• |
  • |

Por Peter S. Goodman

ARHAVI, Turquía — Las hileras escalonadas de plantas de té que suben por las colinas sobre el Mar Negro solían destellar como el dinero. Últimamente, parecen otra víctima más de la larga y agobiante crisis económica de Turquía.

Lipton, el gigante multinacional, recientemente abandonó la producción en una de sus tres fábricas procesadoras de té en la región. Ha recortado las compras de té de los productores locales, deprimiendo el comercio en ciudades y pueblos vecinos.

“Todo está conectado”, se lamenta Vasfi Kurdoglu, el Alcalde de Arhavi. “El cierre de la fábrica de Lipton es lo peor que ha sucedido. Ha afectado a todo mundo: tiendas de alimentos, panaderías, choferes de camiones que transportan té de aquí a Estambul”.

Más de un año después del inicio de una calamidad económica que ha sacudido el dominio del autoritario Presidente de Turquía, Recep Tayyip Erdogan, esta nación de 80 millones de habitantes sigue atorada en una incómoda proximidad a la crisis.

La moneda turca sigue siendo golpeada, mientras que sus deudas extranjeras siguen siendo descomunales. La inflación y el desempleo son altos. El crecimiento económico es mínimo.

La mayoría de los economistas sostiene que Erdogan debe aceptar tasas de interés por arriba del nivel ahora asfixiante del 24 por ciento para disuadir a los inversionistas de abandonar Turquía.

Sin embargo, todas las señales apuntan a que Erdogan forzará que bajen las tasas de interés, al tiempo que bombea créditos a los negocios y las familias del País. Eso debe estimular el gasto y el crecimiento económico, pero a costa de la fe restante en la divisa, produciendo más inflación y pérdidas bancarias que exponen a una crisis a gran escala.

“Todo se está deshaciendo”, afirmó Fadi Hakura, un experto en Turquía en Chatham House, una institución de investigación en Londres. “El Gobierno está tan casado con este modelo de consumo que esto finalmente llevará a un colapso económico”.

Erdogan ha demostrado ser un maestro del crecimiento, utilizando la influencia sobre el aparato financiero para dirigir créditos a sus compinches en la industria de la construcción. Pero a medida que los inversionistas han tomado nota de la deuda producida por ello, se han marchado. En los últimos dos años. La lira ha perdido el 40 por ciento de su valor frente al dólar. La caída ha elevado los precios de mercancías importadas, ocasionando que la inflación alcance el 19 por ciento.

Algunos dicen que el Gobierno tiene margen para ayudar a las compañías en problemas. Oficialmente, la deuda nacional ascendió el año pasado a un manejable 30 por ciento de la producción económica anual. Sin embargo, los mecanismos financieros de Turquía son opacos.

“Cuando fracasen estos proyectos importantes, va a ser el Gobierno el que tendrá que rescatarlos”, dijo Hakura. “Las cifras de la deuda pública son un espejismo”.

Las compañías más conocedoras están explotando la debilidad como una oportunidad. Reha Medin Global, una empresa de bienes raíces, ha visto desplomarse las ventas nacionales. “Todo mundo está a la espera”, dijo el propietario de la compañía, Tamer Cicekci.

Su negocio ha crecido al enfocarse en compradores de Irak, Irán y China, quienes han sacado provecho de la lira débil para acaparar propiedades a precios rebajados. Las ventas a extranjeros han aumentado 40 por ciento en el último año, informó Cicekci.

Pero incluso las compañías exitosas son vulnerables. Desde que abrió su primera mueblería en el 2012, Hamm Design ha sido acogida por los turcos. Apenas el año pasado, sus ventas se duplicaron.

Este año, las ventas han bajado un tercio, al tiempo que el costo de la materia prima se ha disparado.

“La gente ha perdido su empleo y no tiene seguridad”, indicó Idil Ozbek, copropietario de la compañía. “No saben qué pasará en dos o tres meses. Piensan, ‘es mejor conservar lo que tengo y no gastar dinero’”.

The New York Times