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Por Rod Nordland

YAKAWLANG, Afganistán — Las chicas comenzaron a aparecer alrededor de las 7:00 horas, convergiendo desde distintas direcciones en la pequeña escuela en la parte baja del valle.

Con sus uniformes color azul cielo y velos musulmanes blancos en la cabeza, muchas de las niñas, de 7 a 18 años de edad, ya tenían una hora o más de estar caminando.

Para las 7:45, estaban reunidas para la asamblea en el patio de la Escuela Rustam, en una esquina remota del Distrito Yakawlang en Afganistán. Es la única escuela preparatoria de la zona y cuenta con 330 alumnas y 146 alumnos inscritos.

La escuela carece de electricidad, calefacción, computadoras funcionales y copiadoras. Los profesores redactan a mano muchos de los materiales escolares. Una maestra dijo que tiene menos libros que estudiantes.

Sin embargo, 60 de los 65 graduados de la generación 2017 de Rustam fueron aceptados en las universidades públicas de Afganistán, una tasa de admisión universitaria del 92 por ciento. Dos tercios de los admitidos eran del sexo femenino.

A diferencia de la mayoría de las escuelas afganas, Rustam mezcla niños y niñas en sus salones de clases. “Los hombres y las mujeres son iguales”, dijo Mohammad Sadiq Nasiri, el director. “Tienen los mismos cerebros y los mismos cuerpos”.

“Les decimos a los niños y a las niñas que no hay diferencia entre ellos y que todos estarán juntos cuando vayan a la universidad, así que deben aprender a respetarse”, agregó.

En uno de los últimos días del semestre de primavera, Badan Joya, una de cinco maestras entre los doce docentes de la escuela, impartía una clase de matemáticas en una de las carpas. Un pedazo de cartón pintado de negro era su pizarrón.

Preguntó a sus estudiantes, casi todas niñas, cuál era su materia favorita. “Matemáticas”, dijeron.

Eso no es sorprendente en Rustam; el 40 por ciento de las preguntas en los exámenes de admisión a la universidad son de matemáticas. Y las niñas dominan la materia.

La mejor estudiante en la clase de matemática del ultimo año de preparatoria es Shahrbano Hakimi, de 17 años. Hakimi también es la mejor estudiante en su clase de computación, donde, en un día reciente, las chicas estudiaban el sistema operativo

Windows, en libros. Sólo uno de los estudiantes tenía una computadora en casa.

“Lo que más deseo en el mundo es una computadora portátil”, comentó Hakimi.

Cuando el talibán gobernaba Afganistán, la educación para las niñas quedó prohibida y las mujeres quedaron principalmente confinadas a sus casas, particularmente en las áreas rurales.

La pasión local por la educación es una reacción a esa era, dijeron las maestras. Joya, de 28 años, no comenzó a estudiar sino hasta después de la caída del talibán cuando tenía 11 años; no sabía leer ni escribir.

“Tuve que comenzar de cero”, dijo. “Les contamos sobre el talibán y lo que nos hizo, y les decimos: ‘ahora tienen una oportunidad; deben aprovecharla’. Nos escuchan. También lo oyen en casa de voz de sus madres y tías”.

Las niñas en Rustam están altamente motivadas. “Honestamente, las chicas son mejores que los niños; son más serias”, dijo Nasiri. “Estos chicos saben que no puedes esclavizar a alguien que ha recibido educación”.

Amina, que usa sólo un nombre, es la mejor estudiante de toda la escuela. Es afortunada, dijo, porque su padre también estudió, aunque su madre es analfabeta.

Será la primera de ocho hermanos en terminar la preparatoria. Espera ir a la Academia Mawoud, en Kabul, una escuela universitaria preparatoria y espera estudiar Medicina.

Hakimi también sueña con convertirse en doctora, en parte porque su madre sufre problemas de la vista, y su padre casi está sordo a sus 65 años. Ambos son analfabetas.

“Yo no estudié”, dijo su padre, Ghulam Hussein. “Sólo soy un campesino. No quiero que ellos tengan la misma vida”. De sus 11 hijos, un hijo y dos hijas ya llegaron a la universidad.

“Estoy muy orgullosa de ellos”, dijo Zenat, la madre de Hakimi.

Su familia también es un ejemplo de por qué hay menos varones en la escuela. Su hijo Ali, de 9 años, se queda en casa para ayudar a sus padres, mientras que su hijo Reza, de 12, labora en los campos. Sin embargo, todas las hijas están en la escuela.

Además de dirigir Rustam durante los últimos seis años, Nasiri ha mantenido con su sueldo de menos de 200 dólares al mes a cuatro hijas y dos hijos con su esposa Roya, de 45 años. Contrajeron matrimonio en la época del talibán; él le enseñó a su esposa a leer y escribir.

“Hablamos de ello y decidimos que ella debería ir a la escuela”, dijo. “A los niños les va mejor cuando su madre ha estudiado”, dijo.

The New York Times