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Por Seth Kugel

Todos hemos leído sobre la vasta biodiversidad y los abundantes recursos naturales de la Amazonia. Pero para apreciar plenamente sus riquezas, nada es mejor que verlos en persona.

Puse mi mano izquierda, con la palma hacia abajo, sobre un nido de hormigas tapibas sujeto a un árbol imbaubeira en un sendero junto al Río Negro, en el norte de Brasil. Al instante, docenas de las diminutas criaturas cubrieron mis dedos en una marabunta que daba cosquillas.

Retiré la mano y, siguiendo las instrucciones, aplasté a las hormigas y unté los restos sobre mis brazos y cara.

Las instrucciones habían venido del guía, Nigel Kurt de Souza Atkinson, mitad macuxi y mitad británico, y era una práctica común entre los pueblos indígenas: las hormigas tapibas liberan un olor que repele no sólo a los mosquitos, sino a criaturas más grandes, como los jaguares.

Fue parte de un crucero de cinco días lleno de actividad que tomé con unos amigos en el Río Negro hasta el Parque Nacional Jaú, en enero. A veces demandante, en otros momentos relajante, el viaje dirigido por Katerre Expeditions puso en exhibición la complejidad de la vida en la selva tropical. Durante esa misma excursión, Nigel raspó una sustancia gomosa de color ocre rojo de un árbol goiaba-de-anta que puede usarse no sólo para tapar un agujero en una canoa, sino para barnizar muebles y aliviar la diarrea; nos mostró una larva de luciérnaga que, dijo, sabe a coco si uno la come viva (lo hice, y sí supo a coco); y señaló una liana que produce un té con olor a clavo que ayuda a conciliar el sueño. “Aprendimos todo este conocimiento de los indígenas”, comentó Nigel.

La Amazonia ha sido inhóspita —incluso mortal— para los foráneos desde que éstos lo bautizaron como Amazonia hace casi 500 años. Sin embargo, siempre y cuando los viajeros se vacunen contra la fiebre amarilla y no vayan solos, la muerte ya no es una preocupación importante hoy en día. Pero mostrar a los viajeros el lado más salvaje de la selva tropical mientras se mantiene a todos relativamente cómodos es difícil.

También requiere dinero. Nos costó mil 600 dólares a cada uno reservar un camarote con cuatro literas (incluyendo todo desde los traslados hasta el alcohol) para el viaje, que me pareció mucho. Pero tuvimos suerte porque el barco sólo estaba medio lleno, y nos dieron un ascenso de categoría a camarotes individuales con aire acondicionado y baños privados. Aun así, no hubo internet ni servicio celular durante días.

Las comidas eran de la cocina tradicional brasileña hábilmente preparada. Lo más delicioso eran las crepas de tapioca, las frutas tropicales y el café vigorizante en el desayuno.
Aún así, más que lo que sucedía a bordo del barco, el viaje tenía que ver con lo que ocurría fuera de él.

Una noche, Nigel nos subió a una pequeña lancha motora tipo canoa y emprendimos un recorrido por el río tan oscuro como boca de lobo. Revisó la ribera con una poderosa lámpara, aguardando a divisar dobles puntos rojos indicando que nos observaban ojos de animales —sacando sus cabezas del agua, viéndonos desde tierra o, si tuviéramos la suerte de ver a un oso perezoso, desde un árbol. (Sí divisamos un caimán, los primos sudamericanos de los cocodrilos).

El entorno, vasto y sin caminos, y la gente que vive a las orillas de sus ríos, son asombrosos. Nuestro viaje incluyó dos visitas a comunidades en las riberas, donde las casas están hechas de tablillas de madera, los niños estudian en escuelas de un solo salón de clases, y generadores a diesel proveen de energía a una televisión comunal.

Visitamos las ruinas de Airão, un poblado abandonado hace medio siglo y medio devorado por la jungla. Pescamos pirañas y después consumimos en la comida nuestra magra pesca frita en una sartén.

En uno de nuestros paseos en barco, el rayo de la lámpara de Nigel iluminó dos ojos rojos demasiado alto en la ribera para ser un caimán. Era un margay —un gato pequeño y sigiloso que sabe imitar las llamadas de algunas de sus presas. Aunque yo esperaba ver mi primer perezoso, éste fue un premio de consolación bastante bueno.

 The New York Times