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Aida Alami

ALMONTE, España — Hace poco más de un año, una joven madre dejó a sus hijos al cuidado de su esposo en Marruecos y se fue a trabajar a un campo de fresas en la costa suroeste de España.

Embarazada por tercera ocasión y necesitada de dinero, le hicieron creer que podría ganar unos cuantos miles de euros por varios meses de trabajo, casi lo que se gana en un año en Marruecos. En lugar de ello, ahora está varada en España, a la espera de juicio después de unirse a nueve mujeres más del mismo campamento, Doñaña 1998 d’Almonte, que han interpuesto demandas derivadas de sucesos ocurridos ahí, incluyendo acusaciones de hostigamiento y abuso sexual, violación y trata de personas.

Como otras mujeres entrevistadas, la joven madre pidió que solo la identificaran con sus iniciales, L. H. Los esposos de algunas de las mujeres, entre ellas L. H., ya han solicitado el divorcio.

Las mujeres dijeron que a menudo no tenían más opción que soportar el abuso, y los expertos están de acuerdo.

“Las ponen en una situación en la que carecen de recursos, y su sexualidad se convierte en una forma para sobrevivir”, dijo Emmanuelle Hellio, una socióloga que ha hecho una crónica sobre las condiciones en los campos. “El sexismo y el racismo provocan situaciones en las que no pueden quejarse y las relaciones de poder hacen que sea especialmente difícil denunciar los abusos”.

L. H. dijo que su jefe comenzó a hostigarla sexualmente poco después de su llegada. La presionó para tener sexo prometiéndole una mejor vida y mejores condiciones de trabajo.

Cuando se resistió, “comenzó a obligarme a trabajar más arduamente”, dijo, mientras trataba de calmar a su bebé, que nació en España. “Las otras chicas me ayudaban cuando el trabajo en el campo se volvía demasiado difícil para mí”.

Ahora vive con las otras mujeres en un lugar que pidió que se mantuviera confidencial, mientras aguardaban el juicio.
“Estoy deprimida y me da miedo buscar trabajo”, comenta.

Las fresas son llamadas el oro rojo de España, el exportador número uno de esa fruta en Europa, donde son la base de una industria de 650 millones de dólares. Andalucía, donde trabajaban las mujeres, produce el 80 por ciento de las fresas de España.

Bajo un acuerdo del 2001, miles de mujeres marroquíes trabajan de abril a junio en el cultivo y cosecha de la fruta. El acuerdo especifica que las trabajadoras de temporada deben provenir del campo, donde la pobreza y la falta de empleo son generalizadas, y deben ser madres, para que quieran regresar a casa, lo cual hace la mayoría.

Durante años, los investigadores académicos y activistas se han quejado de las condiciones de trabajo en las granjas aisladas, pero las autoridades en España y Marruecos han tomado escasas o ninguna medida, señalaron funcionarios de los sindicatos laborales locales.

Pero hace más de un año, las 10 mujeres alzaron la voz y desde entonces han obtenido el apoyo de sindicatos, activistas y recaudación de fondos en línea.

La primera en hablar fue H. H., de 37 años, quien dijo que ya no podía soportar en silencio las duras condiciones de trabajo y la cultura generalizada de hostigamiento sexual e incluso violaciones en los campos.

“Me sentía como una esclava, como un animal”, dijo. “Nos trajeron para explotarnos y después enviarnos de regreso. Desearía haberme ahogado en el mar antes de llegar a España”.

The New York Times