•  |
  •  |

Por Matthew Abbot

LOSPALOS, Timor Oriental — Los dos científicos habían venido de muy lejos con la esperanza de hallar lo que la mayoría de la gente trata de evitar: cocodrilos devoradores de hombres.

Yusuke Fukuda y Sam Banks, biólogos de Australia, viajaron en marzo a Timor Oriental para investigar un misterio nacional: ¿por qué tantos timorenses son víctimas de cocodrilos?

Los ataques de cocodrilos allí se han multiplicado por 20 en la última década, sumando al menos una muerte al mes en un País de 1.2 millones de habitantes.

La gente de Timor Oriental tiene siglos de venerar y adorar a los cocodrilos. El mito del origen del País trata sobre el cocodrilo Lafaek Diak, que por amistad con un niño humano dio su vida para convertirse en el hogar del pequeño —la isla de Timor, con cada protuberancia escamosa en su lomo convirtiéndose en una montaña.

Los timorenses llaman a los cocodrilos “abo”, palabra en idioma tetun que significa abuelo, y matarlos es culturalmente un tabú, así como ilegal.

Los investigadores han encontrado que casi el 83 por ciento de las víctimas de ataques en Timor Oriental en los últimos 11 años estaba realizando pesca de subsistencia.

Muchos residentes locales no creen que los cocodrilos nativos estén detrás de los ataques; culpan a los migrantes, o “alborotadores” asesinos.

Los investigadores planean probar la teoría al determinar si los cocodrilos asesinos eran cocodrilos de agua salada de Australia. Timor Oriental se ubica a unos 450 kilómetros del alcance regular de los animales, una distancia nadable para un animal que puede alcanzar 6 metros de largo y pesar más de 900 kilos.

“Tras varios días nadando, estos cocodrilos estarían muy hambrientos y serían muy peligrosos”, dijo Fukuda.

Fukuda y Banks planeaban recolectar muestras de ADN de un número de cocodrilos. Para hacerlo, los científicos deben penetrar la dura piel de un cocodrilo usando una aguja unida a una vara de aluminio de 3.50 metros de largo, conocida como poste para biopsia.

Para ayudar a ubicar a los cocodrilos, los investigadores reclutaron a Vitorino De Araujo.

De Araujo, de 37 años, es conocido en el pueblo como la persona a quien llamar cuando ha sucedido un ataque de cocodrilo. Se adentra en el pantano y recupera lo que queda del cuerpo.

Al tiempo que se ponía el Sol la primera noche que los científicos arribaron al poblado de Lospalos, el equipo se dirigió al pantano.

Entre la oscuridad, divisaron dos puntos relucientes flotando sobre la superficie del agua: ojos de cocodrilo.

De Araujo tomó la vara de biopsia y pegó una carrera al agua. Tras unos minutos de silencio, arremetió. Había logrado su primera punción.

Durante siete días, el equipo punzó a cocodrilos salvajes y tomó muestras de animales que estaban cautivos como mascotas o amuletos de la suerte. Terminaron obteniendo 17 muestras.

Al trasladarse de vuelta a Dili, la Capital de Timor Oriental, el chofer de Fukuda se detuvo al ver una multitud reunida junto al mar.

Un policía pidió al científico que se acercara para mostrarle lo que había aparecido en la orilla —goggles, un arpón y un traje de baño desgarrado.

Pertenecían a Agostinu da Cunya, un chico de 17 años quien salió a pescar con arpón la noche anterior con su hermano, mientras el padre de ambos esperaba en la orilla. El adolescente había sido atacado por un cocodrilo, dijo su familia.

No lo volvieron a ver.

 The New York Times