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Por Zachary Woolfe

En la ópera, la gente pasa mucho tiempo diciendo relativamente poco. Le toma una aria de 4 minutos al joven héroe de “La Bohème” de Puccini simplemente presentarse con la bonita vecina que tocó a su puerta.

¿Por qué aguardamos? Porque esta elongación del tiempo abre un espacio en que nos vemos forzados a vivir —en ocasiones a un extremo agonizante— con emociones que normalmente transcurrirían en segundos.

En “Che Gelida manina”, esa aria en “La Bohème”, es como si estuvieran manteniendo nuestras cabezas bajo el agua en un estanque de anhelo juvenil. Es sublime al tiempo que —y debido a que— elude la cursilería.

Es posible que nadie en la historia operística ha sido tan sublime y tan cursi como el tema de “Pavarotti”, un nuevo documental realizado por Ron Howard que tuvo su estreno este mes.
La película, como una aria de ópera, nos fuerza a detenernos en Luciano Pavarotti, un tenor que, 12 años después de su muerte, sigue siendo amado —y podría ser dado un poco por hecho.

Los amantes de la ópera se aferran a sus épocas de gloria de los 60s y 70s, cuando su voz llena de sol estaba en su apogeo. Es más probable que el público en general recuerde sus conciertos con fines de caridad y sus duetos con Bono, cantante del grupo U2.

El nuevo documental nos hace tomar en cuenta a estos dos Pavarottis como uno, y al hacerlo, reconocer un lado de la ópera que nos gustaría ignorar a muchos de nosotros que la amamos como arte de altura. El lado vulgar, corriente, elemental —el lado nunca mejor encarnado que por este hombre corpulento y sudoroso con una barba rala y un sonido inolvidable.

Un hombre de sonrisa encantadora, Pavarotti era dulce y generoso, arrogante y caprichoso.

La ópera, como la gimnasia y el ballet, combina el logro corporal medible —lograr un desmonte impecable, alcanzar la nota alta— y un elemento “artístico” más difícil de definir.

Pero lo artístico emerge de lo atlético, y viceversa. la trayectoria de Pavarotti —los momentos altos y bajos, y las notas altas y las bajas— demostraron que, a final de cuentas, son inseparables.

El tenor sueco Jussi Björling cantó “Che gelida manina” como si fuera un tierno romance en blanco y negro. La versión de Pavarotti en 1972 es en Technicolor a pantalla ancha.
Inicia la aria con un ligero velo sobre la voz, casi conjurando un sueño, para poder abrumarnos en la siguiente frase con el contraste de un tono más claro, como si hubiéramos despertado en una realidad infinitamente más feliz que el sueño.

Los extremos de Pavarotti son más intensos que la refinada intimidad de Björling —incluso más burdos. Pero la fuerza vital —esa sinceridad sudorosa que quedaría aún más clara una vez que llegó a la TV— es emocionante.

Justo antes del espectacular clímax de la aria, se clava en una sola palabra —“stanza”— con una convicción tal que uno no sabe bien a bien qué hacer.

Es descarada, esa “stanza”; es casi obscena. Y sin embargo, es correcta. La ópera definitivamente es delicada, inteligente, de buen gusto —pero al mismo tiempo es lo opuesto de esas cosas. Pavarotti es nuestro recordatorio moderno más convincente de ello.

Plácido Domingo, su colega de los “Tres Tenores”, ofrece comentarios afectuosos en el filme. Mientras que la trayectoria de Pavarotti parecía a muchos descender irrevocablemente hacia el estadio como si fuera al infierno, para Domingo los 90s terminaron siendo un puntito en el radar.

Cualquiera simpatizará con lo que yo considero el aprieto de Domingo aquí. Ha logrado una longevidad quizás sin igual en la historia de la ópera; lee música lo suficientemente bien como para aprender más de 150 papeles. Tiene todo lo que podría pedir un crítico.

Y sin embargo, al conjurar el abanico completo de por qué amamos esta forma de arte —la mezcla culposa de alto y bajo, elevado y burdo, pureza y sudor —es Pavarotti quien nos lleva al corazón secreto y latiente de la ópera.

 The New York Times