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Por Kirk Semple

SAN MARTÍN, El Salvador — Rosa Ramírez le suplicó a su hijo, exhortándolo a no dejar El Salvador para irse al norte con su esposa y su pequeña hija. Los riesgos eran demasiado altos.

Él no veía otra opción. Él y su esposa apenas se las arreglaban con lo que ganaban, dijo Ramírez, y habían cifrado sus esperanzas en llegar a Estados Unidos.

Nunca llegaron.

El hijo de Ramírez, Óscar Alberto Martínez Ramírez, de 25 años, y su hija de 23 meses, Angie Valeria, se ahogaron el 23 de junio mientras trataban de cruzar a Texas.

Su destino, captado en una fotografía de padre e hija boca abajo en las cenagosas aguas del Río Bravo, se ha vuelto un punto focal en el debate sobre el flujo de migrantes que avanza hacia la frontera estadounidense —y en la determinación del Presidente Donald Trump para detenerlo.

Pero para muchos residentes aquí, en San Martín, la ciudad natal de Martínez, los esfuerzos de Trump por bloquear a los migrantes han tenido poco impacto en la decisión de emprender el peligroso viaje.

“Podrá decir lo que quiera, que va levantar un muro de no sé cuántos metros”, dijo José Alemán, de 48 años, socio en un negocio local de lavado de autos. “Pero se siguen yendo”.

La muerte de Martínez y su hija ha resaltado un importante motor de la migración desde Centroamérica y otros lugares: la coerción económica. La pobreza y la falta de buenos empleos ha impulsado a muchos a partir.

La familia Martínez logró llegar hasta la norteña ciudad fronteriza mexicana de Matamoros, donde, de acuerdo con familiares, esperaban cruzar a Estados Unidos y solicitar asilo. Al enterarse de que el puente a Texas estaba cerrado, decidieron en cambio vadear el Río Bravo.

Martínez se fue adelante con la hija de la pareja sobre la espalda, debajo de su camiseta. Su esposa, Tania Vanessa Ávalos, lo seguía, sobre la espalda de un amigo de la familia, relató ella a las autoridades.

Cuando Martínez se acercaba a la orilla contraria, estaba visiblemente cansado en las agitadas aguas, dijo Ávalos a las autoridades. Nerviosa, decidió regresar nadando al lado mexicano, pero vio a su esposo e hija ser arrastrados.
“Yo no quería que fueran”, declaró Ramírez, en una entrevista en la pequeña vivienda de dos recámaras que compartía con su hijo y la familia de éste. “Pero no tomaron mi consejo”.

Ramírez dijo que su hijo y su familia no huían de la persecución o de la amenaza de ésta, requisitos para obtener asilo en Estados Unidos.
Migraron “sólo debido a la situación económica”, señaló. “Lamentablemente, los salarios aquí son muy bajos y no son suficientes”, añadió.

“No hay oportunidades, no hay trabajo”, dijo Víctor Manuel Rivera, Alcalde de San Martín. Estimó que alrededor del 50 por ciento de los habitantes con preparatoria terminada está desempleado. “Todos los días lo escucho: ‘me voy a Estados Unidos’”, afirmó.

La gente aquí habla de “la situación”, la lucha económica que muchos enfrentan. El contrapunto a menudo es sencillo: “el sueño americano”.

Martínez y Ávalos pasaban momentos difíciles con sus sueldos de unos 300 dólares al mes, que ganaban trabajando en restaurantes de comida rápida. El otoño pasado, empezaron a hablar sobre migrar a Estados Unidos.

En los últimos años, el Municipio ha visto un marcado incremento en el número de familias que migran, parte de una ola de migración familiar de Centroamérica.

Después de que los cuerpos fueron descubiertos, Ramírez se la pasaba viendo las fotos de su hijo y nieta en su teléfono celular. Finalmente, su hija las borró para evitarle el dolor.

“No arriesguen la vida de sus hijos”, aconsejó, con la esperanza de disuadir a otros de emprender el peligroso viaje a la frontera. “Los que estén pensando en esto, no lo hagan.

“Prefiero vivir aquí, en la pobreza, que arriesgar mi vida”, añadió. “Pero no todos pensamos igual”.

The New York Times