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Por Peter S. Goodman

GREGORIO DE LAFERRERE, Argentina — La pintura turquesa se está desprendiendo de los muros de la casa de Claudia Verónica Genovesi. El techo tiene goteras, pero ella y su esposo —ambos empleados de limpieza de oficinas— no pueden solventar la reparación.

En las calles del barrio pobre al otro lado del camino, donde las apestosas letrinas se ubican junto a chozas hechas con láminas oxidadas, las familias han perdido las esperanzas de tener alguna vez un sistema de drenaje.

No les cuesta trabajo encontrar una explicación para sus desgracias: desde que Mauricio Macri llegó al poder hace más de tres años, se ha distanciado del populismo que acababa con el presupuesto y que dominó a Argentina durante gran parte del siglo pasado, y ha adoptado una ortodoxia económica.

Macri recortó los subsidios para electricidad, combustible y transporte, lo que ha ocasionado que los precios se disparen y, recientemente, provocó que Genovesi, de 48 años, cancelara su servicio de gas. Al igual que la mayoría de sus vecinos, se conecta de manera ilegal a las líneas eléctricas cercanas.

“Es un Gobierno neoliberal”, dijo Genovesi. “Es un Gobierno que no favorece al pueblo”.Las tribulaciones que se viven bajo el techo de los pobres son una consecuencia previsible del alejamiento de Macri del populismo de izquierda. Prometió reducir los déficits de

Argentina al disminuir la generosidad del Estado. El problema es que los argentinos aún no han experimentado el renacimiento económico que supuestamente le seguiría al sufrimiento.

Los simpatizantes de Macri proclamaron su elección en el 2015 como un milagroso brote de normalidad en un país con una reputación de histrionismo. Él terminaría con el gasto irresponsable que deshonró a Argentina por incumplir con sus pagos de deuda en ocho ocasiones.

La austeridad ganaría la confianza de las instituciones financieras internacionales, lo que atraería inversiones que generarían empleos y nuevas oportunidades.

Sin embargo, mientras Macri busca la reelección este año, la economía se está contrayendo. La inflación es superior al 50 por ciento y el desempleo está estancado por encima del 9 por ciento. La pobreza aflige a un tercio de la población, y la cifra está en aumento.

Se suponía que la Presidencia de Macri ofrecería un escape del desastre del gasto despilfarrador mientras que establecería una ruta alternativa para los países que se enfrentan al ascenso mundial del populismo. Ahora, su mandato amenaza con convertirse en una puerta de regreso al populismo.

Para la elección de octubre, Macri esperaba un desafío de la Presidenta que lo antecedió, Cristina Fernández de Kirchner, que enfrenta una serie de acusaciones criminales por corrupción. En lugar de eso, ella anunció que contendería para la vicepresidencia junto con Alberto Fernández. El gasto sin freno de ella ayudó a generar la crisis que Macri heredó.

Un derrota de Macri resonaría como un reproche a sus reformas orientadas al mercado, al tiempo que potencialmente llevaría a Argentina de regreso al populismo de izquierda, en una incómoda proximidad a la insolvencia.

El peso argentino perdió la mitad de su valor contra el dólar el año pasado, lo que causó que el banco central aumentara las tasas de interés a un nivel superior al 60 por ciento, lo que ahoga al comercio. Argentina se vio obligada a asegurar un rescate de 57 mil millones de dólares por parte del Fondo Monetario Internacional.

Parece que Macri no tiene tiempo de sobra. Los recortes al gasto que realizó afectaron a la población de inmediato. Los beneficios prometidos de sus reformas —una moneda estable, inflación más controlada, nuevas inversiones y empleos— podrían tomar años en materializarse, lo que deja a los argentinos enojados y añorando el pasado.

Cultivando una fortuna

Hace un siglo, Argentina se contaba entre las naciones más ricas de la Tierra. Para el granjero Roque Tropini, ese estatus resultó del trabajo de pioneros como su abuelo, que llegó a la Provincia de Entre Ríos desde su natal Italia y convirtió a la tierra en prosperidad.

Una tarde, Tropini, de 69 años, pasó con su auto por el molino de harina que su abuelo erigió en 1920, junto a lo que en ese entonces era una parada desierta de un nuevo ferrocarril. Se detuvo frente a la iglesia que su abuelo construyó en el pueblo que creció alrededor del molino, Viale.

Manejó hacia sus campos, donde hileras de soya se extendían hasta el horizonte. Una máquina cosechadora cruzaba por el lugar levantando un cultivo que, en su mayoría, tendría como destino China.

Tropini sostiene que sin los esfuerzos de su familia, Viale no estaría en el mapa.

Si tan sólo la historia terminara ahí, dice. Sin embargo, la historia trajo a los populistas que han gobernado a la Nación durante la mayor parte de su vida adulta.

Al principio estaba Juan Domingo Perón, el carismático general del Ejército que fue Presidente de 1946 a 1955, y luego de nuevo de 1973 a 1974. Tuvo una mano autoritaria y usó el poder del Estado para defender a los pobres. Él y su esposa, Eva Duarte —ampliamente conocida como Evita— dominaron la vida política mucho tiempo después de sus muertes, inspirando a políticos de todo el espectro ideológico.

Entre los más vehementes peronistas se encontraban Néstor Kirchner, Presidente del 2003 al 2007, y su esposa, Cristina Fernández de Kirchner, que asumió el cargo en el 2007 y permaneció en el poder hasta que Macri fue electo en el 2015.

Su versión del peronismo —que se conoce como kirchnerismo— era decididamente de izquierda, desdeñando al comercio global. Extendieron los subsidios en efectivo a los pobres y gravaron impuestos a las exportaciones agrícolas en una apuesta para mantener bajos los precios de los alimentos.

Tal como lo cuentan los agricultores del País, el kirchnerismo es sólo un término elegante para la confiscación de su fortuna y la dispersión del botín a las masas no productivas. Apuntan al impuesto del 35 por ciento que Fernández de Kirchner impuso a las exportaciones de soya.

“Teníamos un dicho: ‘Por cada tres camiones que iban al puerto, uno era para Cristina Kirchner’”, dijo Tropini.

Así que Tropini celebró la llegada de un nuevo Presidente.

La Administración de Macri prometió modernizar el gobierno al mismo tiempo que reconstruiría la posición de Argentina ante los inversionistas internacionales. Los tecnócratas cosmopolitas que hablaban inglés y que ocupaban cargos en su Gobierno disfrutaron su papel como el antídoto a las fuerzas destructivas que arrasaban en el continente.

“Somos un país que está luchando para apartarse de un legado de populismo que ha fracasado”, declaró Marcos Peña, el Jefe de Gabinete de Macri, en una entrevista reciente.

“Acogemos esa idea de mostrarle a la región y al mundo, pero especialmente a los argentinos, que con una sociedad más abierta, con un sistema político más abierto, con una economía más abierta, nos puede ir mejor que con una cultura cerrada y populista controlada por el Estado”.

Una de las primeras cosas que el nuevo Presidente anunció fue una reducción gradual en los impuestos a las exportaciones.

“Finalmente, podías respirar”, dijo Tropini.

No obstante, Tropini critica el fracaso de Macri para superar la crisis económica.

Una moneda más débil hace que la soya argentina sea más competitiva, pero también incrementa el costo del combustible que Tropini necesita para operar su maquinaria. Las altas tasas de interés hacen que sea imposible para él comprar otra cosechadora, lo que le permitiría expandir su granja.

En septiembre, frente a una caída en los ingresos del Gobierno, Macri volvió a instaurar algunos impuestos a las exportaciones.

“Ese dinero se destina a pagar programas sociales para personas que no están trabajando”, se queja Tropini. “Es para apoyar la pereza. Mucha gente se acostumbró a no trabajar durante el peronismo. Han sido muchos años en los que se han llevado mi producción. No se lleven todas mis ganancias. Dejen algo para mí”.

¿Qué salió mal?

Por qué la economía continúa moribunda es el tema de un debate que podría determinar si Macri logra tiempo adicional o si Argentina cambia de rumbo nuevamente hacia el populismo.

Los economistas hicieron hincapié en que los problemas de Argentina eran tan enormes que cualquier administración habría enfrentado graves dificultades.

Fernández de Kirchner había legado un déficit presupuestal de alrededor del 8 por ciento de la producción económica anual del País, de acuerdo con el Gobierno.

En los primeros años del mandato de Macri, el Gobierno retiró los controles sobre el valor del peso al tiempo que relajó los impuestos a las exportaciones. Los amos de las finanzas internacionales respondieron con un aumento en la inversiones. La economía creció casi un 3 por ciento en el 2017 y luego se aceleró en los primeros meses del año pasado.

Pero los inversionistas se volvieron recelosos de los déficits de Argentina y huyeron, lo que ocasionó que el peso se desplomara y la inflación se disparara.

Ahora, la economía es un desastre, y los negocios están ansiosos.“La gente tiene miedo”, asegura Roberto Nicoli, de 62 años y quien dirige la compañía de cuchillería, Prinox LLC, en las afueras de Buenos Aires y que fue fundada por su abuelo en 1942.

La fábrica compra acero inoxidable importado. El débil peso ha elevado el precio del metal, pero Nicoli no puede transmitir los costos extras a los clientes, en su mayoría restaurantes, porque ya enfrentan menores ventas. Durante la mayor parte del año pasado, su compañía apenas pudo evitar las pérdidas.

El Gobierno insiste en que vendrán días mejores. Los recortes al gasto han disminuido el déficit presupuestario a un 3 por ciento de la producción económica anual. Argentina está integrada de nuevo en la economía global.

“No hemos mejorado, pero los cimientos de la economía y la sociedad están mucho más saludables”, señaló Miguel Braun, Secretario de Política Económica del Ministerio de Hacienda. “Argentina está en una mejor posición para generar un par de décadas de crecimiento”.

 The New York Times