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Por David Segal

GORI, Georgia — He aquí sólo algunos de los datos que los visitantes aprenden durante un recorrido guiado del Museo de Stalin en Gori, la pequeña ciudad georgiana donde nació el ex líder soviético.

Joseph Stalin era buen cantante. Escribía poemas. Durante su régimen, 9 mil paraestatales fueron fundadas.

Abierto en 1957, cuatro años después de la muerte de Stalin, el museo está lleno de pinturas, fotografías y recuerdos personales.

El tono es de admiración, una narrativa inspiradora sobre un niño pobre que, contra grandes probabilidades y pese a numerosas estancias en prisiones zaristas, ascendió a los niveles más altos del poder. Los pisos tienen alfombras rojas. La mascarilla mortuoria de Stalin descansa sobre un pedestal de mármol, como un líder amado yaciendo en capilla ardiente.

Ubicada entre Rusia y Turquía, Georgia es un país pequeño con una gastronomía celebrada, paisajes magníficos —y una escasez de atracciones turísticas de renombre mundial. Desafortunadamente, una de las pocas que sí tiene es el hombre bautizado como Ioseb Besarionis dze Jughashvili, hijo de un zapatero, que se convirtió en uno de los mayores criminales de la humanidad.

Esto ha presentado un dilema para los funcionarios georgianos. ¿Cómo puede un país vender, si es que es posible, un monstruo criado en casa al resto del mundo?

Parte de la respuesta puede radicar en lo que falta en el recorrido. No hay referencia al gulag, los campamentos de trabajos forzados y las prisiones que cobraron más de un millón de vidas. Tampoco hay mención alguna del Gran Terror, la campaña de purgas y ejecuciones de Stalin en los años 30.

Se hace una referencia fugaz a la colectivización de las granjas soviéticas, que llevó a la muerte por inanición de aproximadamente 4 millones de ucranianos, pero si uno nunca hubiera oído de esta atrocidad, podría pensar que fue un éxito ganado a pulso y estropeado por unos deslices.

“Se cometieron muchos errores en la Unión Soviética durante la colectivización”, señaló una guía, caminando con pasos enérgicos. “No obstante, se crearon granjas colectivas”.

Stalin sigue siendo una atracción importante, particularmente entre los chinos y rusos. Unas 162 mil personas visitaron el Museo de Stalin el año pasado, de acuerdo con Taia Chubinidze, una trabajadora del museo.

Stalin inspira emociones profundas en Georgia. Esto es particularmente cierto en Gori, donde muchas personas, sobre todo las mayores, lo veneran como un hombre que construyó un imperio y venció a los nazis en la Segunda Guerra Mundial. “Fue un genio”, aseguró una.

Para muchos georgianos más jóvenes, las opiniones pro Stalin como éstas son inquietantes. Stalin victimizó a este País durante décadas. Más de 400 mil georgianos fueron deportados, la mayoría de ellos muerta a tiros.

Décadas después de sacudirse al régimen soviético, Rusia retiene una presencia ominosa en Georgia. En el 2008, Gori fue uno de los poblados que Rusia bombardeó y ocupó durante una guerra corta y desastrosa que dejó al 20 por ciento del País —aunque no Gori— en manos rusas.
A muchos de los lugareños no parece importarles. Ayuda que Stalin atrae muchos laris, la moneda georgiana.

The New York Times