de Nueva York.

Su exigencia inmediata es la salida de un miembro del consejo del museo, Warren B. Kanders, dueño de Safariland, una compañía que produce suministros militares, entre ellos una marca de gas lacrimógeno que presuntamente ha sido usada en la frontera México-Estados Unidos.

Otro grupo, Prescription Addiction Intervention Now, ha escenificado durante el último año eventos disruptivos en el Museo Metropolitano de Arte de Nueva York y el Museo Solomon R.

Guggenheim, ambos en la Ciudad de Nueva York. Protestan el que se hayan aceptado regalos de arte y dinero de ramas de la familia Sackler, mecenas de mucho tiempo que han sido identificados como productores del adictivo opioide OxyContin.

Por último, colecciones de arte existentes desde hace mucho en museos han sido sometidas a un escrutinio ético intensificado desde que Emmanuel Macron, el Presidente de Francia, propuso en el 2018 que objetos saqueados de África durante una era colonial anterior sean devueltos, bajo petición, a sus lugares de origen —un proyecto que podría aplicar a un amplio abanico de arte occidental y no occidental.

En resumen, en el espacio de apenas un año, los cimientos mismos de los museos —el dinero que los sostiene, el arte que los llena y los encargados de tomar decisiones que los dirigen— han sido puestos en tela de juicio.

Los museos son demasiado caros y poco rentables para ser fiscalmente autosostenibles. Lo que deja al dinero privado, con frecuencia corporativo, como apoyo, y la posibilidad de que ese dinero esté mancillado.

Se volvió fácil decidir qué hacer respecto al patrocinio Sackler después de que surgió evidencia de que ciertos miembros de la familia asociados con la producción de OxyContin habían sabido de sus propiedades adictivas, pero suprimieron la información.

Cuando se dio a conocer esta noticia, varios museos, entre ellos el Guggenheim, rápidamente rompieron lazos. (El Metropolitano, más cauteloso, dijo que “realiza un mayor análisis” de sus políticas). Mientras tanto, la Fundación Sackler impuso una suspensión temporal a la filantropía artística nueva.

En contraste, ha variado la reacción a la propuesta de Macron para restaurar arte robado de África, y no se ha llegado a un consenso sobre los pasos a tomar.

La administración del Whitney ha estado dando largas al tema de la salida de Kanders del consejo, aun cuando casi 100 miembros del personal del Whitney, y más de la mitad de los artistas en la Bienal del 2019 inaugurada el 17 de mayo, han firmado peticiones para exigirlo. Adam Weinberg, el director del Whitney, ha enviado una carta al personal que dice en esencia, “lo siento, necesitamos el dinero de Kander”.

No obstante, si uno acepta una posición en el consejo de un museo, y surge que su presencia es desaprobada por el personal y nociva para la reputación de la institución, ¿no es su deber hacerse a un lado?

En el clima político, con el nacionalismo y la violencia racista, étnica y xenofóbica en marea alta, la neutralidad no es una opción para instituciones que tienen imperativos éticos integrados en su ADN.

Necesitamos que estas instituciones sean entornos alternativos, donde las jerarquías de poder estandarizadas son disueltas y la verdad misma es entendida como una historia en constante desarrollo.

La cuestión de si Kanders se queda o se va podría ser menos importante que el debate y la protesta que ha generado su presencia, lo que debería llevar a más debates sobre ética institucional y más protestas. Creo que así será.

 The New York Times