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São Paulo, Brasil
De acuerdo con el Presidente Jair Bolsonaro, la educación brasileña deja mucho qué desear. “Todo va de picada cada vez más”, dijo en mayo a periodistas durante un viaje a Dallas. “Queremos salvar la educación”.

Este parecería un comentario razonable si Bolsonaro estuviera anunciando, por ejemplo, un nuevo plan de educación o un aumento sustancial en el gasto para las escuelas públicas. Pero en lugar de ello estaba aludiendo a un “congelamiento” de 1.5 mil millones de dólares al presupuesto para educación en Brasil. (El Gobierno insiste en llamarlo así, en vez del recorte que es; en teoría, los fondos quedarán disponibles cuando mejore la economía).

Estos recortes representan el 30 por ciento de los presupuestos discrecionales —que cubren pagos de servicios, becas, limpieza, mantenimiento y seguridad, entre otras cosas— para todas las universidades federales.

Los recortes podrían tener impactos concretos muy pronto. Una de las universidades más antiguas del País, la Universidad Federal de Paraná, tiene tan sólo 100 días antes de verse obligada a cerrar sus puertas porque no puede pagar el agua ni la electricidad. El Gobierno también ha suspendido todas las subvenciones futuras para investigación a nivel maestría y doctorado.

El recorte no se ha limitado a la educación superior: el financiamiento para preparatorias, educación primaria e incluso jardín de niños también se ha visto muy afectado.

Pero la situación es más extrema para las universidades federales, escuelas que en las últimas décadas se han ganado un lugar respetable dentro de la educación brasileña al ofrecer cursos de alta calidad sin pagos de colegiatura para más de un millón de estudiantes. En otras palabras, el primer paso en el plan de rescate de Bolsonaro es lanzar a unos cuantos sobrevivientes por la borda.

Sin embargo, ese es tan sólo un ejemplo de la lógica absurda del Presidente. En la misma ocasión en Dallas, se le preguntó a Bolsonaro sobre las decenas de miles de brasileños, muchos de ellos estudiantes, que se han reunido para protestar contra los recortes a la educación. Los llamó “imbéciles e idiotas útiles”, agregando que no tenían nada en la cabeza. “Si les preguntan cuál es la fórmula del agua, no la saben”.

Esto lo dice un hombre que alguna vez confesó nunca haber leído una novela en su vida (para ser justos, esto lo comentó en una entrevista hace veintinueve años, después de ser electo al Congreso. Este mismo hombre también declaró, después de su visita al monumento conmemorativo oficial del

Holocausto en Israel, que el nazismo era un movimiento de izquierda, pues el Partido Nazi tenía la palabra “socialista” en su nombre.

Para Bolsonaro, como para muchos líderes políticos de la actualidad, un “imbécil” es cualquier pensador poco práctico. Dentro de este grupo se encuentran toda clase de idealistas —socialistas, ambientalistas, pacifistas— y también aquellas personas con ocupaciones que no producen nada tangible o rentable, como los profesores de Humanidades o los artistas.

Dicho y hecho, en abril Bolsonaro tuiteó que el Gobierno estaba considerando retirar el financiamiento público a los cursos de Filosofía y Sociología. En cambio, iba a concentrar su gasto en áreas que crean “ganancias inmediatas para los contribuyentes”, como la Ciencia Veterinaria, la Ingeniería y la Medicina.

Tal desdén por las humanidades es un error craso. Si alguien necesita cursos básicos de retórica y filosofía, es el Presidente, quien, frente a los reporteros, parece incapaz de cumplir los más mínimos estándares de razonamiento.

A menudo, responde sus preguntas con perogrulladas sin ton ni son, de manera tan confusa como quien está leyendo un apuntador electrónico borroso y lejano. Luego, invoca un pasaje de la Biblia (“Y conocerán la verdad y la verdad os hará libres” es una de sus favoritas) o alguna trivia fuera de lugar que no tiene casi nada qué ver con el tema a tratar (el que el

Estado de Texas no recaude impuesto sobre la renta es repetitivo). Si todo lo demás no funciona, desacredita la pregunta, el medio informativo e incluso al periodista.

Uno podría preguntarse, ¿cuál es la formación de este hombre? En 1977, Bolsonaro se graduó de la Academia Militar das Agulhas Negras, la cual ofrece una “sólida formación en ciencias exactas, con un grado de complejidad similar al de un título de Ingeniería”, de acuerdo con una página de su biografía en el sitio oficial del Gobierno. Sin embargo, el plan de estudios actual de la academia, de acuerdo con una tesis reciente de maestría, no incluye cursos de Física ni Cálculo. Lo que sí incluye son muchas horas de Filosofía, Sociología, Derecho, Geopolítica, Psicología e Historia Militar. Cuando critica a las Humanidades, el Presidente socava las disciplinas integrales de su propia educación en las ciencias militares.

El Presidente prefiere realzar la capacitación práctica que recibió en la academia por encima de esas inútiles clases de Ética o todas esas tonterías del Derecho Penal Militar.

En una transmisión de Facebook Live de abril, Bolsonaro alabó un curso de reparación de refrigeradores y televisores que tomó como teniente del Ejército hace décadas. “Si practicara esa profesión en la actualidad, ganaría más, mucho más, que la gente con un título universitario”.

El Ministro de Educación estuvo de acuerdo y agregó que la meta principal del Gobierno es impartir las habilidades básicas a los niños, como lectura, escritura y aritmética.

Luego enseñarán una actividad que pueda generar ingresos para el estudiante y su familia.

Basta de Filosofía, Sociología, Literatura y las Humanidades. ¿Quién necesita el razonamiento cuando, sin él, nuestros hijos aún pueden llegar a ser los futuros Presidentes de Brasil?

The New York Times