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Por Andrew Keh

SHUKHUTI, Georgia - Luka Torotadze, de 11 años, se encontraba de cuclillas junto a la tumba de su tío abuelo Bitchiko, mientras le quitaba el polvo a un inflado balón de cuero colocado junto a la lápida.

El balón, que alguna vez fue negro, pero ahora era color ceniza, ha estado ahí durante 15 años. Un paseo a través de cualquiera de los cementerios de este poblado revelaría varias docenas más de balones idénticos.

Era sábado y, cerca de ahí, Barbare, una prima de Luka, y sus hermanas ayudaban a su madre a limpiar la tumba de Vitaly, el padre de las chicas. Tenían la esperanza de que, para la noche siguiente, también hubiera un balón sobre la tumba de Vitaly.

Todas las primaveras en Shukhuti, en la región occidental de Georgia, se cose un balón negro de cuero para jugar Lelo Burti, un brutal juego tradicional —una singular mezcla de partido de rugby a gran escala y pelea callejera aún más grande— que alguna vez fue popular por toda la región de Guria, pero que ahora sólo se juega ahí, una vez al año, durante la Pascua ortodoxa.

El balón es el único equipamiento y el trofeo final. Es conservado por el equipo ganador y colocado en la tumba de su elección para honrar la memoria de esa persona.

“La pelota se convierte en reliquia, en símbolo de victoria, de respeto”, dijo Vakhtang Torotadze, hermano mayor de Vitaly. “Por eso es que hacemos nuestro mejor esfuerzo”.

El Gobierno de Georgia le otorgó estatus de “monumento no material” de cultura a Lelo Burti hace cinco años.

En el día del partido, la aldea se divide en Alto y Bajo Shukhuti, y hombres de cada mitad compiten por llevar al balón de vuelta a su lado del poblado. Una vez que eso sucede, termina el juego.

No hay demarcaciones, ni límite para el número de participantes, y casi no hay reglas. Las mujeres no tienen prohibido jugar, pero rara vez lo hacen. El juego por lo general dura un par de horas. Algunas veces, se prolonga hasta la noche.

Sentado en la sala de su casa el mes pasado, Vakhtang Chkhatarashvili, de 54 años, elogió a su hijo Mishiko como un joven respetuoso. En el 2014, Mishiko murió en un accidente automovilístico. Acababa de cumplir 18 años. Semanas después, el equipo del Bajo Shukhuti participó en el juego de Lelo Burti en honor a Mishiko y ganó con ayuda de varios de los amigos del joven. El balón ha estado en la tumba de su hijo desde entonces, relucientemente limpio sobre un pedestal de metal.

“Cuidar el balón significa cuidar de mi muchacho”, dijo Chkhatarashvili.

La noche previa al juego de este año, más de una docena de hombres que representaban ambos lados del poblado se reunieron para una supra, una festividad georgiana. Brindaron por las memorias de Vitaly Torotadze, quien estaba siendo honrado por el Alto Shukhuti este año, y de Aleko Dolidze, quien recibiría el balón si el Bajo Shukhuti ganaba el juego.

En la mañana, el balón sería llenado de tierra hasta pesar 16 kilos y bendecido con vino por el Padre Saba, el sacerdote local.

A las 17:00 horas, el Padre Saba salió de la iglesia con el balón en brazos, tomó un poco de impulso y lo lanzó al aire.
Cuerpos chocaron desde todos los flancos. La pelota desapareció bajo una pila de piel humana y remolinos de tierra.

La acción que siguió consistía en una sola aglomeración jadeante que en ocasiones superaba las 100 personas.
Justo después de las 18:00 horas, el Alto Shukhuti estableció una ventaja. Sus multitudes se volvieron más grandes.

Al irrumpir en el tramo final, los jugadores se liberaron y guiaron al balón al otro lado del arroyo que representaba su línea de meta. Una hora 40 minutos después de haber iniciado, el juego terminó.

Los hombres del Alto Shukhuti marcharon hacia el cementerio. Llegaron a la tumba de Vitaly Torotadze y colocaron el balón debajo de su lápida. Su viuda, Tatiana Ganja, colocó su brazo sobre la tumba de su esposo.

Mientras se levantaba para servir un banquete que ella había preparado durante tres días, Vakhtang Torotadze, quien es dueño de una tienda, entró al panteón, mientras se frotaba un punto adolorido en el pecho. Alguien le sugirió que debía sentirse complacido de añadir otro balón al lote de su familia. Se encogió de hombros.

“Desearía”, dijo, “que no estuviéramos en una situación en la que mi hermano necesitara un balón”.
Dio una fumada a su cigarro y se unió al creciente festejo.

 The New York Times