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Por Rose George

Durante la Segunda Guerra Mundial, la sangre afroamericana era etiquetada como N por personas de raza negra y sólo se daba a soldados afroamericanos. Norman H. Davis, entonces presidente de la Cruz Roja estadounidense, admitió que segregar la sangre era “una cuestión de tradición y sentimiento más que de ciencia” y, sin embargo, la práctica continuó hasta 1950.

Pero la Cruz Roja estaba equivocada: ahora está científicamente establecido que la sangre puede ser específica de la raza o la etnia.
La mayoría de las personas conoce los ocho grupos sanguíneos principales: A, B, AB y O, cada uno de los cuales puede ser positivo o negativo (el factor RH). Éstos son determinados por los genes, y el grupo al que uno pertenece depende de qué combinación de proteínas y azúcares —antígenos— están en el exterior de los glóbulos rojos.

Una transfusión de sangre exitosa depende de la igualdad. Si la sangre que entra tiene un antígeno del que se carece, el cuerpo puede reaccionar mal a ello. La reacción puede poner a prueba al sistema inmune en personas ya debilitadas por su condición. También se producirá un anticuerpo para reconocer mejor al mismo antígeno la siguiente vez. Los pacientes que necesitan transfusiones de sangre con regularidad —los que tienen anemia de células falciformes o leucemia, por ejemplo— podrían enfrentar una reserva cada vez menor de sangre apropiada porque siguen creando anticuerpos.

¿No sería más fácil si toda la sangre fuera igual? Échele la culpa a los bichos.

Gran parte de la variación “ha sido impulsada por la selección evolutiva por parte de bacterias, malaria y parásitos”, dijo Connie Westhoff, directora del Banco de Sangre de Nueva York.

Si la malaria halla la forma de entrar al torrente sanguíneo vía un antígeno en particular, ese antígeno podría cambiar para defenderse, ocasionando diferentes tipos de sangre. El cólera se desarrolla mejor en las células intestinales derivadas de las células madres tipo O, pero O también protege más contra la malaria. Por muchas razones complicadas, sólo el 25 por ciento de los asiáticos tienen tipo A, pero el 40 por ciento de los caucásicos lo tiene. El tipo B es más comúnmente encontrado en Asia que en Europa.

La mayoría de las personas “no entiende la necesidad de un abasto de sangre diverso”, dijo Susan Forbes, de One Blood, un banco de sangre con sede en Florida.

Una niña llamada Zainab Mughal, en Florida, ha creado consciencia sobre esta necesidad. Zainab, de 3 años, tiene neuroblastoma, un cáncer agresivo, y su tratamiento significa que necesitará sangre.

Pero Zainab pertenece al menos del 1 por ciento de la población que carece de un antígeno que tiene el otro 99 por ciento. Los programas de donadores encontraron cinco donadores en todo el mundo con el mismo tipo de sangre. Como se sabe que el antígeno faltante no se halla en la sangre de iraníes, paquistaníes e indios, sus donantes debían tener ambos padres de estas poblaciones. La publicidad sobre el caso de Zainab enfatizó la necesidad de donadores.

En el 2009, el Banco de Sangre de Nueva York empezó a ofrecer la opción de “autodeclarar” la etnia en sus formularios de donadores. Esto permitió que miembros del personal identificaran antígenos que se sabe que son específicos de ciertas poblaciones. Pero al principio hubo problemas.

“No instruimos al personal para que supiera que no estábamos segregando la sangre sólo por segregar”, dijo Westhoff. “Lo estábamos haciendo para enviar todas las unidades afroamericanas a los niños del programa de anemia falciforme porque les funcionaba mucho mejor la sangre que provenía de este mismo grupo étnico”.

 The New York Times