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Kalamazoo, Michigan

Los mensajes de texto llegaban día y noche con sólo dos datos: género y edad. Con cada mensaje, la trabajadora social en turno en Servicios Cristianos Betania, en Michigan, tenía 15 minutos para encontrar un hogar temporal para otro niño en camino desde la frontera. Un fresco día de invierno en febrero del 2018, Alma Acevedo recibió un mensaje que le quitó el aliento: “4 meses. Varón”.

Desde el verano del 2017, la trabajadora social de 24 años había estado viendo una misteriosa oleada de niños que llegaban de la frontera, la mayoría de ellos provenientes de Centroamérica. Los que tenían la edad suficiente para hablar decían que habían sido separados de sus padres.

“Los niños estaban inconsolables, preguntaban: ‘¿Dónde está mi mamá? ¿Dónde está mi papá?’”, dijo Acevedo. “Y después de eso, lloraban sin cesar”.
Cuando llegó a su oficina después de la medianoche, el bebé llamaba la atención por sus pestañas largas y curvas que enmarcaban sus ojos café oscuro. Tenía brazos y piernas regordetes, lo que indicaba que alguien lo había estado cuidando. Entonces, ¿por qué estaba en Míchigan?

Acevedo se sentó en su computadora y encontró un acta de nacimiento de Rumania que identificaba al bebé, Constantin Mutu, y a sus padres, Vasile y Florentina. Hizo una búsqueda en una base de datos de la agencia federal de Inmigración y Aduanas, que mostraba que el padre del bebé estaba en custodia federal en Texas.

Constantin era el más pequeño de los miles de menores que fueron arrebatados a sus padres debido a una política diseñada para disuadir a las familias que buscaban emigrar a Estados Unidos. La estrategia comenzó casi un año antes de que la Administración Trump la reconociera públicamente en mayo del 2018, y aún se desconoce la cantidad total de afectados. El Gobierno estadounidense aún no ha dicho a los Mutu por qué les quitaron a su hijo y los funcionarios del Departamento de Seguridad Nacional se rehusaron a comentar al respecto.

Pasaron meses antes de que los padres de Constantin lo volvieran a ver. Vasile, su padre, fue sometido a una evaluación psiquiátrica en un centro de detención de Texas porque no podía dejar de llorar; Florentina, su madre, sería hospitalizada por hipertensión debido al estrés.
Constantin desarrollaría apego por una familia estadounidense de clase media, habiendo pasado la mayoría de su vida en su casa en un área rural de Míchigan, y luego fue enviado a casa.

Ahora, con más de un año y medio de edad, aún no puede caminar solo ni ha pronunciado palabra.

Perseguidos en Europa

Aunque la mayoría de las familias que ha cruzado recientemente la frontera de México provienen de Centroamérica, los Mutu venían de mucho más lejos —Rumania, donde desde hace años un pequeño número de solicitantes de asilo busca refugio en Estados Unidos.

Mientras crecían en su pequeña aldea, Vasile y Florentina Mutu ayudaban a sus padres a mendigar para comer. Son miembros de la minoría romaní, que fueron esclavizados en Rumania durante más de quinientos años. Persisten los ataques violentos contra los romaníes en toda Europa. Es común que se vean excluidos de escuelas, empleos y servicios sociales, y grupos de derechos humanos han documentado esterilizaciones forzadas.

Hace más o menos una década, la primera familia romaní de su aldea anunció que partiría a Estados Unidos. Se supo que la familia había triunfado a lo grande. Más familias los siguieron. El hermano mayor de Florentina partió hace algunos años con su esposa y tres hijos. Él había publicado en Facebook fotografías de palmeras, tiendas de autos de lujo y dinero estadounidense.

Para cuando nació su quinto hijo, los Mutu se habían habituado a un sistema en el que recaudaban dinero en otras partes de Europa, mendigando y haciendo trabajo servil, y luego volvían unas cuantas semanas a Rumania, donde el dinero alcanzaba para un poco más.

El alumbramiento de Constantin fue vía cesárea. En plena labor de parto, Florentina firmó documentos que no pudo leer. Cuando regresó al hospital para una revisión, se le informó que el médico también le había ligado las trompas y no podría tener más hijos. Ella y su marido se sintieron devastados.

Poco después, idearon un plan: buscarían asilo en Estados Unidos con sus dos hijos menores y se llevarían a los demás cuando ya estuvieran instalados. Vendieron su casa para pagarle a un hombre que haría los arreglos para llevarlos a Estados Unidos vía México. Florentina empacó una maleta. En el avión, Constantin comenzó a tener fiebre.

Paso por México

La Ciudad de México era un torbellino de caos y ruido. No entendían ni las voces ni los letreros en español. Mendigos golpeaban la ventana de su taxi pidiendo dinero; aunque ellos habían hecho lo mismo en Europa, les daba temor aquí. Se reunieron con un hombre que los condujo a un autobús abarrotado con destino a la frontera.

Los Mutu ocuparon asientos separados y, durante las siguientes horas, se turnaron para cuidar a Nicolas, su hijo de 4 años, y Constantin, a quien le iba aumentando la temperatura gradualmente. Descendieron en una parada y se separaron para buscar medicinas. Vasile se había instalado en el autobús cuando divisó los asientos que habían ocupado su esposa e hijo. Estaban vacíos. Sacó su teléfono para llamar a Florentina, pero ambos habían agotado su saldo haciendo llamadas a Rumania.

Vasile le pagó a un taxista para que lo llevara con Constantin al puente peatonal hacia Estados Unidos, pensando que podría llamar a su esposa cuando llegaran al otro lado.

Ya había oscurecido cuando encontró a un agente migratorio. Mutu explicó que había perdido a su esposa e hijo y que venían huyendo de la persecución en Rumania. Los agentes esposaron a Mutu de pies y manos. Dijo que fue sacado a rastras de la habitación mientras Constantin se quedaba atrás.
Florentina Mutu estaba en la parada de autobús con Nicolas, llorando desde que descubrió que el autobús se había ido sin ella, cuando recibió una llamada. Los agentes fronterizos habían contactado a la madre de Florentina en Rumania y le habían explicado que sería arrestada si cruzaba la frontera. Sus parientes juntaron dinero para que regresaran a casa.

Familia separada

Constantin fue colocado con una familia temporal en Míchigan mientras Acevedo trabajaba para ponerse en contacto con sus padres. Obtuvo un número telefónico de su madre en Rumania e hizo una videollamada. Respondió una mujer que hablaba frenéticamente, pero Acevedo no podía entender, así que abrió la página del Traductor de Google en su computadora y escribió un mensaje sobre Constantin en inglés, que luego reprodujo en rumano.

Acevedo comenzó a hacer videollamadas semanales entre Constantin y su madre. Florentina Mutu lloraba mientras hablaba en rumano.

Vasile Mutu, quien seguía detenido, se hundió en una profunda depresión. De vez en cuando le entregaban documentos en inglés o en español, que no podía leer. Lloraba tanto, que sus compañeros de celda comenzaron a golpearlo. Pensó en suicidarse. “Nadie me decía nada”, dijo.

Tras dos meses en detención, un agente migratorio le hizo una propuesta. Según lo que entendió, si renunciaba a su solicitud de asilo, sería deportado a Rumania con Constantin. Aceptó y, el 3 de junio del 2018, fue liberado de su celda y llevado hasta una camioneta.

En el aeropuerto, se negó a abordar sin el bebé. Los agentes migratorios le dijeron que le entregarían a Constantin una vez que estuviera en su asiento del avión. Pero el avión despegó y el bebé nunca llegó.

Constantin apareció en el tribunal federal de inmigración en Detroit el 14 de junio del 2018. Balbuceó en el regazo de su madre sustituta. Su representante legal de oficio solicitó que el bebé fuera regresado a Rumania tan pronto como fuera posible, por cuenta del Gobierno.
Una abogada del Departamento de Seguridad Nacional argumentó contra la solicitud, pero el juez desechó su argumento, cuestionando la idea “de que el compareciente debiera ser responsable de regresar por su cuenta a Rumania a los 8 meses de edad”.

Para cuando se hizo la reservación del viaje de Constantin para julio, tenía 9 meses y había pasado la mayor parte de su vida en custodia del Gobierno de Estados Unidos.

Después de que partió Constantin, Acevedo renunció a su trabajo después de que todos los niños que le fueron asignados fueron reunidos con sus padres. “No lo pude superar”, dijo.

Regreso a Rumania

Florentina y Vasile Mutu estaban en el aeropuerto de Bucarest cuando finalmente divisaron a Constantin, en los brazos de su madre temporal. Ella se lo entregó a su madre, pero el niño lloró y se estiraba en la dirección contraria.

Los Mutu tuvieron que detenerse varias veces camino a casa para consolar a Constantin, quien gritaba hasta hiperventilarse. Durante semanas, su madre batalló para que comiera y durmiera por lo que intercambió mensajes de texto con la madre temporal, quien le ofreció consejos.

Los Mutu, quienes piensan demandar al Gobierno de EU por daños, han regresado al pueblo donde crecieron.

Constantin ha tardado en aclimatarse. Los ruidos fuertes lo aturden y las multitudes lo hacen llorar, lo cual es un problema, dice su madre, porque ambas cosas son parte de la cultura romaní. “No es el mismo que sería si lo hubiéramos criado nosotros”, afirmó.

La familia Mutu ha vuelto a viajar por Europa para ganar dinero con el fin de comprar otra casa. Ambos padres siguen soñando con regresar a EU.

The New York Times