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Por Damien Cave

SYDNEY, Australia — En una sala de juntas con cortinas doradas en esta Ciudad, el Cónsul General chino apeló a unas 100 personas reunidas allí a puerta cerrada, todos residentes australianos y ciudadanos de ascendencia china.

Pidió al grupo que ayudara a moldear la opinión pública durante una próxima visita del Primer Ministro de China, Li Keqiang, reportando a los críticos al consulado. Los mítines en apoyo a China deberían ser coordinados, dijo, y pancartas deberían bloquear las imágenes de protestas contra Beijing.

“No somos tropas, pero esta tarea se parece un poco a la naturaleza de las tropas”, dijo Gu Xiaojie, el diplomático, de acuerdo con una grabación de la sesión obtenida por The New York Times y verificada por una persona que estuvo presente en la sala. “Esto es una guerra con muchas batallas”, declaró.

Esta reunión de marzo del 2017, que no fue previamente reportada, es un ejemplo de la forma en que el Gobierno chino participa directamente —y a menudo en secreto— en la actividad política en Australia, convirtiendo a la Nación en un laboratorio para evaluar hasta dónde puede llegar para guiar el debate e influir en las políticas dentro de un socio comercial democrático.

Es una campaña calculada como ninguna otra que haya enfrentado Australia —aprovechando la apertura de la Nación, la creciente población de chinos étnicos y los lazos económicos con China— y ha provocado un debate sobre cómo debería responder Australia.

En otros sitios, China ha sido acusada de canalizar fondos a las campañas de candidatos preferidos en Malasia y Sri Lanka. En Estados Unidos, los esfuerzos de Beijing por reprimir el disentimiento en los campus universitarios causan preocupación.

Y en Europa, organizaciones vinculadas al gobernante Partido Comunista han realizado eventos para líderes políticos y donado millones de dólares a universidades.

China alguna vez buscó propagar la revolución marxista alrededor del mundo, pero su objetivo ahora es más sutil —ganar apoyo para una agenda de comercio y política exterior dirigida a reforzar su postura geopolítica y mantener su monopolio sobre el poder en casa.

Los contornos de su plan de juego son particularmente visibles en Australia, donde el comercio con China ha propiciado el auge económico más prolongado del mundo. Las agencias de inteligencia australianas han advertido de los esfuerzos de Beijing, y es probable que el asunto sea contencioso para el conservador Primer Ministro de Australia, Scott Morrison, quien fue electo en mayo.

Representantes de Beijing cabildean a políticos australianos a puerta cerrada amenazando con castigo económico y persuadiendo a los líderes empresariales y académicos australianos de que transmitan su mensaje.

Beijing ha buscado elevar su presencia en los medios noticiosos australianos al demandar a periodistas por difamación, financiar institutos de investigación y utilizar anunciantes para presionar a los medios de habla china.

Incluso ha promovido a candidatos políticos en Australia con estos medios así como vía el Departamento de Trabajo del Frente Unido, la rama del Partido Comunista para tratar con los chinos en el extranjero, y con contribuciones de campaña hechas por agentes.

Australia debe ahora decidir qué hacer en un momento en que el público está dividido. Muchos australianos temen a China, pero favorecen las buenas relaciones para mantener el crecimiento económico y la estabilidad regional, en especial porque

China representa el 24 por ciento de las importaciones y exportaciones australianas.

Con esa dependencia viene una amenaza implícita: China puede llevarse su dinero a otra parte.

Los negocios australianos vinculados con China se apoyan en políticos sin escrutinio público. “En ningún país hay una ruptura tan profunda entre la seguridad y la comunidad de negocios”, dijo Linda Jakobson, de China Matters, un grupo que estudia políticas en Sydney.

Los críticos dicen que China ha explotado esa ruptura y ha tratado de usar su influencia económica para castigar a Australia por adoptar la nueva ley que exige que quienes trabajan en nombre de un “jefe extranjero” registren sus actividades.

En junio del año pasado, los vitivinicultores australianos dijeron que enfrentaban problemas con sus exportaciones a China y un importante trato para expandir las exportaciones de carne de res refrigerada se estancó. En enero y febrero, China también retrasó las importaciones de carbón de Australia en algunos puertos.

Beijing negó cualquier esfuerzo por castigar a Australia, y los políticos australianos han desestimado estas disputas.

 The New York Times