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BURLINGAME, California — Sarah Jane Bradley era una profesionista soltera, “espiritual, mas no religiosa” de poco más de 30 años cuando se mudó de su casa comunitaria a un convento.

Un grupo de amigos fue con ella.

Llamaron al proyecto Nuns and Nones (Monjas y No Religiosos), y ellos eran los “nones”: millennials progresistas, ninguno de ellos católico practicante. Planeada para ser un proyecto piloto, la inusual situación de compartir casa con las Hermanas de la Misericordia duraría seis meses.

El punta de lanza de la idea fue Adam Horowitz, un judío de 32 años, y el programa piloto estuvo guiado por Judy Carle, una Hermana de la Misericordia de 79 años del Área de la Bahía de San Francisco. Horowitz y sus amigos oyeron el llamado luego de un viaje carretero para visitar comunidades intencionales de vivienda compartida. Estaban pensando en formas en las que podrían llevar vidas activistas radicales, vidas de devoción total a sus causas. Estaban tratando de averiguar quién ya estaba haciendo esto, y cuando Horowitz platicó con un ministro, se le ocurrió. La respuesta eran las monjas.

“Estas son mujeres tremendas y radicales que han llevado vidas dedicadas a la justicia social”, dijo Bradley. “Y podemos aprender de ellas”.

Éstos también son tiempos difíciles para las hermanas. La edad promedio de una monja católica en Estados Unidos es de casi 80 años, y los conventos están cerrando. El número de monjas en EU se ha colapsado por abajo de 50 mil hoy, comparado con 180 mil en 1965. Las hermanas están pasando el liderazgo en escuelas y hospitales católicos a personas laicas.

Al mismo tiempo, los millennials son el grupo demográfico menos religioso en EU —sólo el 27 por ciento asiste a servicios religiosos semanales. Las mujeres jóvenes que aspiran a tener vidas de buenas obras sin un marido pueden hacer eso sin el catolicismo.

Sin embargo, el convento está llamando a pequeños grupos de los jóvenes, urbanos y progresistas. Sus políticas radicales los llevaron a la Iglesia católica.

Cuartos pequeños para millennials

Los millennials llegaron en auto. Las hermanas habían preparado cuartos pequeños para los hombres y mujeres. Cada uno tenía una cama individual, un escritorio, una silla y una Biblia.

Las hermanas no estaban seguras de que exactamente querían saber los jóvenes sobre ellas, y la primera reunión fue un shock.

“Quedé impactada, y les dije a las otras hermanas: ‘nunca adivinarán de qué quieren hablar los millennials: de los votos’”, dijo la Hermana Patsy Harney. “Todo mundo se rió. Fue como un chiste, ¿saben?”.

Pero los millennials hablaban en serio.

La Hermana Harney encontró un libro sobre los votos —pobreza, obediencia, castidad.

“Los millennials lo estaban viendo como si esto fuera el pegamento”, dijo. “Estaban buscando la receta secreta de cómo hacemos esto”.

Las hermanas empezaron a ver que los millennials querían un mapa de ruta para la vida y los rituales, más que un sistema de creencias.

Los millennials trabajaban en sus empleos normales durante el día, pero en las noches y los fines de semana el grupo tenía muchas actividades. Se unieron a las festividades del convento y a la Vigilia Pascual. Les lavaron los pies el Jueves Santo.

Estudiaron a los profetas. Invitaron a las hermanas a la cena de shabbat.

Una noche, un grupo de millennials y hermanas estaban bailando y riéndose. Hacían tanto ruido que un oficial de seguridad llegó, tocó a la puerta y les dijo que la fiesta tendría que continuar en el sótano. Allí continuó.

Una fuerza rebelde

Nuns and Nones hoy opera grupos en alrededor de una docena de ciudades, incluyendo Nueva York y Boston. En cada localidad, grupos de hermanas y millennials se reúnen con regularidad.

El que estos jóvenes progresistas —que trabajan como organizadores comunitarios, artistas y trabajadores sociales— estén hallando respuestas en la Iglesia católica es una sorpresa para las hermanas. Muchos de los jóvenes dicen que ven a la cultura del convento como casi una fuerza rebelde separada, apenas si relacionada con la Iglesia católica, aunque, por supuesto, es una parte integral de la Iglesia.

Wayne Muller, ministro en Santa Fe, Nuevo México, fue quien sugirió a Horowitz que podría valer la pena explorar una asociación entre millennials y hermanas. Dijo que los activistas podrían aprender a evitar el desgaste al estudiar a las hermanas, que han hecho del cambio social un estilo de vida. “El llamado en sí es muy similar”, indicó. “Las hermanas han estado haciendo labor de justicia social radical desde siempre”.

Vida de castidad

Los Nones se sintieron atraídos a los votos de disciplina y sacrificio. Una vida de castidad era especialmente atractiva para ellos.

“Empecé a darme cuenta de que la castidad era una invitación a una ‘relación correcta’ y no sólo se trataba de celibato”, dijo Bradley. “En la era del MeToo, necesitamos relaciones correctas. Necesitamos saber qué significa respetar a la persona y respetar a tu propia persona y ser un conducto para el amor más que para las necesidades del ego”.

Los millennials empezaron a reconsiderar otros votos. La pobreza tiene que ver con una administración de recursos y prosperidad compartida, explicaron. Pero la obediencia, como concepto, era engañosa.

“Suena como que se trata de aceptar órdenes, pero las hermanas me ayudaron a ver que se trata de preparar al corazón para el diálogo y una profunda escucha interna de la verdad”, declaró Bradley.

Pasan misericordia

Otros conventos se interesaron en el programa. Personas en Roma empezaron a preguntar al respecto, y el presidente de la Conferencia de Liderazgos de Mujeres Religiosas, en Chicago, mencionó a Nuns and Nones en un discurso reciente.

“Quieren saber cómo los encontramos y si hay más como ellos”, señaló la Hermana Harney.

Sin embargo, durante décadas, la historia de las hermanas ha sido de disminución.

A media que han estado pasando sus roles de liderazgo en hospitales y proyectos habitacionales a personas laicas, han encontrado que con frecuencia las reemplazan hombres. Y lo que más les preocupa es quién heredará su carisma religioso —el gran don espiritual que conlleva su orden. Para las hermanas, ese don es la misericordia.

Soli Salgado, reportera para Global Sisters Report que ha estado monitoreando al movimiento, dijo que cree que ésta es la preocupación más existencial de las hermanas.

“Cuando hablan de morir, están menos preocupadas sobre asegurarse de que la institución sobreviva y más sobre quién va a heredar el carisma religioso, quién va a continuar esta misión que ha estado impulsándolas todos estos siglos”, señaló.

“Para las hermanas, Nuns and Nones podría ser un vehículo para difundir su carisma”.

The New York Times