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Por: Vivian Yee

BEIRUT, Líbano — Su equipo jamás iba a ganar. Pero eso no impidió que los fanáticos de hueso colorado en la tribuna lanzaran insultos a sus rivales. Algunas burlas eran de la variedad de “tu madre”, otras de un género que los libaneses han perfeccionado: el insulto político como un grito de guerra durante el tiempo de juego.

Lo que gritaron fue lo suficientemente despectivo hacia Michel Aoun, el Presidente de Líbano, y el abanderado del partido político que respaldaba extraoficialmente al equipo rival, que se desató una riña. Oficiales de la Policía antimotines inundaron la cancha. Dos árbitros de basquetbol que intentaron callar a la multitud terminaron en el hospital.

“Y era un caso perdido”, lamentó Akram Halabi, presidente de la Federación Nacional de Baloncesto de Líbano. “¡Perdían por 33 puntos!”.

Los deportes tienen un viso político en Líbano, cuyas 18 sectas políticas oficialmente reconocidas y partidos políticos afiliados viven, trabajan y socializan entre sí, pero nunca dejan de buscar ventajas.

Cada club de basquetbol recibe financiamiento de un patrocinador políticamente conectado que, a cambio, cosecha la lealtad de los fanáticos —y los electores— para su partido político. Los colores de éstos adornan los jerseys de los jugadores. En los estadios cuelgan no sólo los pendones de los campeonatos, sino también pósters de patrocinadores políticos, como uno de Rafic Hariri, el ex Primer Ministro asesinado, que preside sobre los juegos en casa de un equipo. Los musulmanes sunitas vitorean a un equipo financiado por musulmanes sunitas, los cristianos maronitas a un equipo cristiano maronita y los armenios a un equipo armenio.

El basquetbol libanés es “una guerra, sin los balazos”, dijo Danyel Reiche, profesor en la Universidad Americana de Beirut, quien investiga política y deportes.

En ocasiones los fanáticos de Al-Riyadi, el equipo sunita, se han vestido completamente de rojo en los partidos contra Homenetmen, el equipo armenio, como una referencia burlona a la bandera de Turquía —donde al menos un millón de armenios fueron masacrados en un genocidio hace un siglo.

Considerando su población (unos 6 millones de habitantes), Líbano es bastante bueno para el baloncesto. Su selección nacional venció a China el año pasado, aunque no logró clasificar para la Copa Mundial de este año. Los aficionados están felices de hablar del último jugador libanés que triunfó en grande: Rony Seikaly, una estrella nacida en Beirut quien jugó en la Asociación Nacional de Basquetbol (NBA) durante más de una década.

Jugadores extranjeros y libaneses de diferentes religiones juegan para todos los equipos, ganándose a seguidores fervientes independientemente de sus antecedentes. Reiche recordó haber ido a partidos del Riyadi en casa donde la multitud coreaba elogios a la Virgen María cada vez que anotaba un jugador cristiano.

Aun así, fuera de los partidos nacionales —cuyos seguidores son de todas las sectas y cruzan las líneas políticas— los momentos de respeto tienden a ser breves. Al pedírsele que describiera a los aficionados libaneses, Slobodan Subotic, un esloveno que entrenó al Riyadi antes de volverse el entrenador del equipo nacional, tuvo tres palabras: “¡Locos! ¡Locos! ¡Locos!”.

 The New York Times