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Por David Zucchino y Fatima Faizi

KABUL, Afganistán — La vida como una joven en Kabul puede sentirse sofocante algunos días para Hadis Lessani Delijam, estudiante de 17 años de último año de preparatoria.
Una vez, un hombre en la calle la sermoneó por usar maquillaje y ropa occidental; son vergonzosos, vociferó. Una mujer de mediana edad la insultó por charlar con un joven.
“Me dijo cosas tan terribles que no puedo repetirlas”, dijo Delijam.

Para consolarse, Delijam se refugia en un lugar inesperado —el humilde café.

“Este es el único lugar donde puedo relajarme y sentirme libre”, dijo Delijam mientras charlaba con dos jóvenes en un café, con el cabello descubierto.

Nuevos cafés de moda han surgido por toda Kabul en los últimos tres años y se han convertido en emblemas del progreso de las mujeres.

Los cafés son santuarios para las mujeres en una cultura islámica que aún dicta cómo deben vestirse e interactuar con los hombres. Esas tradiciones perduran 18 años después del derrocamiento de los talibanes, que prohibían la educación de las niñas, encerraban a las mujeres en sus casas y las obligaban a usar burkas en público.

Hoy, las charlas en los cafés a menudo giran en torno a las conversaciones de paz afganas que se realizan en Doha, Catar, entre Estados Unidos y los talibanes. A muchas mujeres les preocupa que sus derechos terminen perdidos en la negociación.

“Estamos aterradas”, dijo Maryam Ghulam Ali, de 28 años, una artista, en un café. “Cuando venimos a los cafés, nos sentimos liberadas”, agregó. “Nadie nos obliga a ponernos el velo en la cabeza”.

Muchas jóvenes en la sociedad emergente de los cafés no habían nacido o eran bebés cuando los talibanes estaban en el poder. Las mujeres han crecido con celulares y redes sociales. No pueden imaginar un regreso a los dictados de los talibanes, quienes a veces lapidaban a las mujeres por sospecha de haber cometido adulterio, y todavía lo hacen en las zonas que controlan.

Farahnaz Forotan, de 26 años, una periodista, ha creado una campaña en las redes sociales, #myredline (mi línea roja), que implora a las mujeres a defender sus derechos. Su página de Facebook está llena de fotografías de ella dentro de cafés, símbolos de su propia línea roja.

“Ir a un café y conversar con amigos me hace muy feliz”, dijo Forotan.

Sin embargo, esas libertades podrían desaparecer si las negociaciones de paz traen de vuelta el gobierno de los talibanes, dijo. “No quiero ser reconocida como la hermana o la hija de alguien”, comentó. “Quiero que me reconozcan como ser humano”.

En el 2014, los talibanes lanzaron una serie de ataques contra cafés y restaurantes en Kabul, incluyendo un bombardeo suicida y tiroteo en el que murieron 21 clientes en el popular café Taverna du Liban, donde se servía alcohol y mujeres y hombres afganos convivían con occidentales.

Más tarde, el Gobierno obligó a una serie de cafés y casas de huéspedes a cerrar por temor a que atrajeran más violencia. Durante los siguientes dos años, gran parte de la vida social occidentalizada en Kabul se mudó a las casas particulares.

Pero en el 2016 comenzaron a abrir nuevos cafés, atendiendo a mujeres y hombres jóvenes deseosos de convivir en público de nuevo.

Aun así, con excepción de sitios urbanos como Kabul, Herat y Mazar-e-Sharif, hay pocos cafés en Afganistán donde las mujeres pueden convivir con hombres. La mayoría de los restaurantes reserva sus salas principales para los hombres y apartan secciones “familiares” exclusivas para mujeres y niños.

 The New York Times