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Por Hannah Beech

BANGKOK — Sirawith Seritiwat, un activista pro democracia, corría para tomar un autobús cuando los hombres lo atacaron, golpeando su cabeza hasta que se le fracturó la cavidad ocular, se le rompió la nariz y sus ojos se bañaron de sangre.

Sentada cerca de su habitación de hospital en Bangkok, Patnaree Chankij, la madre de Sirawith, dijo que consideraba afortunado a su hijo. “Estoy sonriendo porque mi hijo no está muerto”, afirmó. “Es intrépido y seguirá luchando por sus creencias”.

Al tiempo que Tailandia ha hecho la transición del régimen de una junta militar al régimen de un liderazgo recién electo que desdeña muchos principios de la gobernanza democrática, un grupo de activistas ha argumentado que el País merece más.

Su campaña pacífica —pequeños mítines en parques, comentarios en Facebook y uno que otro himno de protesta— ha sido recibida con intimidación. El ataque del 28 de junio contra Sirawith, quien ya había sido golpeado recientemente, es uno de alrededor de 10 casos en el curso del último año en que activistas han sido atacados.

Aún más alarmante, disidentes que viven en el vecino Laos han aparecido muertos en el Río Mekong con sus estómagos llenos de concreto.

“El hecho de que las autoridades tailandesas no han investigado seriamente estas agresiones alienta ataques futuros y a la vez sugiere un posible papel de los funcionarios”, señaló Brad Adams, director en Asia de Human Rights Watch.

Como muchos activistas, Sirawith, de 27 años, ha estado envuelto en diferentes juicios, con cargos que van desde formar reuniones políticas ilegales y estar en desacato hacia el tribunal hasta contravenir la Ley de Crímenes Cibernéticos de la nación. “No recuerdo exactamente qué es cada uno, pero sé que los cargos contra él son ridículos”, aseguró Weerachai Fendi, amigo de Sirawith que enfrenta sus propios retos legales.

La elección más reciente, en marzo, resultó en que Prayuth Chan-ocha, líder de la junta militar detrás de un golpe de Estado en el 2014, se quedara como Primer Ministro. Pero los observadores han cuestionado la legitimidad de la votación.

Sirawith es un egresado en ciencias políticas de la Universidad Thammasat, una de las mejores universidades de Tailandia. A diferencia de muchos estudiantes, fue criado por una madre que dependía de trabajos esporádicos para sobrevivir.

Tailandia tiene una de las brechas más grandes entre ricos y pobres, y la enorme clase marginada del País ha votado consistentemente por un bloque político que ha sido destituido dos veces por golpes de Estado.

En un barrio proletario de Bangkok, el activista político veterano Aekachai Hongkangwan vive bajo un arresto domiciliario autoimpuesto. Desde enero del 2018, ha sido atacado siete veces. Su auto ha sido quemado en dos ocasiones. Más recientemente, su mano fue fracturada y su rostro golpeado.

“Lo que le pasó a Ja New muestra que las cosas se están volviendo más temibles”, dijo Aekachai, refiriéndose a Sirawith por su apodo.

En el hospital donde se recupera Sirawith, un grupo de activistas se reunió en el lobby y levantó sus dedos en un saludo de tres dedos. El gesto, tomado de la serie de ciencia ficción “Los Juegos del Hambre”, es considerado un acto de desafío tan serio que los tailandeses que se atrevieron a realizarlo han sido detenidos por las autoridades.

“Quieren intimidarnos”, aseveró Weerachai.

“Temo por mi seguridad, por supuesto”, dijo. “Pero no nos detendremos”.

The New York Times