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Por Matt Wasielewski

A medida que nuestros teléfonos inteligentes se vuelven más cruciales para nuestras vidas, crece la evidencia de que son malos para nuestra salud. Están vinculados a depresión y ansiedad, y el uso del teléfono libera una hormona que contribuye a diabetes, alta presión arterial, infartos y embolias.

El tiempo en pantalla se ha vuelto tan ubicuo que un consorcio de científicos argumentaron en un estudio en la revista Human-Computer Interaction que prefieren el término más amplio “pantalloma” (screenome).

Medir el tiempo que pasa uno en Facebook es una cosa. Pero estos investigadores argumentan que “los científicos necesitan asomarse sobre el hombro de las personas, digitalmente hablando, y registrar todo lo que una persona ve, hace y teclea en todos los dispositivos”, escribió Benedict Carey, en The New York Times.

Ésta es la única manera de obtener un panorama completo de la experiencia de un usuario y sus efectos.

El resultado sería ADN digital, una secuencia de pantallas desarticuladas exclusiva de cada persona. “El punto es que tu hilo es tuyo, y el mío es mío, y lo usamos para regular nuestras emociones y para equilibrar hechos con diversión a nuestra propia manera idiosincrásica”, dijo Byron Reeves, coautor del estudio.

La evidencia sugiere que nuestros smartphones interfieren con nuestro sueño, autoestima, relaciones, memoria, lapso de concentración, creatividad y habilidades de solución de problemas y toma de decisiones, reportó The Times.

Cada sonido de notificación del teléfono eleva el nivel de cortisol en el cuerpo.

El cortisol está asociado con el estrés, y su liberación desencadena cambios en el cuerpo como aumentos en la presión arterial, ritmo cardiaco y glucosa.

El estadounidense promedio pasa cuatro horas al día con la mirada fija en su teléfono y lo revisa hasta 52 veces. Kevin Roose, columnista tecnológico de The Times, en promedio registró 5 horas y 37 minutos y lo abría 101 veces diarias.

“Esto sinceramente es una locura y hace que me quiera morir”, escribió a Catherine Price, su amiga y autora de “Cómo Cortar con tu Móvil”, quien aceptó ayudarlo con una “rehabilitación anticelular” de 30 días.

Roose empezó por colocar una liga alrededor de su teléfono, un “tope” para evitar que lo desbloqueara inconscientemente. Después, borró todas las apps que no le provocaban alegría ni aportaban a su salud y felicidad, “el tratamiento Marie Kondo”, escribió Roose, e inhabilitó todas las notificaciones, salvo las más esenciales.

Al dar caminatas, mantenía su teléfono en el bolsillo y en vez de ello admiraba la arquitectura. Cuando un amigo se demoró para una comida, simplemente miró por la ventana.

Luego de 30 días, Roose apenas promediaba poco más de una hora de tiempo en pantalla y revisaba su teléfono unas 20 veces al día.

Se volvió consciente de lo incómodo que se sentía con el sosiego, empezó a realmente hacer contacto visual durante conversaciones y se unió más con su esposa.

“Hace unas semanas, el mundo en mi teléfono parecía más cautivador que el mundo fuera de internet —más colorido, más vertiginoso y con una mayor gama de recompensas”, escribió Roose.

“Pero ahora, el mundo físico también me emociona —el que tiene cabida para el aburrimiento, manos ociosas y espacio para pensar”.

The New York Times