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Andrew Higgins

KOSAVA, Bielorrusia — Thomas Jefferson lo aclamó como el “hijo más puro de la libertad que he conocido”. Nueva York ha celebrado su papel en la Guerra de Independencia de Estados Unidos. Polonia lo venera como el líder de una revuelta de fines del siglo 18 contra el imperio ruso.

Entonces, ¿qué hace Andrej Tadeusz Kosciuszko, un eterno enemigo de la autocracia, al centro de un complejo conmemorativo administrado por el Estado en Bielorrusia?
Kosciuszko nació y creció en el campo alrededor de Kosava, un pequeño pueblo bielorruso a 200 kilómetros al suroeste de la capital, Minsk.

Cansada de ser desestimada como un apéndice de Rusia, denunciada como “la última dictadura de Europa” o, peor aún, simplemente ignorada, Bielorrusia ahora exalta a su héroe más famoso.

“Es un héroe nacional estadounidense y un héroe nacional polaco, pero también es nuestro héroe”, dijo Irina Semenyuk, subdirectora del complejo conmemorativo. “Gracias a él, la gente sabe de nosotros”.

Kosciuszko estaba muy adelantado a la mayoría de sus contemporáneos europeos en la lucha por la democracia y los derechos humanos.
Viajó a Estados Unidos en 1776 y se unió a las fuerzas estadounidenses luchando contra los británicos. Terminó la Guerra de Independencia como General de Brigada en el Ejército de

Estados Unidos y como ciudadano de la nueva república.

De vuelta en Europa en la década de 1780, apoyó las reformas liberales en un imperio ruso en expansión. En 1794, lideró un levantamiento contra el régimen ruso, defendiendo

Varsovia durante meses contra las fuerzas sitiadoras antes de que la revuelta fuera derrotada.

Encarcelado por un tiempo en San Petersburgo, Kosciuszko fue liberado en 1796 y se le permitió salir de Rusia.

Gobernada como parte de la Unión Soviética hasta 1991, Bielorrusia, alguna vez controlada por Lituania, durante décadas no mostró interés alguno en celebrar a Kosciuszko.

Sin embargo, en los últimos años, las autoridades incitadas por los seguidores de Kosciuszko han comenzado a ver en él una fuente útil de orgullo nacional. Entró en los libros de texto como un gigante local en el escenario mundial y una nueva calle fue bautizada en su honor en Brest, cerca de la frontera con Polonia.

El año pasado se erigió una estatua de Kosciuszko afuera de una réplica de la casa donde nació en 1746, el primer tributo público de este tipo en el País.

El tardío entusiasmo de Bielorrusia por Kosciuszko ha irritado a algunas personas de Polonia, que lo ven como un tesoro nacional polaco.

“Los polacos dicen que les pertenece. Los lituanos y los ucranianos dicen lo mismo. Los estadounidenses también”, dijo Leonid Nesterchuk, historiador bielorruso que dirige la Fundación Kosciuszko.

“Pero yo siempre digo que Kosciuszko no pertenece a nadie”, añadió Nesterchuk. “Pertenece a todo el mundo como un verdadero demócrata y un soldado de la libertad”.

The New York Times