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Por Motoko Rich

TOKIO — Después de que 19 personas fueron apuñaladas en una parada de autobús a fines de mayo, Japón ha estado en busca de respuestas sobre qué podría haber impulsado a alguien a cometer un acto tan espantoso.

Los investigadores y los medios se han enfocado en el hecho de que el agresor vivía como un ermitaño extremo —o “hikikomori”, como se conoce a esa condición en Japón.
Poco después, un funcionario jubilado apuñaló de muerte a su hijo adulto de 44 años, quien vivía con sus padres. El padre temía que su hijo, que había abusado físicamente de su propia madre, pudiera atacar a otros.

Incluso antes de la violencia reciente, cientos de miles de hikikomoris de Japón enfrentaban un estigma. Ahora, a psiquiatras y defensores les preocupa que una nueva oleada de alarmismo los deje todavía más denigrados.

Los hikikomoris son adultos que se encierran en los hogares de sus padres u otros parientes durante seis meses o más, a menudo confinados a una sola habitación. No trabajan y rara vez interactúan con el mundo exterior. No pueden sostener relaciones interpersonales, ni siquiera con los parientes que cuidan de ellos. Algunos han vivido en este estado durante años o décadas.

Hay casi 1.2 millones de personas que se identifican como hikikomori —alrededor de uno de cada 60 japoneses de entre 15 y 64 años. La inmensa mayoría son hombres.
Aunque ha habido otros casos de crímenes violentos que involucran a hikikomoris, la correlación es poco común, dicen expertos.

Los hikikomoris podrían padecer esquizofrenia, depresión o ansiedad, o tal vez están dentro del espectro del autismo. Al igual que otros en Japón, rara vez buscan ayuda para sus problemas de salud mental por la vergüenza que sienten ellos y sus familias.

“El alcance del problema no es cosas como un apuñalamiento perpetrado por una persona que resulta ser hikikomori”, dijo Alan Teo, profesor asociado de psiquiatría en la Universidad de Salud y Ciencia de Oregon, en Portland. “Sino que más del alcance del problema se da en términos de cientos de miles de individuos que han vivido en este estado prolongado de aislamiento sin una participación activa en el cuidado de la salud mental”.

Takahiro A. Kato, un psiquiatra en la Universidad de Kyushu que investiga a los hikikomori, dijo que el sistema educativo de Japón, que enfatiza la vergüenza en su búsqueda de conformismo y puede socavar la confianza personal, podría sembrar tendencias de aislamiento.

Otros señalan a factores económicos —los hikikomoris comenzaron a aparecer en grandes cantidades después de que la burbuja inmobiliaria de Japón estalló en los 90, lo que dejó a muchos sin trabajo.

Algunos investigadores dicen que el fenómeno es más prevalente en Japón debido a que la familia nuclear es tan central para la sociedad.

Pero mantener todo oculto dentro del hogar puede crear un círculo vicioso en el que tanto el hikikomori como los miembros de su familia se sienten atrapados.

Muchos centros de apoyo operados por el Gobierno se enfocan en gran parte en persuadir a los hikikomoris para que salgan del aislamiento y regresen a la fuerza laboral, una solución que deja sin tratar los problemas psicológicos subyacentes. Entre más se satanice a los hikikomoris, o más se les categorice como dañados o extraños, más difícil resulta para ellos ser aceptados en la sociedad y que se les ofrezca un empleo.

Hay servicios privados que ayudan a los hikikomoris, pero pueden ser caros y no tienen requerido brindar atención psiquiátrica. Uno de esos servicios es ReSTART, una compañía en Tokio que saca a los hikikomoris de las casas de sus padres y los lleva a dormitorios.

“Para decirlo sin tapujos, cualquiera con la fuerza de voluntad para ayudar a otros y con compasión puede realizar este trabajo”. dijo Shigeru Kusano, director de la compañía.

 The New York Times