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Por Constant Méheut

GRANDE-SYNTHE, Francia — Coloridos condominios con lámparas de bajo consumo energético han reemplazado edificios viejos y monótonos. Jardines comunitarios han brotado al pie de los proyectos de vivienda pública. Y una nueva flotilla de autobuses opera con gas natural —con tarifas gratuitas.

No es lo que uno esperaría de un pueblo costero desolado en una ruinosa zona industrial de Francia. Pero Grande-Synthe, cerca de Dunkerque, al norte del País, destaca como un laboratorio para el ambientalismo de clase trabajadora.

Ésa fue la visión de Damien Carême, militante del Partido Verde y Alcalde de Grande-Synthe desde el 2001, quien fue electo en mayo al Parlamento Europeo, que él tiene la intención de usar como escenario más grande para extender su idea de “ambientalismo social”.

“La gente tiene que entender que las políticas verdes son la mejor respuesta a las problemáticas sociales y económicas”, aseguró Carême, una tarde reciente.
Grande-Synthe, un pueblo de unos 23 mil 600 habitantes, ha sufrido por el cierre de fábricas obsoletas, dejándolo con una tasa récord de desempleo del 28 por ciento, muy por arriba de la tasa promedio del 8.7 por ciento en Francia. Más del 30 por ciento de las familias vive por debajo de la línea de pobreza.

Este año, Grande-Synthe espera ahorrar unos 560 mil dólares en luz mercurial gracias a la instalación de luminarias LED de bajo consumo energético. El ahorro será aplicado a un nuevo complemento al ingreso para personas que viven por debajo de la línea de pobreza.

Carême se volvió bien conocido cuando el Estado francés se negó a ayudar a Grande-Synthe a albergar a unos 2 mil 800 migrantes que vivían en condiciones precarias durante el apogeo de la crisis migratoria del 2015.

Con la ayuda de Médicos Sin Fronteras, Carême decidió construir un campamento con las condiciones sanitarias apropiadas para casi mil 500 personas, convirtiéndolo en uno de los escasos Alcaldes en Francia en acoger a migrantes.

Cuando se trata de un impacto perdurable para sus políticas ambientales, aún no hay una opinión definitiva. Para Yannick Lefranc, de 39 años, quien asistió a la escuela en Grande-Synthe, las políticas de Carême son sólo palabras bonitas.

“Está tratando de hacer que la realidad sea más bella, pero la verdad es que la Ciudad apenas sobrevive”, indicó.

Detrás de Lefranc había bodegas enormes que son parte de un gran parque industrial que se extiende kilómetros a lo largo de la costa. Incluye la planta nuclear más antigua de Francia y docenas de fábricas que emiten un denso gas blanco.

“Nos criamos con estas fábricas”, dijo Lefranc. “Eso es lo que alimenta a nuestras familias aquí”.

La paradoja es que las políticas verdes de Grande-Synthe dependen de una industria en declive de la que el pueblo obtiene la mayoría de sus recursos económicos, particularmente en impuestos a empresas.

Es un argumento que Carême reconoce, aún al tiempo que intentaba desarrollar un nuevo ecosistema empresarial menos dependiente de la vieja industria.

Hace poco, el pueblo rentó un terreno de 82 hectáreas, la “Granja Urbana”, a agricultores al precio de mercado más bajo.

“Sin esto, nunca habría emprendido este proyecto”, afirmó Gérald Maison, un granjero de 41 años. Sus vegetales ahora se consumen en las cafeterías escolares de Grande-Synthe.

The New York Times