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Por Hannah Beech

COLOMBO, Sri Lanka — Sri Lanka es una encantadora isla frente al subcontinente indio que durante siglos ha atraído a comerciantes y evangelistas en busca de especias y almas.

Pero también es una nación con heridas de guerra que popularizó el uso del chaleco de bombardero suicida, un lugar más compacto que los Balcanes aunque con más divisiones: étnicas, religiosas y de clase. Si bien es renombrada por su belleza, se ha vuelto igualmente definida por su odio.

Con la renuencia del Gobierno a abordar estas divisiones, todo episodio violento engendra el temor de que la Nación se fracturará en nuevas formas.

“Tenemos muchos choques de civilizaciones en una isla pequeña”, dijo Nirmal Ranjith Dewasiri, historiador de la Universidad de Colombo, acerca de la identidad nacional de Sri Lanka. “Es difícil saber cómo superar nuestra historia dividida”.

Sri Lanka tenía la intención de celebrar una década de paz este mes después de 26 años de guerra civil entre el Estado de mayoría cingalesa y un movimiento separatista tamil. Sin embargo, las esperanzas de celebrar esa calma se hicieron añicos el Domingo de Pascua cuando terroristas suicidas, reclamados por el Estado Islámico, atacaron iglesias cristianas y hoteles de lujo, causando la muerte de al menos 250 personas.

“Bueno, fue muy bonito para nosotros tener 10 años de relativa libertad y seguridad”, opinó M.A. Sumanthiran, destacado legislador y abogado de derechos humanos. “Ahora todo vuelve a la normalidad en Sri Lanka. Tenemos un nuevo enemigo, pero el mismo odio”.

Después de los bombazos del mes pasado, en los que se ignoraron repetidas advertencias de que los rebeldes planeaban ataques, algunos ceilandeses han pedido el regreso del Estado de seguridad que puso fin a la guerra en el 2009. Sin embargo, esa paz llegó a costa de la vida de hasta 40 mil tamiles, de acuerdo con las Naciones Unidas.

Unos días después de los ataques, Gotabaya Rajapaksa, el jefe de Defensa que encabezó ese mortal esfuerzo final contra los separatistas tamiles, anunció que se postularía a la Presidencia en las elecciones programadas para más adelante este año, con una agenda de “ponerse duros de nuevo”.

Sumanthiran, un tamil cristiano, se opone a más soldados y al regreso de una temida red de inteligencia militar.

“La mano dura del Estado de seguridad sembrará extremismo de toda índole”, indicó. “Nuestro problema es que, fundamentalmente, los derechos de las minorías, religiosos o étnicos, son tratados sin respeto y con fuerza por parte del Gobierno. Hasta que resolvamos esto, Sri Lanka estará manchada de sangre”.

No es nuevo que los lugares de culto sean el blanco de ataques. En 1998, separatistas tamiles atacaron uno de los sitios más sagrados del mundo, el templo en la parte central de Sri Lanka donde se conserva una reliquia que se cree que es un diente de Buda. El templo también fue blanco de extremistas comunistas en 1989.

Durante la guerra civil entre insurgentes de los Tigres de Liberación del Eelam Tamil y el Estado de mayoría cingalesa, el Ejército tuvo como blancos las iglesias cristianas y los templos hindúes donde los tamiles habían buscado refugio. Los Tigres Tamiles respondieron masacrando a docenas de monjes budistas. En 1990, mataron a más de 100 musulmanes que eran considerados colaboradores del Gobierno.

La población de Sri Lanka es más del 70 por ciento cingalesa; la mayoría es budista, una minoría es cristiana. Alrededor del 10 por ciento del País es tamil, principalmente hindú y cristiano. Los musulmanes conforman otro 10 por ciento y son considerados una etnia distinta, aunque muchos hablan tamil.

La Constitución otorga un estatus especial al budismo, que para muchos cingaleses es sinónimo de su etnia. Después de que los tamiles fueron derrotados, un movimiento nacionalista budista ganó la aceptación del Gobierno, y monjes extremistas se enfocaron en nuevos enemigos: los musulmanes y los cristianos.

 The New York Times