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Por Katrin Bennhold

BERLÍN — Las amenazas de muerte iniciaron en el 2015, cuando Walter Lübcke defendió la política para refugiados de la Canciller Angela Merkel. Un político regional del partido conservador de Merkel, visitaba los pueblos en su distrito y explicaba que acoger a los necesitados era una cuestión de valores alemanes y cristianos.

Llegaron a raudales correos electrónicos de odio. Su nombre apareció en línea en una lista neonazi de blancos de asesinato. Su dirección fue publicada en internet. Un video en el que aparecía fue compartido cientos de miles de veces, junto con emojis de pistolas y llamados explícitos a asesinarlo: “Denle un tiro ya a este bastardo”.

Y entonces, alguien lo hizo.

El 2 de junio, Lübcke, de 65 años, recibió un tiro en la cabeza en su porche, en lo que parece ser el primer asesinato político de extrema derecha en Alemania desde la era nazi. El sospechoso —quien confesó el mes pasado, sólo para retractarse después— tiene un pasado neonazi y antecedentes penales.

La militancia de extrema derecha está resurgiendo en Alemania, horrorizando a un País que se enorgullece de lidiar de manera franca con su pasado homicida. El lenguaje de odio se ha vuelto común y los políticos están cada vez más bajo amenaza.

El discurso de odio ha estado surgiendo por todos los rincones de Europa.

En Gran Bretaña, la legisladora Jo Cox murió tras recibir un disparo y ser apuñalada por un simpatizante de ultraderecha una semana antes del referendo del Brexit en el 2016. En Polonia, el Alcalde liberal de Gdansk, Pawel Adamowicz, fue asesinado en enero tras ser el blanco de una incesante campaña de odio en su contra en la televisora estatal.La agencia de inteligencia nacional de Alemania, conocida como Oficina Federal para la Protección de la Constitución, fue establecida tras la Segunda Guerra Mundial con el objetivo de evitar el auge de fuerzas antidemocráticas, como otro partido nazi. Sin embargo, con el arribo de más de un millón de migrantes desde el 2015, muchos de ellos de países musulmanes, la agencia ha concentrado recursos en las amenazas del terrorismo islamista.

Hoy la dependencia estima que hay 24 mil extremistas de ultraderecha conocidos en Alemania, 12 mil 700 de ellos potencialmente violentos.

El sospechoso en el homicidio de Lübcke, Stephan Ernst, de 45 años, era bien conocido por las autoridades. Se codeaba con un partido neonazi y apuñaló casi de muerte a un inmigrante en 1992. Pasó tiempo en prisión tras un intento de bombazo y tenía al menos cinco armas, entre ellas una ametralladora y la pistola calibre .38 usada en el asesinato de Lübcke.

Políticamente, Alemania vio un marcado repunte en la furia de derecha tras la crisis migratoria del 2015. El partido de extrema derecha Alternativa para Alemania, también conocido como AfD, conmocionó al establishment al ganar votos suficientes para ocupar escaños en el Parlamento.

Algunos analistas dicen que aunque Alternativa para Alemania no ha sido vinculado directamente con la violencia política, la presencia ruidosa del partido ha contribuido a la normalización del lenguaje violento que amenaza con legitimar la violencia en sí.

“La gente en la línea de frente de la defensa de nuestra sociedad abierta se ha convertido en el blanco”, manifestó Henriette Reker, la Alcaldesa de Colonia. En el 2015, fue apuñalada en la garganta por un hombre quien dijo que quería enviar un mensaje sobre la política para refugiados del País. Ahora tiene guardias apostados afuera de su oficina.

Poco después del asesinato de Lübcke, Reker recibió un correo electrónico escalofriante.

“¡Sieg Heil y Heil Hitler!”, rezaba. “La fase de depuración ha iniciado con Walter Lübcke. Muchos más le seguirán. Incluyéndote a ti. Tu vida llegará a su fin en el 2020”.

Los extremistas de ultraderecha alemanes han perpetrado 169 homicidios desde 1990, de acuerdo con una investigación realizada por dos periódicos alemanes, Die Zeit y Der Tagesspiegel.

Tanjev Schultz, un experto en extremismo de ultraderecha, dijo que las nuevas amenazas contra políticos evocaban a la República de Weimar, el periodo entre las dos guerras mundiales, cuando terroristas de extrema derecha asesinaron a políticos para desestabilizar la joven democracia alemana.

“Desestabilizar al Estado siempre ha sido el objetivo estratégico de los neonazis, pero las autoridades alemanas nunca lo han visto de esa manera”, afirmó Schultz. “Han tendido a ver la violencia de ultraderecha como el resultado de actos aleatorios”.

Ha habido una notoria desconexión entre la fuerte conciencia colectiva alemana de su pasado nazi y su conciencia colectiva mucho más débil del terrorismo neonazi en décadas recientes, afirmó.

A inicios de la década del 2000, terroristas neonazis asesinaron a nueve inmigrantes en el curso de siete años, aún al tiempo que informantes pagados de la agencia de inteligencia ayudaban a ocultar a los líderes del grupo y desarrollar su red.

Stephan Kramer, el jefe de inteligencia de la agencia en el Estado de Turingia, en el este de Alemania, quien fue nombrado tras el escándalo, dijo que seguía siendo difícil cambiar las actitudes.

Cuando su agencia reportó la escalada de la amenaza de ultraderecha a funcionarios de inteligencia a nivel federal, reveló que, “se nos dijo que el terrorismo de extrema derecha no existe y nos acusaron de exagerar”.

Armin Laschet, un prominente político conservador, declaró, “nunca, desde su creación, había estado nuestra República bajo tanta presión de la extrema derecha como lo está ahora”.

The New York Times