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Por Raúl Vilchis

A José Luis Rivera le tomó 22 años aprender a hacer a mano un par de zapatos de futbol. Le enseñó su suegro, quien alguna vez hizo un par para Pelé.
Rivera empezó como aprendiz de su suegro, David Rivas, quien durante más de cuatro décadas se dedicó a hacer tachones que se volvieron famosos en los años 70, en las canchas mexicanas de futbol profesional y amateur. Los llamaban Colmeneros.

Cuando se casó con la hija de Rivas, Rivera tenía 20 años y se acercaba el Mundial de México 1986. Sin perspectivas de trabajo, comenzó a ayudar a Rivas en el taller familiar.
Sus primeras tareas fueron sencillas, como cortar patrones en cuero. Sin embargo, empezó a aprender cuáles eran las mejores texturas para cada parte del zapato y cómo usar la máquina de coser. La última habilidad que le faltaba perfeccionar era unir la suela con los tacos. Una vez que la dominó, pudo armar todo un par él solo.

“Era un trabajo que requería precisión y, sobre todo, paciencia para aprenderlo”, comentó.
Rivera, ahora de 52 años, aún ejerce su oficio en un pequeño taller en las afueras de Ciudad de México, al oriente, donde conserva con orgullo un oficio que está en vías de desaparecer.

Los zapatos producidos en masa le han arrebatado la mayor parte de su negocio, pero, después de cuatro décadas en su oficio, se rehúsa a dejar morir su negocio artesanal. Admite que será una batalla difícil de ganar. Compañías internacionales como Nike, Puma y Adidas inundaron el mercado mexicano con tachones después de la firma del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN), en 1994.

Rivera es el último heredero vivo de una tradición que empezó en 1960, cuando un jugador profesional de Guadalajara, Eduardo Colmenero, se hartó de usar tachones que le lastimaban los pies, así que hizo sus propios zapatos.

“Deshizo algunos tachones que tenía y cambió el plástico por piel”, dijo Ana Gabriela, hija de Colmenero. Los primeros pares fueron sólo para él, pero poco tiempo después de retirarse del futbol, en 1966, Colmenero se dedicó de tiempo completo al negocio de los zapatos.

A medida que la demanda por sus zapatos especializados crecía, Colmenero necesitó de alguien que pudiera ayudarle a producirlos. En el barrio de Tepito de la Ciudad de México, donde convergían todos los zapateros de la Ciudad para comprar suministros y usar las máquinas de coser comunales, encontró a Rivas, recién despedido de una fábrica de zapatos. Su asociación duró 45 años, hasta la muerte de Colmenero en el 2010.

El taller creció hasta tener cinco personas empleadas y durante los 70 y 80, hacían 600 pares al mes. Durante el Mundial de 1970 en México, Rivas y Colmenero hicieron zapatos para el brasileño Pelé y para el inglés Bobby Charlton. Más tarde, cosieron un par para la estrella mexicana Hugo Sánchez.
Para inicios de la década del 2000, la producción se había reducido a unos 300 pares al mes. En el 2012, tras la muerte de Colmenero, Rivas entregó a su yerno el negocio. Dos años después, Rivas murió.

Rivera hace entre 5 y 10 pares de tachones al mes para algunos de sus clientes leales; el par cuesta mil 200 pesos (unos 62 dólares). Le toma unas tres horas hacer un par de tachones, ya que trabaja cada zapato sobre un molde de madera con herramientas para curtir y darle forma a la piel. Cada uno es hecho a la medida, enfatiza, y asegura que ningún par es igual.

“Son como guantes para tus pies”, mencionó Rivera. “Únicos. Y los hacemos con mucho amor”.

 The New York Times