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Por Adam Nossiter

SAINT-PIERRE-D’OLÉRON, Francia — El gallo estaba enojado y no estaba en su mejor momento. Se pavoneó, cloqueó y esponjó su plumaje. Pero no cantó.

“Se fijan, está muy estresado”, dijo su dueña, Corinne Fesseau. “Yo estoy estresada, así que él está estresado. Ya ni siquiera canta”. La mujer levantó a Maurice y lo abrazó. “Es sólo un bebé”, dijo.

Maurice se ha vuelto el ave más famosa de Francia, símbolo de un eterno conflicto francés entre aquellos para quienes la campiña francesa es meramente un telón de fondo para unas vacaciones placenteras, y la gente que en realidad vive allí.

Maurice y su dueña están siendo demandados por unos vecinos.

Se trata de vacacionistas de verano que, al igual que miles más, vienen por unas cuantas semanas al año a Saint-Pierre-d’Oléron, el poblado principal en una isla frente a la costa occidental de Francia llena de pantanos.

Estos vecinos, una pareja jubilada de la cercana ciudad central de Limoges, dicen que el gallo hace demasiado ruido y los despierta. Quieren que un juez ordene su retiro.

Pero para decenas de miles de personas en toda Francia que han firmado una petición a favor del gallo, y para muchos Alcaldes franceses de ciudades pequeñas, Maurice se ha vuelto una causa nacional. El gallo galo cantador debe ser protegido, afirman. El animal tiene derecho a cantar, la campiña tiene derecho a sus sonidos y los forasteros no son quiénes para dictar sus costumbres a los habitantes rurales.

Fesseau, una mesera jubilada que ahora es cantante de baladas, ve las cosas principalmente desde la perspectiva de Maurice.

“Un gallo necesita expresarse”, afirmó.

El Alcalde de esta minúscula capital isleña, Christophe Sueur, ve una amenaza más amplia. “Tenemos valores franceses que son clásicos, y tenemos que defenderlos”, señaló. “Una de estas tradiciones es tener animales de granja. Si vienen a Oléron, tienen que aceptar lo que hay aquí”.

En el verano, la población normal de la isla de 22 mil puede multiplicarse por 20.

“Una minoría quiere imponer su estilo de vida”, dijo el Alcalde, al recordar que algunos vacacionistas incluso habían exigido silenciar las campanas de la iglesia.

La pareja de Limoges, Jean-Louis Biron y Joëlle Andrieux, han solicitado a un juez que haga que Fesseau y su esposo detengan “las molestias consecutivas a la instalación de su gallinero, y en particular el canto de Maurice, el gallo”.

Insisten en que el entorno es urbano, y entonces Maurice no tiene derecho de cantar.

“Urbano” parece una exageración. La pequeña casa de Fesseau con persianas en color azul brillante se ubica a las orillas de este tranquilo pueblo de 6 mil 700 habitantes.

El abogado de la pareja, Vincent Huberdeau, dijo que sus clientes construyeron su casa hace unos 15 años y habían disfrutado unas vacaciones pacíficas hasta que Fesseau instaló su gallinero en el 2017.

“Las han retratado como personas hostiles hacia la naturaleza”, dijo Huberdeau. “Pero, para nada es así. No tienen nada en contra del mundo rural”.

Renaud Morandeau, un pescador que vive al lado, resumió las cosas sin rodeos.

“Nunca lo he oído”, declaró. “Ni siquiera entiendo por qué tanto alboroto.

“Y aun si lo hubiera escuchado, qué importa, es un gallo”, añadió.

The New York Times